Primer lunes del año. Me bajo del carro y con la mochila al hombro entro al gym. Hay una turba de personas alrededor de la recepción, y con un estiramiento de brazo la muchacha me recibe el carné y me da una llave a cambio. Veo hombres que se observan detenidamente en los espejos. Se levantan las camisas, se acarician los surcos que se han creado en su abdomen sólido. Es un ping pong visual donde miradas se cruzan con otros que también hacen lo mismo. Envidia? Deseo? Curiosidad? No sé que se diran esos ojos de macho herido, de esos para quienes no es suficiente hacer el ejercicio, sino que tienen que convertirlo en un evento social donde la aceptación propia no es tan vital como la aprobación ajena.
Arriba, la sala de cardio está llena. Veo algunos de los mismos asistentes del año pasado, pero también hay caras nuevas. Por lo menos nuevos asistentes a este horario. Siguiendo con energía los propósitos de año nuevo. Yo también estoy ahí por propósitos. Porque llevo mucho tiempo huyendo al compromiso. El no comprometerme conmigo ni con los demás. Esta vez va en serio. Empujo la puerta de vidrio opaco de los vestidores. Entro a ese ambiente gélido y me fijo en el número de la llave. Me tocó un casillero pequeño y en el nivel más alto, casi que tengo que ponerme de puntillas para meter el maletín. Saco mis tenis, las medias, mi ropa de gimnasio nueva para estrenar. No hay nadie más en el camerino, y después de años de cambiarse detrás de tramoyas no me da pudor ni necesidad de encerrarme en un cubículo. Hoy tampoco he traido paño, usaré la camiseta que planeaba ponerme sobre el tank top.
Sentada en esa banca, de frente a los espejos me doy cuenta que hay algo extraño de todo esto. Me pongo ropa especial, tenis especiales, tomo agua especial cargada de electrolitos. Subo a máquinas especiales en un salón con aire acondicionado que simulan actividades especiales al aire libre. Puedo escalar, remar, montar bicicleta, correr, empujar, jalar, competir con otros y demostrar mi fuerza. Solo que no hay aire libre. Corro, pero no soy mejor que un hamster, que recorre todas las barras de su ruedita sin llegar a ningún lado, solo porque a alguien se le ocurrió que sería genial hacerlo.
Tampoco tengo muchas opciones, pienso, mientras ingreso mi rutina a la computadora de la banda sin fin. A las 530 ya es de noche, y San José no está para salir a correr ni hacer ejercicio, menos si tenés dos cromosomas X y carencia de la Y. Hombres que consideran que la mujer en la calle es pública. Que tienen derecho a dar su opinión sobre lo que sea que tiene o no tiene la mujer que pase frente a ellos, y peor, que también pueden tocarla, solo porque está ahí al alcance de la mano. Pensar en esto me da chicha, aumento la velocidad y la pendiente también crece. El golpeteo de las tenis sobre el hule que se mueve a una velocidad que me permite ir a 8 km por hora, mi corazón late 149 veces por minuto. Ya de noche la ventana no me deja ver el panorama exterior, sino que refleja lo que sucede dentro del salón de ejercicios.
Detrás mío ha iniciado la clase de Power Pacing. Más hamstercitos pretendiendo estar en las calles montando bicicleta en asientos violadores. En las pantallas frente a mi hay varios programas distintos. Todos ya a la mitad, ninguno con subtítulos y tampoco tienen volumen. No hay manera de mantenerse atento. El instructor se estaciona a la par de mi caminadora. Qué hace ahí? Por qué no dice nada? Caeré demasiado mal si le pido que se retire, que me distrae, que invade mi espacio personal? Decido ignorarlo. Sigo corriendo, pero mi corazón ya llega a los 180 latidos por minuto. Ni en el gimnasio siento que puedo bajar la guardia, olvidarme que hay otra gente. Bajo la velocidad, y sigo escalando. Siento como mis palpitaciones disminuyen.
Llega alguien a la máquina a mi lado. También inicia la carrera sin llegada. Tiene un reproductor de mp3. Yo no escucho más música que la que ponen en los parlantes del gimnasio, no veo tele, me dedico a leer. Cada semana un libro nuevo, apoyado sobre la pantalla del computador. Así sí me olvido que estoy en un salón cerrado, haciendo ejercicio porque hemos evolucionado a tal grado que nuestro cuerpo se descompone si no le mete uno 45 minutos de actividad forzada. Nadie corta leña, camina hasta los pozos con agua, carga paquetes pesados… En cambio en los libros no esucho de historias de gente en un gimnasio. Adoro las partes de batallas, mis piernas se mueven rápidamente, bato los brazos… pero cuando están meditando, o caminando por placenteros caminos en los bosques también yo le bajo velocidad y energía. Me relento. Inicio mi tranquilo promenade, pero esta vez en la bicicleta estacionaria. Atrás el instructor de spinning le dice a sus secuaces cómo moverse: donde estoy yo, tengo todo un asiento amplio para apoyarme, y el computador va cambiando la rutina, a veces duro, a veces rápido, pero yo decido.
Ya ha pasado 1.5 horas… en la historia han pasado 10 años. Termina el circuito montañoso y me bajo de la bicicleta, agarro mi botella de agua, el paño y libro y voy a quitarme este traje de roedor para ponerme ropa de calle. El sudor ha hecho piscinas en mi vientre, ha empapado la ropa. Me cambio, pero siento que el hamster ahí queda, igual que la zorra, perra, cabra, víbora, lemming, perezoso, babosa, oveja, mangosta, gata y de vez en cuando, homo sapiens sapiens.