Otilia Yunima
Martes, 24 de enero de 2006
Siempre son los buses los que me incitan a la contemplación de la especie humana. Que tendrán los transportes públicos que hace que gente tan aparentemente disímil se encuentre con decenas de personas irrumpiendo drásticamente en el espacio personal? Porque en un bus, podés estar nalga con nalga con un desconocido si estás de pie, muslo contra muslo con el que va sentado a la par, de tal forma que la única razón por la que la gente sabe que no son pareja es porque los brazos los tienen lo más pegados al cuerpo y nadie anda abrazando a nadie más. Vas sentada, mirada al frente y alguien de pronto está ahí con sus genitales a escasos centímetros de tu hombro, y cuando alguien suelta el grito de “puerta!”, esos escasos centímetros se convierten en inexistentes mientras la filosofía de la “doble fila” se ve retada por el hecho que para que alguien salga tiene que convertirse por unos momentos en triple fila. Vas ahí sentado con tu cabeza apoyada donde cientos de otros han puesto su cabeza. Algunos con su Wet look de Famo, otros con su crema para peinar Suave, algunos con un mousse caro de Herbal Essences, y los más oldschool con su brillantina y agua florida.
Cómo será la vida de los que limpian los buses? Que tantos fragmentos de vidas ajenas encontrarán? Notas de papel que los muchachos sordos se estaban pasando, un arete que se le cayó a la secretaria del Interfin, un chicle que pegó el del Dobles debajo del asiento. No me gustan los buses “cómodos”, esos que tienen asientos rellenos y con “cojines” peluditos. Siempre que viajo en los de asientos de madera o plástico moldeado me imagino que le dieron su buena lavada a manguerazo, pero con los de peluchito sé que no es así. Nadie va a pasar una aspiradora por los asientos de un bus… o si? Lavarán alguna vez los descansa cabezas de los buses interprovinciales? Se dedicarán a sacar las boronas petrificadas entre las costuras de los asientos de vinil? Los limpiarán cada día o de vez en cuando? Que productos usarán? Windex para las ventanas o a punta de detergente y agua?
Después analizo los “altares” que se arman los choferes en “su” bus. Las cortinas en crochet con el nombre de la ruta tejido en diferente color de lana, los flecos trabajosamente amarrados que con cada bache vibran y se mecen de lado a lado. Quien decorará el bus? Será el chofer en un arranque de diseño interior que le compra una marcha de acrílico transparente con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el interior? O será la novia quien les pega las calcas de Bob Esponja que seguramente les regaló un maromero que se subió en nombre de una organización de caridad?
El chofer se acomodó en su silla satisfecho. Por primera vez en muchos años, ya tenía SU bus. Sería el único que lo manejaría, quien lo chinearía. La Silla estaría siempre a la altura y distancia indicadas, La espuma de los pases quedaría en el bus, no tendría que andarla jalando de adentro para afuera. Podría dejar un rollo de papel, un menudillo para comprarse el cafecito. Hasta podría guardar un termito para llenar con café durante el viaje! Se inclinó sobre el motor y agarró el maletín de mano que había dejado ahí encima descansando…Con una sonrisa plena metió la mano y sacó una bolsita blanca plástica, cerrada con dos grapas. Con los dientes le arrancó un pedazo a la bolsa y sacó una bola de billar. El número 8, la bola negra. Sosteniéndola en la mano izquierda, usó la derecha para desenroscar la marcha de madera, y la intercambió con su nueva compra. La bola de la suerte. Probó como se sentía en su mano. Limpia, seca, lisa. Nada de astillas, ni esa sensación pegajosa donde la vieja se unía con la palanca. Esta estaba reluciente, brillante. Y así la mantendría. Limpia. Porque nadie más la tocaría excepto él. Se levantó para acomodar el espejo retrovisor, y notó el hueco donde podría meter una radio. Todavía no decidía si quería una radio con CD o con cassete, o prefería nada más tener las frecuencias FM… Estaba ahí de pie estudiando el agujero cuando alguien le rascó el vidrio. Miró a la puerta y ahí estaba su mujer. Traía una sonrisa que le hacía eco a la que él tenía pegada al rostro. En sus brazos sostenía una cobija de lana en sus colores favoritos: rojo y negro. Los colores de la Liga. Él le abrió la puerta y ella subió contoneándose. Lo saludó de beso y pasó su carga a sus manos. Él abrió la manta y vio que le había tejido un parasol, para colocar en la parte alta del parabrisas para no quemarse mucho con el sol. Y era de la Liga. Quitó el deslucido cortinaje café estándar que estaba ya desteñido, y ella le ayudó a pasar la varilla por las puntadas para que quedara bien estiradito. Con una pequeña acrobacia lo volvió a colocar sobre el riel y estaba perfecto. Iría genial con las banderitas de la Liga deportiva alajuelense.
Se sentaron ahí sobre el motor juntos, y vieron hacia el fondo del bus, hasta los últimos asientos. Después de años de manejar buses ajenos, este era de él. Ella le haría una caja para la espuma, y había prometido que ésta si diría La Liga y tendría al león en lana café, ya tenía el patrón y todo. Que lo acompañaría en la ruta y lo ayudaría con los pases, por lo menos esta primera vez que hacía la ruta en su propio bus. Con un beso el regresó al asiento del chofer, ella se acomodó a un ladito de la tapa del motor y con unas cuantas revoluciones del motor, arrancó Otilia Yunima, en su viaje inaugural.

Medea. Peruano-colombiana bilingüe, costarricense por costumbre.













