Cuestiones culturales

Sábado, 14 de abril de 2012

Siento que hay una rara tendencia de engañar y mentirle a los niños con la idea que eso es “la ilusión de la infancia”.

Todo comenzó para el día de los inocentes, April Fools (1 de abril). A algunas señoras les pareció interesante pintar las uñas de los pies de los niños mientras dormían, maquillarles la cara, dejar huellitas diminutas por ahí como rastro de sus diabluras.  Cuando los niños despiertan, entonces les dicen que fueron los duendes que hacen diabluras y les muestran las diferentes evidencias de que los duendes llegaron.

Prueba #2. Día de San Patricio. La misma cosa, pero las huellas todas son verdes, y además se hacen “trampas” para atrapar a los duentes, o se les deja comida (así como a Santa Claus).

Prueba #3.  Pascua. Los niños plantan un frijol de gomita (jellybeans), y al día siguiente en vez de un frijol hay una paleta, quod erat demonstrandum que de los frijoles de goma nacen paletas.  También el mismo truco de las huellas de conejo para que sepan que pasó por ahí el conejo de pascua dejando huevos de chocolate.

Prueba #4:  El hada de los dientes. Ahora hay un servicio que te permite tomarle una foto a los niños y agregar un hada de los dientes para tener pruebas que vino a visitar durante la noche y que les deje plata a cambio de un diente. Además, la gente paga por ese servicio.

Prueba #5: los niños creen que “Santa Claus” trae los regalos, y decirle a un niño que Santa no existe, (o nunca enseñarles eso) es casi casi como robarles la niñez.

Soy yo la única amargada del planeta que cree que esto es muy raro? El mundo ES un lugar maravilloso lleno de cosas reales que pueden ser causa de ilusión, sin necesidad de inventar personajes o situaciones. Enseñarle a un niño a plantar algo real puede tener mucho más de beneficio que el placer instantáneo y completamente falso de creer que de un dulce puede salir un dulce más grande.  Por un lado se le enseña a los niños a temerle a los extraños y por otro es completamente aceptable que un extraño barrigón entre a las casas todos los años… niños que crecen pensando que los conejos ponen huevos, que las fotos aunque se vean muy mal manipuladas… no mienten. Que un ratón que quiere construir un castillo entra a la casa, anda por la cama, se arrastra por la almohada donde dormimos y escarba un diente para dejar una moneda a cambio. Tal vez de ahí venga el miedo a los dientes, y a la idea que con un poco de avaricia de por medio, no tendrían que esperar a que se caigan los dientes para poder suplir un déficit de ladrillitos de marfil. Después nos sorprendemos cuando los niños crecen y creen todo lo que leen en internet. Tal vez sea q nuestros países son tan inverosímiles que más bien nos toca demostrar que las cosas tienen lógica, causas y consecuencias en nuestros hogares.  O seguramente todo esto sucede en América Latina y yo he estado viviendo una burbuja donde pienso que es importado o muy extranjero, cuando no es ni lo uno ni lo otro.

Mis recuerdos más tempranos de navidad no son pensar que venía santa o el niño dios, sino saber que eran mis padres. Eso no evitó que escribiera cartas al “niño dios” y me asegurara que mis padres las vieran antes de yo enviarlas… pero creo que todos sabíamos como era la cosa. Recuerdo un día que vi a mi hermano y mamá escondiendo huevos de pascua por todo el jardín, y después nos pusieron a buscarlos. Es de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia, y no hubo conejo de por medio. Yo no lidiaba bien con los engaños…  De hecho, una parte de los recuerdos rencorosos de mi infancia son de las mentiras que me dijeron. Que si no comía me iban a poner inyecciones de carne molida, cuando yo había visto el inyectador de carnes de mi madre en la cocina, con su aguja de .5 cm de diámetro.  Que la doble línea amarilla de la carretera era el carril para las bicicletas.  Que uno reconocía a los toros de las vacas porque tenían cachos.   Recuerdo la decepción cuando descubrí que esas cosas eran mentira, y eso que todavía era muy niña.  Todavía me da mal genio, y eso todo sucedió hace más de 20 años.  Y mejor ni me meto a explicar la confusión con la que llegué a mi primera confesión a admitir que todavía no creía en eso de Adán y Eva porque nadie había podido explicarme dónde cuadraban los dinosaurios en toda esa historia.

La niña que fui no acepta que sea visto como inocente mentirles a los niños para diversión de los adultos.  Creo que hay maneras de decir las verdades difíciles de manera que no sea más información de la que un niño pueda aceptar, pero de ahí a inventar que las cigüeñas y repollos porque el adulto no tiene la madurez suficiente para explicarle a los niños cuál es su origen es irresponsable.   Seguro le di más de un dolor de cabeza a padres cuyas hijas pensaban que los bebés venían de Europa o de repollos o de cigüeñas, hasta que yo iba por mi libro que tenía dibujos que lo explicaban y les mostraba que no, que los bebés venían de la barriga de la mamá.

Pero acepto que muchos crecimos creyendo algunas mentiras, y que tal vez hay gente que recuerda esas mentiras como con ilusión. Tal vez alguien no sabía que el pollo que se comía era lo mismo que hacía pio pio y se veía peludito y amarillito en los libros de dibujos y vivió para contarlo. O que sienta que la navidad no hubiera sido lo mismo sin creer que los regalos los compraba un viejo barrigón o un niño en un pesebre.   Sé que ya poca gente me lee por estas partes, pero si están por ahí y llegaron hasta aquí, ¿será que me cuentan de esos recuerdos suyos de las “ilusiones” de la infancia, y si la verdad era parte o no de ella?

Regreso

Martes, 10 de abril de 2012

Fui a Costa Rica, cuadré algunas cosas, recogí documentos, apostillé otros, me despedí de gente y de lugares y ya nuevamente estoy en tierras Colombianas.  Me acompaña mi gata, aquella que me adoptó cuando yo vivía en Monteverde por allá en el 2004 y que mi hermana cuidó por los últimos años.  Mi hermana tampoco se queda en Costa Rica y ahora está en sus trámites y arreglos para vender cosas y empacar otras y también emigrar.

A principios de mayo tendremos una entrevista en la embajada de cierto país del norte: si nos va bien en la entrevista, estaremos empacando maletas y emigrando en unos meses, siguiendo los pasos de mis hermanos.

Estoy bien. Estoy feliz, estoy tranquila. Estoy trabajando mucho, desde la casa pero ya con un horario más tradicional del 8.5 horas.  Soy muy afortunada en estar trabajando en algo que me gusta, en tener al flaco al lado, en llevarme bien con los suegros que me han recibido de brazos abiertos con gata y todo.  Y sí, todo va bien.

 

Oda a los libros electrónicos

Domingo, 26 de febrero de 2012

Hoy pasé unas 3 horas mirando libros en goodreads y perdí noción del tiempo. Fue como regresar a las épocas en las que la librería internacional era nueva y podía pasar horas de horas mirando los estantes, pero mejor.

Desde  mi infancia fui ratón de biblioteca, y el amor por los libros de mi padre lo heredé sin duda.  Mi colegio en Perú tenía una maravillosa biblioteca, enorme y abierta a todas horas: comía rapidísimo para poder ir a la biblioteca a pasar mi hora de almuerzo y no era la única.  Cada visita podía resultar en 3 a 5 libros bajo el brazo que me llevaría a mi casa para leer en los siguientes días: en el bus, en el aula, en mi cuarto durante la tarde.   Los estantes de las recomendaciones de los bibliotecarios eran invaluables, sabía que un libro seleccionado de esas áreas tendría mayor probabilidad de ser entretenido y exitoso que de las otras zonas misteriosas donde maravillas entre dos pastas  se codeaban con ladrillos del engaño que prometían para entregar enredos incomprensibles. Había libros grandes y pequeños, pastas duras y pastas blandas, todos con su sobrecito y tarjeta en la que iría mi nombre y la fecha en la que debería devolver el libro.  Pero no había manera de saber si un libro valía la pena sin arriesgarse.

Entonces tengo que decir que esta época moderna, en la que puedo mirar en una página web una serie de libros que otra gente ha leído y puedo mirar si los han calificado bien le patea el rabo a esas épocas donde muchas veces me frustraba por no poder saber cuál sería mejor. En aquellas épocas podía sentarme entre estantes y mirar, abrir páginas, leer un capítulo y darle chance al libro. Hoy por hoy ni tiene uno tanto tiempo y ya no tengo acceso a bibliotecas, por lo que me encuentro frente a frente con un libro envuelto en plástico que no puedo abrir ni siquiera para determinar la calidad del papel, tamaño de letra, o si hay dibujitos o no. Hoy en día, sentada a mi computador puedo investigar las razones detrás de buenas o malas críticas a un libro: la gente deja comentarios y especifica qué es lo que no les gustó. A veces son justamente las cosas que también me incomodan y me ahorraron la plata, otras veces me doy cuenta que su disgusto proviene de que no le gustan ciertas cosas que a mi tal vez sí me gustarían, y le doy chance al libro.  Si veo algo que me gusta, inmediatamente puedo hacer otro click y ver cuánto costaría obtenerlo. Si viviera en algún lugar con un sistema bibliotecario decente, podría inclusive entrar en línea y ver si lo puedo descargar sin costo adicional.  Pero si alguien no tiene biblioteca o  tarjeta de crédito o si el libro que busca está bloqueado en su región… igual puede descubrir cómo obtenerlo en la mayoría de casos.  Cualquiera de esas opciones tarda entre segundos  y 3 minutos. Y ZAS. Tengo el libro en mi computador o en mi lector electrónico.

Me imagino con la tecnología de hoy en la biblioteca del ayer: mirar un libro y poder revisar qué es lo que otra gente ha comentado de él. Reconocer nombres de personas que lo han leído y les ha gustado me indicaría posibles amigos con los que me podría llevar bien si a mi también me termina gustando el libro.  Hubiera podido tener un control de todos los libros que leí durante un semestre, y lo que pensé de cada uno de ellos.  Bueno, tal vez eso último no: todavía soy malísima para escribir mis propias críticas literarias.

Hace unos años hubiera estado hoy frustrada: entre viernes y sábado me leí unos 3 libros y me quedé sin más que leer. Pero gracias a internet, a recomendaciones, listas y búsquedas, ya tengo una nueva lista y esta noche podré estar acurrucada con mis gatos, leyendo alguna de mis más recientes adquisiciones: todo con un click.

dificil decir adiós

Domingo, 19 de febrero de 2012

Ayer llegué a Costa Rica, mi hermana me recibió en el aeropuerto y nos vinimos para la casa. Me hacía mucha falta! Este viaje es diferente a los anteriores, que eran uno de tantos. Este es diferente porque es el último.

Me toca hacer listas, vender cosas, organizar prioridades. Por ahora, mi gata es la principal, llevármela de una vez.  Cuando llegó el carro, la gata se asomó por la ventana y maulló. Yo me bajé y la saludé, y salió de la casa disparada, bajando los 3 pisos hasta donde estábamos a saludar. Fue bonito que me recibiera como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado.  Decir que durmió conmigo toda la noche suena a especial, pero en realidad supongo que esta cama es más de ella que mía. Son 8 años de compañía y espero que sean muchos más.

Esta mudanza está sacando mi emo interno: he dejado mensajes que nadie lee en mi muro de facebook y he escrito en este blog, pero son menos de 3 personas en Costa Rica a las que les he dicho de la resolución negativa y que esta es mi última vez en Costa Rica.  Mi hermana creo que es la única que me comenta en Facebook: si uno no se ve con alguien en persona y tampoco comparten virtualmente, creo que sencillamente el lazo de amistad ahí ya no está.  Ya tantas veces me he ido a otras partes que creo que para muchos ya ha sido desgastante tanta despedida. Ya se han despedido de mi varias veces en el pasado, nunca sabiendo si volvería o me quedaría por allá. También entiendo que para muchos, esta será una de esas veces y tendrán razón. También quiero protegerme: si no lo hago una cosa impactante e importante, podré pretender que no me va a doler, que no me afecta, que todo ha sido mi idea desde el inicio.

Pero por hoy, sí me iré a ver con unos amigos de Monteverde que están de visita en San José.  Ya una vez nos encontramos en Medellín, otras veces he ido hasta Monteverde, o ellos han bajado a San José. Mañana coincidiré en San José con una amiga que vive en Panamá y aprovecharé para contarle y ponerla al día…  Con ellos casi ni se siente a despedida, y eso me alegra: son personas que saben de mudanzas y de mantener el contacto a pesar de las distancias y el tiempo. Y creo que para el resto del tiempo que esté en San José,  haré el esfuerzo de verme con todas las personas que quieran verse conmigo.

 

 

 

School

Viernes, 10 de febrero de 2012

Hoy grabé para un podcast en inglés, en el q me habían pedido escribir algo sobre la escuela. En una noche me senté y se me vinieron a mente muchos episodios, pero uno en particular sobresalió y tiene q ver con el uso de la imaginación, los roles de género y el ser melliza. Para el podcast se editó mucho para entrar en las restricciones de tiempo, pero acá les dejo el texto original:

My mother once said that the one easy thing about having twins is that we could play with each other, so she was free to take care of my other siblings. And I have to agree with her: that was also the best part of growing up as a twin.

Somewhat free of adult supervision, my sister and I would make up elaborate scenarios, using our imaginations to turn our backyard into the setting of dozens of adventures. We would take turns to fill the roles necessary in our games: the bad guys, the heroines, the well-meaning and awkward sidekicks who would unwittingly hinder our escape plans whenever they tried to assist us.

We would make up stories to entertain us during our chores: one of them included us being sold into slavery to a bratty boy who slobbered and who ordered us around to do his bidding with onerous tasks such as making our beds and picking up the toys, but perhaps this time we had to make the bed without using our hands, and pick up our building blocks using only our feet? And so we spent our pre-school years, having a constant playmate 24/7.

Once we went into kindergarten, we started discovering how other children played and learned that different kids did different things.

I tried playing dolls, but quickly got bored when it turned out that playing didn’t mean making up stories for adventures the Barbies could take but instead consisted of exclusively comparing who had the best accessories, combing their hair and dressing them.

There was a playhouse in the garden of my pre-school, with painted on furnishings and appliances. I’d never played house in an actual house where I didn’t have to make everything up, and I was terrily excited. The possibilities and scenarios were endless, except for one hurdle… it seemed that none of my classmates had discovered the goldmine that lay within the playhouse, sitting in plain sight. My twin sister was in another classroom in another part of the building and could no longer be my playmate, so I went to recruit a suitable companion. I tried with a couple of boys but wasn’t too successful: one went into the house, looked around and declared it was boring, the other good-naturedly humored me as far as saying a couple of phrases that I prompted him to say until I made the mistake of sending him off to work: he left, never to return. Single playhouse-hood wasn’t in my plans, so I went to recruit a girl.

I cajoled one away from her barbies to join me, and inside the house I foisted on her a lunchbox in lieu of a briefcase and a hat: now lets play. As she stood there, looking puzzled, I prodded:: we were in a house, and we were married and I did the mom things and she did the dad things. She asked… “but who is the dad? We need a boy!” I told her that I had already tried to recruit boys, but they didn’t know how to play and I was sure she would be a lot better at it. She didn’t buy it. She insisted that she was a girl and couldn’t be a daddy. I tried to coax her: daddies had it a lot easier, they just sat there and wrote behind their desks and ate food from the kitchen and then came out and picked kids up when they came from work. She didn’t budge, and I could see her slipping away as she stared out at her barbie playing friends who were now swapping tiny clothes and shoes. So I switched my tactics: “Lets take turns then, first I’ll be the daddy and you see what daddies do and then I’ll be the mommy and you’ll be the dad!”

So I went out and came back in and said that I was hungry. She replied that she didn’t have any food. I pointed to the wall above the kitchen counter where there was a painted drumstick sitting on a yellow plate besides a vase with a single red flower. She tried to peel it off. I realized this was going to be harder than I thought, and so I asked her to wait and ran out to the toy box to pick out an actual plate and cup, to help this poor unimaginative soul. At this rate I was NEVER going to get to play! While at the toy box, I discovered more props that would perhaps help the situation: I put on a tie, jacket and glasses, and with my briefcase and hat, my costume was complete.

I made a beeline for the play house, where my play-wife was still trying to pick at the painted food on the wall. My teacher intercepted me and asked me what I was doing. I explained that I was going to play house, and I had to hurry up because my friend was waiting to play. She looked concerned, and asked me to please give her the play clothes I was wearing. I couldn’t remember if I was allowed to pick out dress-up clothes at recess or not… was I in trouble? She took my costume and took me to the playhouse, and I was feeling sorry that without the clothes, it just wouldn’t be as believable. I went right back in and gave the cup and saucer I still had in my hands to my friend and was going to explain how we were going to play when the teacher interrupted, and told my friend to please go back and play with her barbies. The teacher then crouched over in front of the kitchen and proceeded to go between stating the obvious and saying things that I had no idea what they meant. That this was a kitchen and did I know what women did in the kitchens? That this was a plate and cup and that I could put it on a plate and serve it to someone. That I could cook, and I could clean. Did she think that I didn’t know how to play? It was my friend who needed to hear these things! I tried to tell her, but then she went on talking in a serious tone of voice about what mommies and daddies did in the home. That I was a girl and hence, I had to play as a mommy. It was good to play with girls, but only if I played as a girl. I was feeling uncomfortable and ashamed but my teacher kept me a while in the playhouse and tried to get me to play house with her, where we both did senseless household tasks with no purpose. The fun was gone.

A little while later I begged off and went to sit by myself on a swing, desperately missing my twin sister. As I kicked my feet and felt the wind in my face I went from ashamed into frustration and anger. As I swung higher and higher I understood: the teacher was wrong. She was just like my friend, not knowing that you didn’t actually need a boy or real plates and dishes to play house, that you just needed an imagination. That my dressing up as a daddy was not because I thought I was a boy or wanted to be one, but because when you play, you can be anything for a while: a bad guy, a sidekick, a mommy, a baby, a heroine or even a father.

That wasn’t the last time teachers took it on themselves to talk me out of doing “boyish” things, and sometimes I felt that maybe I was in the wrong. Some years later during recess I sat with other girls on the grass with my basic My Little Pony, trying to get more involved with the apparently better female pursuits my teachers kept pushing at me. I was miserable, finding out that my beloved pony failed to measure up with the other glamorous ones with sparkly rainbow colored hair, gemstones, movable wings and floor length manes. The girls didn’t care that Applejack was funny, loyal, brave and came up with the best adventures, only that he was one of the least expensive models. I looked over at the hill where I usually played with the boys in the class: although they played Transformers and insisted there were no GIRLS in Transformers, they had made the allowance to included the Renegade Gobot, Crasher, from another TV series. Sometimes we teamed up with the kids in my sister’s class who sometimes played an unknown for me game called Star Wars where my sister was required to put rubberbands around her two ponytails.

I saw my male classmates heading my way, running on the sidewalk. As they stampeded by, one of the boys stopped, doubled back and looked at me surprised. “Why aren’t you playing with us today?” “I’m playing with ponies.” He furrowed his brow for a bit, considering, and asked “is it fun?” I stood up so that I didn’t have to speak too loudly and replied that actually, it wasn’t that fun. Baffled, he asked me why I was playing that instead of with them as I usually did, didn’t I have fun with them? So I made up my mind: I handed over my pony for safekeeping to one of the girls, tightened the velcro on my shoes and sped off with my friend out over the playground: I was needed to save the Transformers from the evil Guardian Gobots.

Al mal tiempo…

Lunes, 6 de febrero de 2012

Es como un novio que te termina, no porque hayas hecho algo malo sino porque no le caen bien tus padres.   Como cuando tienes un trabajo que no te emociona mucho y estás pensando en renunciar en poco tiempo y te llega una carta de despido.  Cuando estás buscando alquilar una casa y encuentras una que es perfecta y cumples todos los requisitos pero una vez que te ven los caseros, dicen que ya no está en alquiler y que no te la van a dar.  Cuando sacaste una buena nota en el examen de admisión de la U y te inscribes en la carrera que has soñado y te da el puntaje; pero cuando te fijas unos meses después, no pudiste entrar, porque subió la nota de corte.  Cuando nunca has tenido una relación cercana con tus tíos y primos, pero en el momento que se enteran que conseguiste una pareja que no aprueban, te dejan de hablar.

Pues como así es como me sentí cuando el gobierno de Costa Rica me notificó que no le darían la residencia al flaco, aunque nos hubiéramos casado, porque sólo los ciudadanos tienen derecho a la reunificación familiar: como residente, yo no tengo derecho a tener a mi familia conmigo.

La rabia que tengo con el gobierno es épica. Ni siquiera tuvieron la decencia de notificar al FAX que pidieron como requisito para tramitar los papeles, sino que alguien tuvo que ir en persona para que le dieran el documento un mes después porque no dan datos por teléfono. Se salvaron de la pataleta que tengo atravesada: Al cabo que ni quería. Quédense con los narcotraficantes que nunca tienen que solicitar una visa porque las pagan. Quédense con los que pagan chorizos y entregan dinero a cambio de una residencia o un pasaporte. Quédense con los que llegaron a casarse con indigentes y les dieron la nacionalidad. Quédense con todos los que llegan sin tener que pedir visa porque su pasaporte les permite estar en el país sin restricción, no porque sean buenas personas sino porque tuvieron la suerte de nacer en un país determinado.

Yo me voy.

cambios

Jueves, 19 de enero de 2012

Sigo en Colombia por un mes más, y ya me regreso para Costa Rica, todavía no sabemos cuándo podrá ir el flaco, pero esperamos que sea pronto.

Una de las cosas que me propuse es no inquietarme por no tener respuestas. En este momento estamos esperando resoluciones gubernamentales y por más preocupación y angustia, ni se va a acelerar el proceso ni cambiará el resultado. Entonces vamos un día a la vez, sucederá cuando suceda y si la vida nos tira alguna bola curva, pues habrá que reaccionar a ella, pero nada hacemos si nos estresamos. Disfrutamos cada momento que pasamos juntos y no empañaremos los buenos ratos por un futuro incierto.

Por otra parte, la rutina de estar consciente de mi alimentación ha dado resultados, ya he bajado el 75% del peso que tengo que bajar para estar en un peso saludable y a la vez tampoco me siento limitada ni encerrada en una dieta. Como de todo, pero con medida. En realidad el gran aprendizaje que he logrado ha sido ese, el darme cuenta que puedo medirme con la comida y que no tengo que comer de todo todo el tiempo. Si alguno de uds ha hecho una dieta me entenderá: antes me pasaba que si comía algo fuera del plan establecido, usualmente cosas como postres y harinas, uno ya había echado a perder la dieta, y no tenía sentido continuar, era un fracaso.  Por primera vez no siento que estoy luchando contra un reloj de si no pierdo X cantidad de kilos antes de Y fecha, voy a fracasar. Más bien todo el tiempo me siento como que estoy haciendo algo que podría mantener por el resto de mi vida sin ningún problema. eso nunca me había sucedido. Entonces estoy feliz, uso ropa más pequeña que antes, me siento mejor y sorprendentemente, he descubierto que me gustan los vegetales y frutas, que antes escaseaban en mi cocina.

Estoy leyendo el Criptonomicón de Neal Stephenson, y aunque antes me sentía un poco mal por no haberlo leído antes si tanta gente me lo ha recomendado, ahora veo que hace un año no lo hubiera disfrutado tanto. Hay libros que tienen que esperar hasta que uno haya madurado o aprendido lo necesario para disfrutarlos y creo que ese es uno de ellos.

Ya casi no blogueo por acá, pero sigo escribiendo en otras partes de la web. En Global Voices, en Future Challenges y este domingo sale mi primera investigación propia para el Global Press Institute.  Si tienen Tumblr, por ahí a veces me aparezco reposteando cosas de Doctor Who y Sherlock, pero les cuento que ya que mi trabajo es escribir, pues en mi tiempo libre no me queda mucho más que decir, prefiero hacer clicks o coser o tejer o leer  y por eso mi mayor actividad reciente se encuentra en Pinterest.

Y a los que me siguen leyendo, asumo que me tienen en facebook. Todavía enlazo cositas por allá, sobre todo videos de gatos y asuntos políticos. Quedan advertidos.

 

Por qué no me gusta navidad.

Miércoles, 7 de diciembre de 2011

De esos días en los que una lee un blog y se pone a comentar y resulta que el comentario es larguísimo y más bien merece su propio post, así que acá va uno sobre por qué navidad y año nuevo son fechas complicadas para mí.  Sé que mis papás leen este blog, y por eso he dejado de escribir muchas cosas, pero necesito sacar estas ideas y este es el mejor lugar para ello. Así que una advertencia: este post habla de mis papás, mi relación con ellos, mi apatía con la navidad y bastante historia familiar.

Mi familia es extendida… no en el sentido de número sino en geografía: tengo hermanos a cada lado de los Estados Unidos, una hermana en Costa Rica y padres en Colombia.  Las familias de mis papás están entre Oaxaca, México y Colombia, repartidas en diferentes departamentos.

Navidad la pasábamos un año en Perú, otro en Colombia y en Colombia se repartía entre una vez pasábamos navidad con la familia de mi papá y a la siguiente pasábamos con la familia de mi mamá.  Los años nuevos eran a la inversa y entre una y otra fecha había un viaje torturante de día entero por carretera entre Bogotá y Medellín.  Siempre estábamos de visita, adaptándonos a lo que otros querían hacer y creo que mis papás no tuvieron el chance de plantearse a sí mismos que era lo que ellos querían. Creo que pensaron que lo mejor para nosotros sería celebrar navidades como se supone que se hace, con toda la familia y los tíos y primos como toda la demás gente, pero cuando llegábamos éramos forasteros y en realidad esa sensación de “estar en familia” no la sentimos nunca.

Entonces nunca tuvimos tradiciones propias, o algo que nos uniera en estas fechas. Había navidades en Perú que éramos sólo mis papás y hermanos en la casa, una cena y regalos… y no faltaba la tradicional pelea por cualquier cosa trivial que resultaba en que alguien lloraba, otro gritaba y nadie conversaba a la mesa porque nadie lo estaba pasando bien. Una vez nos reunimos con otras familias de esas expatriadas como la nuestra y entre peruanos, colombianos, guatemaltecos y hondureños: los niños pasamos jugando y creo que todos los adultos  aceptaban que desearían estar en otra parte y con sus propias familias, pero como dice el dicho en inglés: misery loves company.  Ni bien aquí ni bien allá, siempre había algo que hacía falta.

Con los años no ha mejorado la cosa. Navidad sigue siendo una fecha que me genera más estrés y desidia que placer. Es imposible pasarlo juntos, pero también está el asunto que probablemente la razón por la que eso no sucede es porque no es prioridad para ninguno.

También está el peso de la ausencia: es como que si no vamos a estar todos los hermanos, no vale la pena hacer el esfuerzo. No hablo por los demás, pero en mi caso particular, a veces me da pereza porque aunque yo haga el esfuerzo de venir y estar y pasar en familia, con mis padres me queda la sensación que mi compañía no es suficiente si no están mis otros hermanos: que pesa más la ausencia de los que no están que la presencia de los que sí.

A esto creo que se le suma la culpa de no tener “la familia colombiana”TM. Nos han vendido el cuento  que uno debería tener esa familia que siempre almuerza en familia los domingos, que se escriben y se llaman todos los días, que están enterados de la vida de todos. Esa familia colombiana celebra navidad de una manera bastante específica que nunca he sabido qué implica, pero estoy segura que no damos la talla.     Yo soy feliz no teniendo esa familia, pero sospecho que a mis papás a veces les parece que fue que fallaron en algo porque no somos así.

Entonces viene el asunto:  quiero liberarme de ese peso. Con mi nueva y recién formada familia, quiero poder armar nuevas tradiciones que se ajusten a lo que nosotros queremos aunque sea completamente diferente a lo que hacen los demás.   El flaco tampoco tiene tradiciones navideñas familiares, así que estamos en las mismas; pensando en qué cosas  evitar de la  navidad, recordar que sí nos ha gustado  y descubrir qué podría gustarnos para hacer año tras año.

Ya he avanzado un poco con mi lista: me gusta hacer los regalos de navidad. Los calendarios de adviento me gustan también, y ya hice uno para la familia de mi hermano el año pasado, y otro para mi hermana este año.  No me gustan las novenas, tampoco la música guasca.  Me gustan las galletitas decoradas y las casas de gengibre. Me gusta ver Love Actually. No me gusta dar regalos por compromiso. No me gusta el amigo invisible. Me gusta la buena compañía y no me gusta la melancolía en nochebuena.   Ahí seguire poniendo en la lista, agregando las ideas del flaco y pronto podremos tener nuestra propia navidad.

Nuestro hogar sin casa

Martes, 29 de noviembre de 2011

Llevo ya 142 días de casada. Suena a tanto! Sin embargo, sólo 16 de esos días los he pasado con mi esposo, y entonces suena a tan poco.  Aunque estoy algo acostumbrada a hacer cosas de una manera bastante sui generis, en momentos me entra la curiosidad de si estaré haciendo las cosas “bien”.

Sé que no es una situación demasiado normal: vivir en un país diferente al del marido mientras se resuelven los documentos no es lo que usualmente sucede después de la boda. Otras cosas tampoco son tan diferentes a lo que mucha gente vive… no es tan inusual que las parejas vivan con los padres de alguno de los dos. Pero normal o anormal… tiene sus retos.

Quisiera estar dedicándome a construir un hogar lleno de tradiciones para el futuro. Decorando. Llenando la casa de detalles que tengan significado para los dos.  Esta necesidad es como la de un animal por construir un nido. Quiero mi nido, pero no sé cómo obtenerlo.  ¿Cómo se construye un hogar cuando no hay una casa?  A punta de acciones y no de objetos.

Apenas llevamos 8 días juntos después de 4 meses de separación. Conversamos mucho pero también compartimos silencios con comodidad. Hemos visto 3 horas de tele juntos, 1.5 de ellas fueron viendo nuevamente Sean of the Dead, que la vimos juntos por primera vez hace varios años. Nos inscribimos juntos en el gimnasio con metas diametralmente opuestas: yo buscando que los números de la báscula se hagan más pequeños y él que ojalá suban. Cocinamos juntos. Trabajamos por separado. Por lo general pasamos 22 de 24 horas del día en la misma casa. Salimos con mis amigos, salimos con sus amigos.

Pero no puedo esperar hasta  que estemos en el siguiente paso. Quisiera tener más certidumbres, como en la de cuál es el país en el que viviremos.  Si una vez allá viviremos en un apartamento o en una casa. ¿Cómo serán los muebles de nuestra casa? ¿Tendremos jardín? ¿Quién limpiará? ¿Tendremos carro o estaremos en un lugar en el que podamos ser felices peatones (o ciclistas)?  ¿Cuáles mascotas nos acompañarán?

Hay días en los que parece que siguiéramos de novios y que nada hubiera cambiado. No me siento diferente.  Y a veces eso me parece fantástico y otros días me preocupa y me genera ansiedad: ¿acaso no debería estar haciendo “algo” para sentirme más casada? ¿Lo estaré haciendo mal?

Tengo un lugar en mi casa en Costa Rica donde guardo las cosas “para nuestra futura casa”: toallas, individuales, sábanas, adornos, regalos. ¿Es malo pensar que lo más que me gustaría es sentarme a tejer y coser cosas para la casa, como un ajuar de casados?  ¿Cuántas de esas cosas podremos meter en una maleta para un futuro hogar que no sabemos cuándo lleguemos a tener? Son necesarias más como una representación de que yo he “estado haciendo algo” a porque en realidad necesitemos esa toalla o ese juego de posavasos.  Quisier tener una lista de cosas por hacer. Me gustan las listas, me gustan las tareas con pasos establecidos.  Poder ir apuntando cosas y marcando lo que termino o consigo con un check. Pero no existe un mapa de ruta para la vida que estoy llevando ni la que escogí llevar.

Ya traté con ir pensando en las cosas y conversarlas. Mucho de esto lo hicimos antes de casarnos, con una lista de cosas que nos parecían importantes que supiéramos el uno del otro. Pero con mis planes de construir el nido no ha resultado provechoso: Él me mira extrañado de que yo espere que él tenga una opinión sobre la paleta de colores para una hipotética sala en un hipotético apartamento en un lugar no determinado del mundo.

Nuestro día a día no tiene “milestones”. Hay un ritmo en la casa al que tenemos que adaptarnos. Nuestro lugar ahora no es construir sino nada más convivir.  Si voy a cocinarle algo le pido que me acompañe a la cocina y hablamos mientras trabajo, hago el esfuerzo de dejar la cocina limpia. La suegra se encarga de la limpieza de la casa con una dedicación absoluta, la ropa sucia ha sido lavada cuando yo andaba por fuera de la casa.  A veces me paso todo el día en piyama. La cama se tiende cuando no hay gatos enredados en las cobijas, y entre los dos gatos se turnan los horarios para que siempre haya uno ahí metido.  Por su parte él se levanta temprano, va al gimnasio, regresa a casa y se pone nuevamente la piyama para sentarse a trabajar juicioso. Ha cuidado mi tobillo lastimado y es el que está pendiente de cambios en el tamaño. Duerme las siestas con los gatos y se preocupa de cuidarlos, limpiarlos y alimentarlos. Me invita a salir y durante el día me visita al dormitorio nada más para ver cómo voy con mi trabajo. Me calma las neurosis y me asegura que todo va a estar bien.

Lo de siempre, nada escandalosamente inovador, pero muy bonito. Seguimos el ritmo, nos adaptamos y por mi parte yo me quedo esperando a que cuando llegue el día en el que todo paso que demos sea un paso nuevo conservemos la armonía.

El precio de comer bien

Domingo, 16 de octubre de 2011

Hace unos meses aprendí a comer. Suena raro decir eso a los 30, pero hasta que aprendí, no sabía que lo estaba haciendo mal. Era obvio: uno no gana peso de puro gusto, sino porque uno está comiendo de lo que uno debe o más de la cuenta. Así que me tocó aprender.

No es muy complicado que digamos. Todo el conocimiento lo tenía, lo que faltaba era ponerlo en práctica y tomármelo en serio. Eso que la mitad del plato debe estar compuesto por verduras y la otra mitad con proteína y una harina, acompañar d frutas y evitar la comida empaquetada. Y lo he hecho y me siento muy bien, mi salud está mejor y he bajado de peso… pero puedo entender por qué para tanta gente en el mundo, comer sano es una utopía.

La próxima vez que esté en un restaurante, fíjese en el precio de las ensaladas: por lo general, serán uno de los elementos más caros del menú.  Acá puedo pagar 7 USD por un plato de lechuga con algunas onzas de otras cositas encima. Por la mitad de eso podría comerme una hamburguesa, unas papas y una gaseosa pequeña.

En el super no mejora la cosa. Comer bien implica que uno está comiendo a las horas que debe, comida sana y suficiente. No aguantándose porque no hay nada en casa hasta que el hambre ataca y uno sale a buscar comida rápida. Claro que estamos pagando más. Pero también uno ve que mes a mes, los numeritos de los precios suben y suben, y el salario se queda igual.

Recuerdo una época en la que no podía subirme en el bus equivocado porque significaría que no me alcanzaría plata para irme en bus al trabajo. Tenía cada centavo metido y contado. Comía arroz y frijoles y huevo todos los días:  era lo más barato y lo que más llenaba. Hay gente que sólo le alcanza para comprar el arroz. Entonces sólo eso comen.  Porque el alza en la bolsa de leche que para otra persona implica que esa semana si se quiere ajustar al presupuesto no puede comprar esa marca de vino sino otra… pues para otra significará que ya no puede comprar leche. Yo no he estado en ese nivel de pobreza, apenas me puedo imaginar la angustia que pasará alguien.

Cuando el gobierno sale con iniciativas de nutrición infantil, cuando la gente piensa que el pobre es flaco entonces considero que eso puede ser cierto para la pobreza extrema, cuando la gente va a dormir sin comer, pero para la clase media baja, que vive de harinas porque es lo que más llena y que sale más barato, entendería por qué es que son gordos. Pueden estar comiendo las calorías necesarias, pero los nutrientes no.

Un paquete de galletas es más barato que una manzana. La leche es más cara que la gaseosa. El kilo de papa es más caro que el kilo de tomate, pero te va a llenar por más rato.  Yo soy una persona educada, privilegiada, que tengo medios para poder tomar mejores decisiones respecto a mi alimentación. Pero para alguien bajo la línea de la pobreza, o alguien que no tiene opciones para escoger en variedad, sino que lo que hace es comprar lo que puede pagar, que los medios le vendan coca cola y abajo le digan “coma más frutas y verduras” no le va a resolver nada.

 

Hoy es el Día Mundial de la Alimentación y también es el Blog Action Day…  escribí un post para Global Voices al respecto, pero me queda un vacío. Todos sabemos que hay problemas… pero no se me ocurre qué podría hacer para resolverlo.  Pienso en la comida que tuve que botar la semana pasada porque se puso mala y me da rabia conmigo misma.  Tal vez por ahí podría empezar. Darme cuenta que no se trata de comer bien por uno, sino que comer bien también implique no comprar más de la cuenta, no desperdiciar comida y seguir buscando soluciones.

I am proud to take part in Blog Action Day Oct 16, 2011 www.blogactionday.org

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