El Monte verde
Martes, 17 de noviembre de 2009
Este fin de semana me pegué el paseo de regreso a Monteverde. Monteverde es una comunidad metida en el medio del bosque nuboso que vive principalmente del turismo, aunque anteriormente también de productos lácteos y ganadería. Yo viví allá por un año en el 2004: parte retiro espiritual y parte escape de la ciudad. Entre otras cosas, allá aprendí a vivir conmigo misma.
Mientras hay algunas cosas que no cambian allá, otras son diferentes… por ejemplo, ver la calle asfaltada me sorprendió, pero era necesario. Hay mucho más comercio, centros comerciales y hoteles. Sin embargo, el cambio es más palpable en Santa Elena, hacia Monteverde y su reserva todavía se mantiene la calle de lastre, las casitas de siempre y los nuevos estudios de yoga, panaderías artesanales y ventas de manualidades.
Pero lo que se ha quedado igual es lo esencial. El estar desayunando en el comedor y ver por la ventana un pizote: un mamífero parecido al mapache con cola larga paseando tranquilo por ahí. O que bajando al pueblo se le cruce por la carretera a uno un aguti a toda velocidad. Que la neblina tiene un sonido característico cuando llega y te rodea y también que caminar 8 km un domingo hasta el pueblo bajo lluvias intermitentes es un excelente plan.
El domingo en la mañana madrugamos a pesar de la fiesta de la noche anterior y fui con mi amiga al Meeting Cuáquero, una reunión religiosa que se distancia mucho de las acostumbradas en el catolicismo. Yo no acostumbro rezar ni ir a la iglesia, pero sentí que debía agradecer a la providencia la vida que tengo. El poder tener amigos por muchos lugares que mantienen las puertas abiertas para mi, el poder tener un trabajo que me permita viajar y conocer diferentes experiencias, el poder contar con la posibilidad de regresar a un lugar que marcó mi vida. Así que fui a sentarme en silencio por una hora, a conectarme con esa fuerza más grande que yo. Una de las cosas que pueden suceder en ese silencio es que de pronto a uno se le venga una respuesta a alguna pregunta que uno tenga, o que sencillamente te sientas lleno de paz, o tal vez que te veas en un espejo y puedas apreciar las cosas en las que tienes que mejorar. En mi caso, fue un poco de lo primero y de lo último.
Tal vez suena medio tonto: puede que para muchos sea super obvio. Pero lo bonito fue que lo ví más claro estando allá sentada, viendo los árboles que observaba hacía años y que siguen ahí. Viendo las caras de los primeros cuáqueros que llegaron hasta Monteverde y ahí se han mantenido por 48 años. Que para agradecer en verdad por las cosas que tenemos o que hacemos, se debe hacer en acciones constantes que honren aquello que queremos conservar.
Entonces ahora regreso a San José, cargada de energías, con ganas de seguir adelante y la certeza que pase lo que pase, será para lo mejor.

Medea. Peruano-colombiana bilingüe, costarricense por costumbre.









