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Ama de Casa

Miércoles, 19 de junio de 2013

Aunque no lo quisiera ni me lo hubiera propuesto, aparentemente en eso me he convertido. Organizo, me encargo de la comida, la ropa y mandados. Me sorprende que ya sean varios meses… no sé si lo disfrutaría más o me daría permiso para disfrutarlo si no fuera resultado de algo fuera de mi control como lo es el desempleo.  Afortunadamente somos más que capaces de vivir con los ingresos que tenemos sin necesidad de comernos los ahorros, pero no tenemos  para ahorrar más, ni planear paseos ni visitas a Colombia y a la larga esas son cosas importantes para nosotros también.

Una de las cosas de estar buscando empleo, es que te toca sentarte a cuestionar qué es lo que quieres hacer. En el pasado, mis puestos eran muy adaptados a mis habilidades y a lo que yo quería y podía hacer. Ahora me planteo el qué me gustaría regresar a hacer, cómo me gustaría trabajar y en qué y es mucho más difícil pintar ese retrato que sencillamente dejarme llevar.  Pero cuando me planteo lo que me gusta, también entiendo por qué no me está disgustando esto de estar en casa, porque al final de cuentas también cumplo con muchos de los objetivos.

Me gusta ayudar a la gente.

Me gusta organizar y ordenar cosas, ojalá categorizarlas. Es como terapeútico.

Me gusta compartir conocimiento.

Me gusta escribir.

Me gusta hacer cosas con las manos

Me gusta trabajar en proyectos creativos

Me gusta imaginar, planear, organizar, documentar y evaluar. La ejecución es lo que menos me gusta.

Me gusta resolver problemas.

Me gusta contar historias.

Me gusta dar consejos y recomendaciones.

 

Ahora, me toca descubrir como poner todo esto a generar ingresos.

 

La patria la llevamos en el paladar

Jueves, 2 de mayo de 2013

Este artículo fue publicado por primera vez en inglés el 29 de abril de 2013 en Future Challenges con el título Imigrantes económicos: conservando la cultura a través de la comida. Acá la traducción al español.

¿Como imigrantes económicos, dónde encontramos nuestra identidad cultural? Las respuestas probablemente son tan diferentes como cada uno de los imigrantes que llegan a un nuevo país. Así que decidí preguntarle a algunos de mis amigos latinoamericanos que también han migrado sobre los lazos que los conectan con la cultura de su hogar.

En general pareciera que los lazos culturales se encuentran primero en las personas y segundo en la comida. Que en la medida de lo posible hacemos pequeños sacrificios para obtener los objetos que nos ayudan a conectarnos con nuestro pasado, ya sea comprando ingredientes para cocinar una comida tradicional, pidiéndole a familia y amigos que nos envíen paquetes con comida que extrañamos o descubriendo en la ciudad cuál es la zona popular de imigrantes o sus restaurantes. En general, esta conexión cultural también trabaja en doble vía: una vez que salimos de nuestra tierra cambiamos, y la clave de la felicidad es aceptar esta nueva cultura híbrida.

Box of Traditional Costa Rican food items
En Londres, Diana recibe un paquete de su mamá en Costa Rica. Foto de Diana Trimiño, usada con su permiso.

 

Laura Vidal, quien vive en Francia me contó de un fenómeno extraño: ¡la nostalgia de comida se puede dar aún con platillos que ni siquiera nos gustan! Hay sabores que le recuerdan a Venezuela, a su cultura de origen e infancia y traen recuerdos del calor del hogar, incluso cuando esos sabores no le gustan. Yo he tenido la misma experiencia, cuando me encuentro dispuesta a pagar por un paquete de galletas, aunque de niña las detestara porque eran unas pastas asquerosas que nunca quería comer. Es como si  a través de la distancia, después de años, el valor de los recuerdos de las fiestas de cumpleaños y loncheras le gana a cualquier cuestión de gusto.

Para Katherine Cerdas, quien se mudó de Costa Rica a España, la cultura es algo que llevamos por dentro, algo que cargamos con nosotros como mezcla de  aprendizajes y costumbres. Entonces, cuando llegó la nostalgia, decidió aprender a cocinar en España, para poder cocinar platillos tradicionales costarricenses.

Katherine y yo tropezamos con el mismo reto: encontrar los ingredientes adecuados. Gracias a la globalización, ya hay algunos productos disponibles a través de fronteras, y ella ha sido capaz de encontrar tamales para diciembre hechos por una familia en Madrid, o enviados desde Alemania por correo. Es difícil encontrar los ingredientes regionales y étnicos para muchos platillos, como las hojas de plátano para los tamales, sobre todo si la comunidad imigrante de ese lugar no es particularmente numerosa.

En mi barrio puedo encontrar muchos productos centroamericanos así como peruanos, pero no puedo ir de compras con una receta específica en la mente, tengo que más bien ir a ver que encuentro y trabajar según esos parámetros. Hay supermercados más grandes dirigidos a la comunidad latinoamericana, pero ya que no vivo cerca ni tengo automóvil, no puedo llegar a ellos con facilidad. Internet me brinda la oportunidad de comprar algunos artículos, pero podría terminar pagando 10 veces lo que pagaría en casa por el mismo producto. Con un presupuesto es difícil justificar el gasto. Entonces aprendo a vivir sin eso, o cocino algo similar con ingredientes que sí se consiguen, haciendo mi propia versión de comida fusión colombiana. Aunque por más que pueda prepararme un perro caliente con huevos de codorniz, ensalada de repollo, ripio de papa, salsa de piña y queso encima, comerlo en casa no es lo mismo que parar en un carrito al lado de la calle, sentarse en la acera a comerlo y ver gente pasar.

Una de mis amigas desde kindergarten que ahora vive en USA descubrió esto también – que no es la comida en sí la que logra la conexión cultural, sino la gente alrededor de la mesa, el aspecto social de la comida. En Perú, los almuerzos familiares son importantes y algunos platos sólo se comparten como parte de una ocasión especial: entonces aunque haya restaurantes peruanos alrededor de la ciudad, no está la conexión con la familia y el sabor no es el mismo. Incluso los mismos ingredientes saben diferente cuando se consiguen en un lugar diferente.

La comida también se convierte en un lazo con el nuevo hogar. Para Denise Duncan, una autora Costarricense quien vive en España, esto ha generado algunas cejas levantadas cuando ella visita y las personas se enfrentan a sus nuevas preferencias alimenticias a la hora de la comida. Aunque ella siempre pide a quienes la visitan a España que le traigan una botella de la Salsa Lizano de Costa Rica, cuando ella viaja a Costa Rica ella trae consigo sus gustos recién adquiridos, tomando vinos españoles y usando aceite de oliva virgen, a pesar del costo adicional. Para ella, es parte de la riqueza de migrar, y disfruta ese proceso.

Otra amiga, Paula Calvo, descubrió que tenía más en común con su nueva cultura que con la que dejó detrás. Cuando se mudó de Costa Rica a Europa, se acercó a la historia de su familia. Aunque nunca había conocido a su abuela quien había imigrado de España a Costa Rica, pudo llegar a conocerla a través de las costumbres y tradiciones españolas que resonaron con su propia crianza y estas nuevas experiencias la acercaron a las mujeres de su familia, descubriendo que tenía más en común con España de lo que había pensado. Cuando regresa a Costa Rica y escucha comentarios de qué bueno que no se le ha pegado el acento, responde que aún si hubiera llegado con un nuevo acento, no debería importar. Hablar de una u otra manera no la hace menos persona. Y creo que esa es la lección que debemos aprender, que una cultura no es mejor que otra y que deberíamos estar abiertos al cambio tanto en nosotros como en los demás.

Al final de cuentas, como imigrantes económicos tomamos una decisión de mudarnos a un lugar diferente por mejores oportunidades económicas, para experimentar nuevas culturas y aprender nuevas cosas. Esto no significa que le estemos dando la espalda a nuestra cultura de origen, y tampoco significa que no podemos cambiar. Tal vez no podamos comprar la comida importada, comer en restaurantes de nuestro país y regresar a casa o pedir productos en línea para saciar la nostalgia, pero los aspectos importantes de nuestra cultura, bueno, esos los cargamos por dentro.

Instinto Gaterno

Domingo, 28 de abril de 2013

A la gata le abrimos las ventanas para que pueda entrar y salir de la casa, y tener una vida un poco menos sedentaria. En invierno se las abríamos y ella apenas sacaba la nariz, olía el frío y se regresaba a meterse debajo de las cobijas con el flaco. Pero ahora que primavera ha llegado, le dejamos las ventanas abiertas para que venga y salga a su antojo. Hoy la gata salió como cualquier otro día, con la diferencia que no vino a casa para almorzar. Usualmente ella no se aleja mucho, puesto que hay varios gatos aquí en el vecindario que si bien parecen ser amistosos, a ella no le caen bien y verlos afuera de la casa es garantía que la gata entre corriendo y defienda su territorio de ventanas para adentro. Temprano uno de los gatos vecinos, que es enorme y gris había venido hasta la ventana y trató de meterse, pero como estaba cerrada pegó la nariz contra el vidrio y nada más se contentó con mirar. Después siguió su recorrido.  Me quedé pensando si se habría encontrado con el gato en la calle o si algo le habría pasado. La gata tiene microchip y usa un collar con el certificado de vacunación q dice el nombre de la veterinaria y su nombre, así que si estuviera perdida y la encontraran, nos podrían avisar. Sin embargo, todo eso depende de que la gata esté en un lugar visible, no se le haya caído el collar y no era seguridad de encontrarla viva.

Después que me mudé de Monteverde a San José con la gata,  yo le hice una salida para que pudiera entrar y salir del apartamento por su cuenta, para no interrumpir sus hábitos de gata libre y para que no se aburriera sola en la casa. Un día de tantos, se perdió varias horas, pero yo no me preocupé pennsando que se estaría divirtiendo en la calle.  No me di cuenta que estaba escondida debajo de la cama sangrando por un encuentro con alambre de navajas hasta entrada la noche, cuando me puse a buscar una de mis medias y topé con la bola pegotuda que era la gata en shock. Después de una ida a emergencias y múltiples puntadas, llegó a la casa con la mitad del pelaje rapado y pintado de algo plateado, seguro que antibiótico y lamento que en esas épocas no tenía cámara, porque parecía robocop.  La gata se recuperó y no le quedan indicios que recuerden que casi se le peló la cola como tirabuzón ni que se le podía ver el músculo en su costado y tenía todo el cuello descubierto.  Todas esas imágenes regresaron a mi mente.  El flaco salió a buscarla, miró por el frente y por detrás, la llamó y dió una vuelta por el callejón. Y nada.  Treinta minutos después el flaco salió otra vez, y todavía no aparecía. Me decía que tranquila, que seguro había cazado algo y por eso no tenía hambre, pero yo conozco a la gorda. Ese apodo no es gratis, le encanta comer.  Así que aunque pasé el día hoy en cama por una gripe que me tiene la cabeza como esponja y la nariz como gotera, me levanté, me puse ropa y salí a buscar a la gordibus.

Salimos al callejón y la llamamos. Dí la vuelta por donde usualmente la he encontrado y la volví a llamar, y nada. Dimos la vuelta a la manzana, yo llamándola como la loca de los gatos y nada. Maaaalibuuuu.  Gooooooorda. Gordiiita. Gordibuuuus.  pstt psst psst. Nada. Nos fuimos por el lado lejano de la cuadra, por donde ella no se anima a ir en caso que le hubiera dado de exploradora hoy. Nada. De regreso vimos un gato esconderse debajo de un carro, y era el gato gris grandote que merodea por la casa. Me quedé un rato con el gato gris, y le decía psst psst psst a ver si me hacía amiga de él, como si por hacerme amiga del gato me fuera a dar información de la gordibus.

 

En eso que miraba al gato gris, escuché a la gorda. Escuchaba las plaquitas del cuello y sus maullidos, pero era imposible saber de dónde venían. El flaco no escuchaba nada, pero algo me decía a mí que la gata estaba por ahí, aunque no la pudiera ver.  Me fui entre unos carros, por las partes traseras de unas casas y algo me decía que estaba cerca. Era jugar frío y caliente. De pronto llegué y la escuché más claro, pero muy bajito. Me puse de rodillas y me metí debajo de unos pisos de madera. La escuchaba pero no la veía por ningún lado. De pronto vi un agujero pequeñito en la pared de ladrillos que estaba cubierto de una rejilla metálica y de ahí venían los maullidos! Me acerqué y cuando la gata me sintió más cerca se puso a maullar más duro y a pegar su nariz a la rejilla y ahí sí escuché su canto de “oh miseria” que usa cuando la llevamos en carro a alguna parte.  Estaba en el espacio debajo de la casa, pero por más que busqué, no encontré por dónde hubiera podido meterse. Pensé que seguramente ella tampoco lo encontraba. Llamé al flaco para que se quedara con Malibu y yo me fui a buscar si había entrada más accesible por el frente de la casa, pero no encontré ninguno. El flaco fue a tocar en la casa a ver si nos abrían y ayudaban a rescatar la gata, y mientras eso yo miraba cómo podría lograr que saliera de ahí.  La gata estaba detrás de una tabla atornillada a la pared para tapar el acceso subterráneo, y aunque había suficiente espacio entre la tabla y pared en la parte de arriba y abajo para que la gata pudiera sacar su patita buscando mi mano, no era suficiente para que pudiera salir por ahí. Cuando regresó el flaco a contarme que nadie le había contestado, le pedí  que trajera un desatornillador y con eso quité la tabla por un lado lo suficiente para que pudiera salir la gata, luego dejé todo como estaba originalmente.

 

Mientras la gata estuvo ausente, yo me sentía como la mamá que piensa que ya murió su adolescente porque  no se han reportado por 3 horas, cuando en realidad están pasándola bueno conversando con los amigos.  Que debería dejarla ser, no preocuparme innecesariamente. Pensé en la gata de el flaco que un día se perdió en una casa vacía, y otro día en que la encontraron en la calle y alguien le había pateado tan duro que le rompieron la cadera.  Pensé en el peor de los casos y en el mejor de los casos y agradezco que decidí seguir intentando. No sé si la gata hubiera sido capaz de eventualmente encontrar una salida, pero pienso que si hubiera sido capaz, no se habría perdido del almuerzo.  Así que hoy estoy feliz de tener a la gata acá durmiendo al pie de la cama, porque sé lo terrible que hubiera sido que llegara esta hora, y ella no estuviera con nosotros.

 

Aprendiendo

Viernes, 26 de abril de 2013

Ya voy acomodando cositas en la agenda. Para las próximas semanas tengo unos cursos de escritura creativa, de grantwriting, de manualidades, salidas con las chicas de tejido, hoy fui a comprar mi libro para tejer el sweater y me lo firmó la autora y salió una oferta chévere a la que mandé hoja de vida esta semana. Hay días en los que miro y veo un montón de puestos para los que no estoy calificada que me encantarían, y otros días en los que hay mucho trabajo que podría hacer y me harían miserable.  Entonces un día donde encuentro algo que me parece super chévere y cumplo los requisitos es fantástico.  A veces me pasa eso del síndrome del impostor, donde me pongo a pensar que no sé nada y que mejor no postulo porque no califico. Y habrá veces en los que sea cierto (no tengo doctorado ni estudios en relaciones internacionales, por ejemplo) pero hay otras en las que no me doy tanto crédito. En fin.

Me inscribí como voluntaria en una organización de reutilización creativa de desechos, y espero poderles ayudar en lo que se pueda!  Estoy preparando comidas ricas en casa, voy al gimnasio y todavía estoy esperando encontrar alguna amiga con la cual salir a trotar: el grupo que hay por acá cerca van rapidísimo, con sólo decirles que yo a mi 95% de capacidad apenas me mantenía al paso de convalescencia de una de las chicas que estaba en recuperación de un accidente de tránsito. Pero como hay carrera a finales de Mayo, ya esta semanita que entra sacaré el rato para meterle cardio, y con el grupo del gimnasio iremos a hacer una visita a la ruta.

Ya tengo un nuevo artículo próximo a salir en Future Challenges, y me hace supremamente feliz que les guste lo que escribo. Ya para dos ediciones de la revista que sacan mensualmente seleccionaron mis artículos de entre decenas de muchas otras partes del mundo y a veces cuando me siento un poco desmoralizada por el desempleo me acuerdo que sé escribir, y que lo hago bien y me están pagando por lo que escribo y estoy siendo publicada. Se siente bien.

Esta semana el flaco estuvo con gripa y trabajó desde casa: extrañaba mucho tenerlo cerca todos los días. Cuando recién nos mudamos acá y los dos estábamos trabajando en casa, la gente preguntaba si no nos desesperaba… y pues no! Disfruto muchísimo estar con el flaco y como él no es intenso ni nada, podemos estar los dos juntos haciendo cada uno su vaina e igual estamos compartiendo. Lo malo es que siento que soy ahora yo la que se está enfermando, espero que no me de tan duro a mí como le dio a él!

Pucha, ya me aburrí yo sola con este post. La vida tranquila es poco apasionante! Tal vez algún día comparta otra ves recetas, o manualidades, o paseos y aventuras. Por ahora me comprometo a escribir algo, pero no sé qué tan interesante sea.

Un año más

Viernes, 19 de abril de 2013

Ha sido un cumpleaños extraño. He pasado todo el día en casa, revisando y contestando los innumerables saludos de cumpleaños a través de facebook o twitter. Pensé en salir a almorzar, pero preferí quedarme en casa. No tenía nada hecho, así que me calenté una sopa de lata y eso fue.  El flaco me entregó el regalo ayer en la noche, el de mi hermana llegó también ayer por correo y lo abrí en la mañana. Ahora subiré a cenar donde mi hermano con mis papás y el flaco y mi cuñado y ese será el día.
A pesar de todos los saludos en Facebook, hace falta la llamada, la invitación a tomarse un café o almorzar, la conversada y el abrazo.  Aunque me siento feliz de tener a mi familia cerca, porque he tenido cumpleaños donde he estado alejada de familia y amigos y ha sido difícil, hay un poco de duelo por lo que no fue. Por no tener a los amigos cerca, por no tener amigos nuevos con quién compartir. Por eso preferí quedarme en casa con la gata, leyendo, limpiando la casa, entreteniéndome con juegos bobos en el celular. Porque lo que quería era amigos, y sabía que subir a charlar con mis papás no resolvería esa necesidad y me daba miedo de resentirme con ellos porque no estaban llenando ese vacío. Mejor dejar las cosas así, y darme mi espacio para sentir lo que quiero sentir, sacarlo del sistema y después poder ir a disfrutar de la cena en familia.

Un año más, un año de muchos cambios y retos. Tratando de redescubrir quién soy.

 

Tiempo

Jueves, 11 de abril de 2013

Ya llevo mes y medio buscando trabajo. Durante el día lavo ropa, cocino algo, voy al gimnasio, leo un poco… y paso en internet con la excusa de no perder el contacto, de buscar trabajo pero a veces se me va el día procrastinando y a veces me desanimo de ver que no hay ofertas laborales, o que nada se ajusta a lo que quiero (o puedo) hacer.

Me siento culpable de estar en casa, pero a la vez también sé que está fuera de mis manos. Todas las semanas envío 3 hojas de vida en promedio, pero no recibo respuestas. Hoy tuve una entrevista y resulta que para el puesto tendría que mudarme a Nueva York, entonces ni modo.

Hoy tomé la decisión de que dejaré de sentirme culpable. Toda mi vida hice planes de todo lo que haría si tuviera tiempo. Hoy en día tengo tiempo y además la ventaja que el flaco me apoya.  Entonces en vez de pensar en el hecho que no tengo trabajo, pensaré en que sí tengo tiempo.  Así que haré una lista de cosas que me gustaría hacer con él, asumiendo que igual seguiré buscando empleo por lo menos dos días a la semana. En ningún orden en particular:

1. Tomar clases gratuitas.

2. participar de un voluntariado.

3. tejer un sweater.

4. salir a trotar ahora que llegó la primavera

5. usar la máquina de coser una vez por semana

6. escribir en el blog un poco más

7. seguir cocinando y comiendo sano

8. correr el capitol hill classic 10K

9. socializar (y hacer amigos)

10. seguir cuidando y organizando la casa

A ver cómo me va!

Latina Immigration, Suicide and Belonging

Viernes, 15 de marzo de 2013

I wonder how much of my feelings of not fitting in, ever, had actually to do with having been considered an immigrant all my life, never having the chance to live in a place where I was considered 100% local. It is something most people take for granted, that they have at one time been in a  place in the world where they have felt like they belonged.

In Perú I was always strange because we didn’t do things the Peruvian way, in Costa Rica I had to completely aculturize after bullying in my first few months in school, where I learned lightning fast that speaking in an accent and doing things differently was not going to be a possibility… eventually I was able to feel like I belonged, but only by trying to remove all traces of my past identity. And then, there would be moments in life that I’d be jarred back into reality and reminded me that I was not a tica and did not have the same rights they did. In Colombia I got used to the fact that having a Colombian ID was not enough: I hadn’t studied there, I didn’t have the common experiences and for all intents and purposes, I was foreigner when it came to banking, housing and work.

Now as an immigrant in the USA, I teeter between wanting to fit in and feel like I belong, and letting go of that expectation, because I will always be an outsider. I fear I will be sardined under the “latina” tag, with all the negative stereotypes that conveys and then twice damned because even that group would possibly not consider me “latina” enough, and I can’t really say I’ve felt the full discrimination they might have, because of the lottery that is skin color.

AlJazeera’s The Stream just made a show on the reasons behind the rise of Latina suicides, particularly in New York. Apparently the main causes are feeling like you don’t belong anywhere, lack of parental availability (emotional or physical) , and the divide between expectations at home and expectations outside. They mention that weight issues such as pre-diabetes and obesity also affect teens emotional well-being. I could be a case-study for that as well.   While I did struggle with self-destructive thoughts and tendencies, I can only say that family support and access to mental health specialists when I felt I had reached my breaking point kept me safe.  I am glad people are bringing this out to the open, that there are organizations dealing with making young  immigrants feel integrated and happier. I wish I had known that my feelings were normal and that other kids were going through the same thing, and being able to get in touch with those kids.

As an adult, I feel disappointed that this is still an issue for me, it feels like failure that after all this time, growing up and learning more about life, I still deal with the feelings of inadequacy that being an outsider brings. I still desperately want to belong. It is rough to feel outside all society, and I guess that is why I love internet and the world it opened. It was a place with no nationality, no borders, where the bottom line was the common interests we had and not where we were from.  But as the web closes up with paywalls and pay for access sites, and the “this video is not available in your region”, it is once again bringing forth those barriers.  So I find myself looking outside once again for a way to deal with this.  I am feeling a lot of pressure trying to fit into the USA, and this pressure just comes from within, and my wish to feel like an insider.  Today, an article I wrote for Future Challenges titled A Woman’s Work is Never Done came out, and it touches on this topic: how as female immigrants we have to balance out the expectations we already bring with us with the stereotypes and expectations in our new home:

Girls are being raised to dream big and reach for the moon. Even so, it seems that for many the message being received is that if you don’t actually touch the moon, you’re a complete failure.

As I mention in the ending of my article, I’m still working this out in my head.   As I’ve landed unwittingly into the land of unemployment, I have to accept that this does turn me into a “homemaker” while I find something else.  I either have to redefine what all these words are so that my life makes sense to me once again, or just learn how to deal with expectations and not care.

Niebla

Miércoles, 6 de marzo de 2013

Ha sido un mes difícil. Me gustaría pensar que van mejorando las cosas, pero no es cierto.  Siento que estoy caminando por un valle y las montañas me rodean y están ahí, cerca, pero no soy capaz de llegar a ellas. Vacilo entre momentos de pensar que debería amarrarme bien los pantalones y salir adelante y otros en que sencillamente no tengo la energía de hacerlo.  Cuando trabajaba pensaba en todo lo que haría si no tuviera que trabajar: coser, tejer, cocinar, salir a caminar, ir a ver tiendas, conocer la ciudad. Ahora con costos salgo de mi apartamento. Programo salidas a ver si me fuerzo a socializar y a última hora cancelo para quedarme sentada en el sofá. Cuando logro salir, es una breve pausa en las que no mejora el ánimo, pero me distraigo. Pero todo el camino de ida y regreso nuevamente siento que camino sobre pantano.  Voy como sonámbula, pensando que tal vez pronto despertaré.
El domingo en el mercado, la sola idea de escoger vegetales y tener que interactuar con el señor que vendía las coles de bruselas me hizo sudar frío y quedé paralizada. No era capaz de articular, mi cerebro quedó patinando y sentía ese frío que salía del estómago luchando con la necesidad de quitarme toda la puta ropa de encima. Tuve que ir a esconderme donde no viera la gente, donde no escuchara el ruido, donde pudiera concentrarme en tomar agua y respirar. Se pasó así como vino, pero fue una sensación tan desconocida, tan ajena que todavía no sé qué hacer con esa información.

No logro encontrar felicidad. Las cosas que me alegraban ahora no resuenan.  Busco como adicta el próximo video de internet que me haga sonreir, que me haga reir. Y lo encuentro y lo logra y me siento bien por un par de respiros y nuevamente siento que lo que hice fue llegar a la superficie y tomar una bocanada de aire y nuevamente algo me jala de los pies y me devuelve al fondo.  Sé que la enfermedad que cargo trae consigo depresión. También es una advertencia de los medicamentos que tomo. Estamos todavía en invierno y acá eso también lo han catalogado como causa de depresión : el Seasonal Affective Disorder o SAD. A eso le sumamos lo del desempleo… causas y motivos me sobran,  pero nada hago con eso. Lo que quiero es salir de este hueco.

Que llegue ya mi primavera.

Nivel de respeto disminuyendo

Jueves, 24 de enero de 2013

Una amiga de la infancia compartió esta imagen en facebook:

 

texto que supuestamente define a una mujer (o alguien descuidado de cualquier género)

cosas que me generan ira

Casi me planto a escribir un comentario por el mismo medio expresando por qué esto es la señal de por qué estamos como estamos, y que cómo una mujer que se respete va a compartir tal basura y bla. Pero después pensé que tal vez esto es cierto para ella. Que no lo está interpretando como yo.  Y que nada ganaba cayéndole encima. Al rato ella sí se identifica y ese será su problema (o no).

Va traducción al español:

Sí, soy una mujer. Empujo puertas que claramente dicen JALE. Me río más duro cuando trato de explicar por qué me estoy riendo. Entro a una habitación y me olvido de por qué estoy ahí.  Cuento en mis dedos cuando hago matemáticas. Escondo mi dolor de mis seres queridos. Digo que es una larga historia cuando realmente no lo es. Lloro mucho más de lo que crees que lo hago. Me importa gente a la que yo no le importo. Trato de hacer cosas antes que suene el microondas. Te escucho inclusyo cuando no me escuchas a mí. Y un abrazo siempre ayudará. Sí, ¡soy una mujer! Comparte si estás orgullosa de ser una, vamos chicas.. <3

¿Por qué me generó tal reguero de bilis? Este mensaje da la idea clara de que este tipo de comportamientos definen a una mujer, y son causa de orgullo. No es una mujer individual diciendo “esta soy yo, soy una persona que no le gusta X o Y, que no hace esto bien, que hace estas otras cosas mejor, que le gusta tal”. Es una generalización. No todas las mujeres son olvidadizas. No todas son analfabetas o descuidadas. No todas escuchan atentamente ni mienten. Ni tampoco es algo que sólo hacen las mujeres.  Este tipo de comentarios lo que hacen es normalizar el sexismo, el definir ciertas características como de mujeres y en nuestra cultura que disfruta de las dicotomías, por ende definir que no son de hombres.

Hay una diferencia entre aceptar comportamientos de un individuo (independiente de su género) y de aceptarlos POR ser de un género específico. Esa diferencia es ENORME.  La primera es amor, compasión, afecto, comprensión. La segunda es sexismo.

El sexismo puede ser benevolente (cuidamos a las mujeres porque son un bien precioso y delicadas y hay que protegerlas) o hostil (las mujeres no valen la pena), pero por más que sea benevolente, sigue siendo sexismo. Que nos beneficie no significa que sea bueno, como dice este artículo del sexismo en Daily Kos, viejito pero bueno (aunque ya no tiene imágenes, buu):

For example, it is benevolent sexism that men should be the family’s “breadwinner,” which some women may favor. However, this sexist “breadwinner” rule is still used by employers today to justify higher pay for men who perform the same work as women, even when the woman just happens to be a better worker.

Traducción: Por ejemplo, es sexismo benevolente que los hombres deban traer el pan a la casa, que puede favorecer a algunas mujeres. Sin embargo, esta regla del “sostén familiar” todavía se usa por empleadores para justificar salarios más altos a hombres que hacen las mismas labores que mujeres, incluso cuando la mujer resulta ser mejor trabajadora.

Si mis hormonas problemáticas deciden hacer fiesta de mis emociones cada cierto tiempo y mi esposo lo aguanta… es porque me ama y entiende que a pesar de las medicinas, no tengo tan buen control de mis emociones cuando las hormonas entran en juego.  Pero de ahí a que dijera “ah, es que es una mujer y las mujeres se vuelven locas una vez al mes” hay mucho trecho. La primera opción acepta que soy un individuo con circunstancias específicas. La segunda descalifica a las demás mujeres que pueden no tener ningún problema hormonal o excelente control de sus emociones y acciones haya o no hormonas. Entonces a través de la segunda, si una mujer se queja de injusticias en su trabajo, preguntan si anda regluda. Si se siente frustrada y llora, dicen que es porque es cierto tiempo del mes. No asumen que puede tener quejas válidas o de verdad está pasando por un mal rato.

Este tipo de frases son una muestra que se ha internalizado tanto el sexismo e institucionalizado, que mucha gente ya ni lo ve, o si lo ve asumen que no es TAN importante, porque “hay otras cosas más serias de qué preocuparse”. Pero el que haya atropellos más fuertes contra las mujeres, no significa que debamos ignorar los pequeños.  Yo estoy trabajando en mejorar esto de mi. En darme cuenta cuando estoy siendo sexista, en cuando estoy generalizando y en tratar de no hacerlo, tanto para mi como para el flaco.  Yo generalizo. Meto a mucha gente en el mismo saco. Asumo que como soy de un grupo y tengo un comportamiento, todos los de ese grupo tienen ese comportamiento… estoy haciendo un esfuerzo de mejorar. Y tal vez escribirlo me ayude.

Monstruosamente Yo

Lunes, 21 de enero de 2013

Cada cierto tiempo lucho contra unos demonios de las expectativas que otros tienen de mi, las que yo tengo de mi y las que socialmente he internalizado como lo que yo debería cumplir (que son diferentes a las que admito abiertamente).

Me peleo contra la sensación de que soy yo la que debe encargarse de la casa.  Por más estudios y lecturas y mundo moderno, siento el peso de una responsabilidad no asignada de “tener bien la casa”. El flaco, por cultura o por ser él quien es, no siente ese peso. Cuando le cuento que ver la cocina sucia es como sentir que estoy fallando, creo que no logra comprender que para mi no es una cocina sucia simplemente, sino que representa cómo “fallo” en mi rol de “esposa”, aunque no sea un rol de esposa con el que estoy de acuerdo ni comparta. Que cuando hay zapatos tirados en medio de la sala cuando yo la limpié en la mañana lo siento como que me dijera “eso que hiciste no importa ni vale la pena”. Aunque yo exactamente lo mismo y no tenga ningún subtexto además de “acá me los quité y me olvidé de guardarlos” el que otro lo haga lo tomo personal.

Complica más las cosas cuando ya de por sí los roles tradicionales están trocados en nuestro matrimonio: yo trabajo tiempo completo y él está trabajando medio tiempo. En teoría eso significaría que él se encargaría de las “cosas del hogar”, y efectivamente hace gran parte de las tareas. El monstruo levanta su cabeza cuando siento culpa por no hacer más. Por no cocinar más. Por no limpiar más. Por no “disfrutar” y hacer con alegría lo que me corresponde. Parte de mi insiste en que debería estar haciendo la mitad de las labores y no estoy haciendo lo suficiente, pero la otra parte insiste en que no, que mi contribución al hogar ya la estoy haciendo de otras maneras.  Pero siento que fallo. Estoy segura que los hombres en la misma situación (trabajan y traen salario, en la casa ayudan después de las horas laborales) no sienten culpa por eso. Pero mi modelo de esposa fue el que me dio mi mamá y ella era ama de casa. No conozco cómo se comporta una mujer trabajadora más allá d lo que veo en la tele y leo en los blogs, pero esas mujeres todas son de mentiras, uno no ve detrás de las cámaras. Y tengo esta lucha de descubrir qué significa para mi, y creérmelo.

A veces pienso qué sucedería si la situación estuviera invertida. Creo que asumiría el rol de ama de casa con el que crecí. Sentiría que tendría que hacer cosas en casa todos los días para contribuir. Buscaría maneras de ahorrar dinero. Haría un presupuesto, listas de compras con lo que está en temporada y pensando en qué es sano y cómo ahorrar. Haría un menú de comidas variado, preocupandome de innovar en la comida y no servir siempre lo mismo.  Mantendría la casa organizada: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Metería mano con la jardinería, unas lindas hierbas en el patio trasero para sazonar. Estaría buscando cómo hacer la casa más cómoda y hogareña: fotos, afiches, adornos, cobijas para el sofá, cojines, alfombritas, etc. Creo que ya que mis hobbies están bastante ligados a ciertas labores, podría hasta disfrutar de ese nuevo rol y además, en nuestra casita no hay mucho que hacer.

Cuando vivía sola trataba de hacer de esas cosas y balancear el trabajo con lo doméstico, y resultaba en que decidía que algunas cosas no eran tan importantes y no me hacía enredos. Cuando ya era suficiente el desastre, hacía algo al respecto, pero no había auto-drama. Soltera era más relajada, si era desordenada era sencillamente quien era y ya: mujer que vive sola. Y cuando mis compañeros de casa, como mi hermana, se quejaban de mi desastre, me parecía que estaban sobredimensionando las cosas.  Ah, el karma.  Ahora, soy quien era y por días no me importan las cosas, dejo todo pasar: si no se lavan los platos, q más da? si no está limpio el baño, pues la otra semana vienen las que limpian y ya. A veces hay una voz dentro de mi que me dice “Soy una mujer moderna y trabajadora, mi lugar no está detrás de una esponja, no señor! Me he liberado.” Hasta que un día mi mirada cambia y cae todo el peso de lo que no se ha hecho y soy yo la culpable.  Porque pueden pasar semanas sin q me importe algo, pero un día exploto y es LO MÁS IMPORTANTE y como no lo he hecho soy un fracaso. Es horrible. Pero lo peor es que usualmente el chivo expiatorio de estos picos hormonales termina siendo el flaco.

Si los dos estamos novatos en esto de compartir el espacio con la pareja, él también es primíparo en este cuento de vivir independiente.  Está tratando de aprender y tiene el handicap de tener  la peor maestra. Un día le digo que todo está bien, que su ayuda es suficiente, que hace más de la cuenta y más de lo que se podría esperar. Otro día exploto porque está pegajoso el mostrador con todo el tono de “por qué me haces esto a mi”.  Me olvido convenientemente de todas las veces en las que he sido yo quien ha dejado el mostrador sucio.  Porque no  soy consecuente. Yo no educo con el ejemplo y tengo diferentes estándares. No sólo para él y para mí, sino para mí y para cualquier otra mujer en mi misma situación. Y los estándares siempre cambian. Es horrible. Me siento como la peor persona.

El flaco trabaja a punta de amor: tener una casa limpia o en orden  le importan en la medida en que me hacen feliz a mí. Nunca me renegaría por no hacer algo un día, porque sabe que puede que esté cansada, o no tenga ganas o lo que fuera. Él no requiere un hogar a mis estándares, las cosas están bien como están. Y sé que el esfuerzo que hace día a día para mejorar y cumplir con mis expectativas es inconmesurable, sobre todo porque no tiene un filtro interno que le dice que “así está bien” entonces todo lo tiene que pensar y medir. Hace las cosas como yo digo porque quiere que yo sea feliz con eso. Yo nunca tengo que hacer algo a su gusto, porque como yo lo haga está bien para él.

No sé cómo lo hacen otras mujeres. No sé cómo lo hacen otras personas. No sé cómo lo hacen otras parejas. A veces creo que sí, que ya estoy logrando un balance, pero llega el ogro que tengo en mí y un día nada más explota y destruye toda la armonía. Y cada vez me cuesta más perdonarme por eso.

 

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