Salidas

Perspectivas

Viernes, 16 de marzo de 2007

Sentada debajo de este árbol, la fiesta se veía muy diferente. Ya no tenía la música latiéndome en la oreja, ni estaba obligada a serpentear entre personas para moverme de un lado a otro. Acá había espacio, incluso para sentarnos. Podíamos observar la mancha de personas frente a los proyectores de video, verles las caras, ver las pantallas girar y moverse con el viento. Parecía como si ya no fuera la misma fiesta. Si miraba a mi izquierda, solo había una pareja abrazada, perdidos entre murmuraciones audibles solo para ellos, detrás mío los mariguanos aprovechando la oscuridad de los árboles que bordean el río encendían sus puros. a la derecha había un grupo de jóvenes sentados en el concreto de la cancha, y al frente estaba la conglomeración de asistentes.

Pensé en cómo los medios manipulan la información. Tan solo al tomarle fotos a una sección específica de la fiesta, podrían justificar las más variadas opiniones. Como los sabios de la cueva. Y todo eso sería oficialmente la verdad.

Eclipse de Luna

Domingo, 4 de marzo de 2007

Me encantan las caminatas. Ir a algún lugar alejado que requiera esfuerzo, para que estar ahí tenga más significado que nada más bajarse de un bus. El sábado armamos grupo para ir a ver el eclipse. Alguien sugirió un lugar en Envigado y listo. Nos encontramos en el metro, subimos recogiendo personas y emprendimos el viaje.

Primero caminamos por casas y apartamentos, después por condominios, narcomansiones y obras en construcción, después por casitas y luego nada más potreros. La mezcla de estilos de arquitectura, el ver una casa histórica de ventanas grandes de madera, corredor y techo de teja a la par de un edificio que es una caja de concreto con vidrio es común, y como que deja de ser chocante. Excepto cuando son cajas de concreto muy, muy, muy grandes. El camino no nos era familiar, así que no encontramos la entrada y tuvimos que regresarnos cuando nos dimos cuenta que la calle de subida comenzaba repentinamente a bajar. Dimos con la ruta: una vereda empedrada que se metía al bosque. Pocos metros después se acabó la piedra y siguió una trocha de tierra , con paredón a un lado y ladera pendiente hacia el otro.

El camino estuvo complicado, y durante la subida iba haciendo mapa mental de las curvas, peligros y bifurcaciones… no tenía linterna y el regreso ya sería de noche. Pensé en todo lo que podría pasar, pero que otra parte de mi sabía que no sucedería. Estaba con la certeza que todas esas dificultades sencillamente harían una mejor historia para contar. Que estaba oscuro, que nos encontramos con extraños que nos contaron sobre los fantasmas en las cuevas, de las quebradas que teníamos que cruzar, de los lugares donde pensé: esto lo subo pero no creo que lo baje. Había partes resbalosas, otras donde había que agarrarse del pasto seco que crecía a un lado para no caerse deslizado al otro. En un momento no sabíamos por donde seguir, ya no veíamos la antena y no parecía haber camino, pero finalmente lo logramos: llegamos a la antena desde donde teníamos una vista perfecta de la ciudad y de la montaña por donde saldría la luna .

Con ron y Colombiana nos hicimos un traguito y conversando pasamos el tiempo mientras aparecía la luna. Pensé en la última vez que estuve en un parchecito parecido, cuando subí a la Cruz de Alajuelita: recién comenzando con sweetie, acompañada de mis mejores amigos y hermana. Ahora en otro país, con otra gente y un nuevo paisaje, pero la sensación era similar… o casi la misma.

Cuando terminó el eclipse y la luna estaba llena e iluminando nuevamente, nos dirigimos cuesta abajo. Lentamente, iluminados por la linterna del celular de alguien, bajamos, nos caimos, tropezamos y reimos todo el camino. En un momento el grupo se dividió y unos entraron a “la cueva del indio”, yo me perdí del momento en que entraron, y cuando ya estaban dentro, preferí quedarme afuera antes de enfrentarme a un hueco oscuro sin iluminación. Cuando salieron, continuamos el recorrido sin sobresaltos y finalmente llegamos a la calle… entonces las nubes cubrieron la luna: perfectamente cronometrado.

Terminamos la noche en el parque de Envigado, tomando mi nueva bebida favorita, esa que apacigua mi paladar de borracha pobre de mal gusto: vino de cereza “Cherry” que venden en garrafa de 2 litros. A menos de 2 USD. Maravillosa industria local. Me fijé: la etiqueta dice “no es un producto vinícola” y no trae lista de ingredientes. A ver si adivino: Taninos y “sabor a cereza”.

Ojalá que se repita este tipo de paseo. Hay foticos aquí.


El Parque del Periodista

Miércoles, 7 de febrero de 2007

El Parque del Periodista es de esos lugares que a uno le pueden describir, ilustrar, diagramar, mostrar fotos y aun así uno no podría entender de que se trata el asunto hasta estar ahí. La música salía de un desvencijado bar llamado El Guanábano, un lugar viejo y amorosamente descuidado: no podría decir que la pintura estaba descascarada sino que el descascare tenía algo de pintura, y estoy segura que es parte del encanto del lugar. Estaba sentada con un vaso con cerveza en uno de los bordes de las jardineras mirando gente pasar e inconscientemente volteaba a ver detenidamente a los que llegaban, como si esperara encontrarme a alguien conocido. Los 3 agentes de la policía estaban debajo de un poste a escasos metros de donde estábamos y parece ser que estaban ahi por protección y no por hacer cumplir las leyes: se hicieron de la vista gorda respecto a la bebida en zonas públicas, entre otras cosas. Era como si no escucharan las botellas quebrarse y no vieran los vasos llenos de líquido ámbar circular por el parque.

Era como un ping pong, verlos a ellos, y observar a la vez a las personas que aprovechaban que estaban dando la espalda para echarse un jalón del puro, cuando los policías volteaban en esa dirección, en el lado contrario alguien se echaba también su hit. Un chico con un mohawk de por lo menos 5 pulgadas de largo nos vino a pedir que le regalaramos uno de nuestros vasos de cerveza, como si estuviera acostumbrado a que el no tener dinero no es limitante para salir de fiesta e ir a tomar. Chicas vestidas de negro con el pelo oscuro y delineador rojo en los ojos conversaban con el vendedor de chicles, cigarrillos y dulces. A mis espaldas escuché los acordes y estrofas de la Canción para mi Muerte y creo que por primera vez en mucho tiempo no quise llorar con esa canción. Las lámparas hacen sus veces de sol y luna, y podés buscar una sombrita a la media noche. Alguien tiró una de nuestras cervezas por error y no paso nada. Nos reimos de temas que no eran de reirse: que si los paras, que los celadores, que la pedofilia, que el ejército, la muerte, los corazones rotos. Aprendí muchas palabras que ya he olvidado y escuché historias de cortometrajes inconclusos.

Entré al Guanábano para ir al baño y me encontré con mil caras de extraños mirándome por detrás de la puerta, cubiertos por una gruesa capa de pegamento. Pensé al caminar con otra cerveza en mano que debería haber comido algo, pero entre una cosa y otra no se me ocurrió y lo sustituí por el paquete de maní que cargo en la cartera. Me senté y por un momento sentí que me ahogaba del calor, el sudor saltó a mi frente y mi delirio fue amarrarme el pelo y sentir la brisa pegarme en la nuca. Una neblina se enredaba entre las ramas más bajas de los árboles y otra subía serpenteante desde los cigarrillos. El vendedor de cigarros se sentó a descansar a mi lado y me advirtió que mi billetera se había caído al piso. La metí en mi cartera agradecida con él y por ese instante con todo el resto de la humanidad. Los policías regresaron y requisaron a un mendigo, después de un tiempo dimos vuelta para donde estaban los policías y conversaban amenamente con dos motociclistas. Unos chicos despertaron al inconsciente indigente y a puntapiés le demostraron que ahí no era bienvenido. El único punto amargo de la noche, darme cuenta que entre tanta comunidad tranquila todavía hay personas a las que les gusta armar pleito. Al ratito ya me quise ir, aunque tengo ganas de volver a ese parquecito en el pleno corazón de la ciudad, esa islita anidada en una esquinita, coordenadas 6º14N y 75º33O.

Metrocable

Martes, 6 de febrero de 2007

El metrocable en Medellín es un medio de transporte que une la línea del metro con una de las zonas más deprimidas social y económicamente. Un recorrido que antes podía durar una hora y media en un día bueno y por lo menos 3 buses, ahora lo pueden hacer con un mismo tiquete en 20 minutos.

Lo más lindo para mi naivette fue ver los parques que rodean las bases de las estaciones. Creo que ese poquito de verde y plays ALGUNA influencia positiva tiene que tener en el lugar. No me sentí como en el Tren en San José, donde nunca me aventuraría a ver donde llega en Pavas… asumiendo que estaría sucio, oscuro y peligroso: no me animaba a comprobar o descartar esa hipótesis. En cambio hoy yo quería llegar y bajarme y caminar. Es un paseo popular ese de irse en Metrocable a conocer la montaña, y ahora que le van a construir una mega biblioteca con vista espectacular, va a ser aún mejor. Subí fotos a flickr con las descripciones y mi relato llega hasta aquí: creo que imágenes valen más que mil palabras.

Muchiiiisimas gracias a Jorge por hacer este humilde video posible! La música es Recreation de Tryo.

San Alejo

Lunes, 5 de febrero de 2007

Según mi mamá, el cuarto de San Alejo es donde la gente metía las chucherías viejas e inservibles que no les interesaban: algo como el cuarto de las bacinillas en Cien Años de Soledad. Siendo San Alejo el Santo de los hacedores de correas y mendigos, este nombre se le ha dado a la feria que tiene lugar todos los primeros sábados de cada mes en el Parque Bolívar. Ahí se encuentran antigüedades, artesanías, plantas, macetas, muebles, souvenirs, chucherías, comida, mendigos, artistas, músicos y mucho más.

Llegamos tempranito, ya que el sol y yo no somos tan buenos amigos. Ya a esa hora habían puestos de vendedores por todas las esquinas, y mientras uno caminaba se reproducían los parches de vendedores en cualquier esquina disponible. Una vez que se acomodaban, iniciaba el diálogo de día entero con los vecinos de puesto, los compradores y con los amigos que nada más llegaban a hacer la visita. Las artesanías, lamento decirlo, están casi que globalizadas. Los aretes que veía por la Universidad de Costa Rica parecen provenir de manos que fueron a la misma escuela de joyería. Algunas otras piezas eran muy originales: brazaletes de cuero y bronce con vidrio fundido, dijes de metal tratado con ácidos y esmaltados, veladoras de todos los tipos para santos, unas lámparas de bambú con tela, cinturones, agendas pintadas a mano… en fin. Había de todo para todos los gustos.

Un señor, sentado a un lado de la fuente, le daba vueltas a una maquinita para hacer bailar dos muñecas con una música espantosa. A cambio de esa tortura, le solicitaba a los transeúntes entregarle dinero con la historia que es mayor de edad, padre de familia y nadie lo contrata. Una señora reía a carcajadas mientras estiraba un dulce sobre un poste: algo que sólo había visto en televisión de pronto lo tenía frente a mi y aproveché para tomar unas fotos de la gelatina de pata estirada. En Colombia todavía se acostumbra a comer gelatina hecha de tuétano que extraen de las patas del ganado. Parece extraño y desagradable y sin embargo sabe rico. La señora nos comentó como el pedazo de gelatina sin estirar que mi mamá estaba comiendo lo había hecho ella hacía unos días, y destacó el hecho que su jalea era muy transparente: ella no le molía hueso para hacerla más grande y pesada, no señor.

Seguí caminando y me encontré entre flores y plantas: A pesar que el clima era el mismo, la sensación de frescura que daba ver tanto verde calmó un poco el calor. Me acerqué a unas coloridas orquídeas florecidas cuyos brotes podían fácilmente tener el tamaño de mi mano.

A la vuelta y debajo de un àrbol había un puesto de guarapo: jugo de caña con limón y mucho hielo. Esta bebida también se fermenta y existe una versión alcohólica, en este caso es meramente refrescante. Digamos que es un agua de sapo o hiel sin el gengibre. Lo lindo era ver el trapiche de madera con el que lo preparan, y las 8 a 10 personas de todas las edades que vaso en mano rodeaban el lugar.

En el puro centro de la plaza había un viejito: este viejito se encontraba al lado de una caja de madera vieja cubiertos de una sombrilla. Al pasar una segunda vez mi mamá me señaló a los loritos, y tuve la oportunidad de ver al lorito “adivinar” la suerte de unos muchachos de la fuerza pública. El lorito se para en el dedo del señor y cuando èste abre la caja, quedan al descubierto un entrepaño y un cajón: en el entrepaño hay unas tarjetitas, y en el cajón hay muchos papelitos. El loro saca primero las tarjetas: éstas contienen preguntas existenciales y algo parecido a los horóscopos. Después el lorito escoje un papelito y se lo entrega a los portadores de tarjeta, haciendo la combinación mágica y revelando los poderes del loro en adivinar los problemas y predecir el futuro.

Al ver a éstos jóvenes uniformados jugando con el lorito me puse a pensar en lo duro de tener un servicio militar obligatorio y tener que servir. Éstos chicos son hijos, padres, novios, amantes y hermanos, vienen de todas las clases sociales y estratos. Cada uno tiene una historia y un año que cumplir lejos de todo lo que ha conocido hasta el momento. En Costa Rica nunca me tocó tener que despedirme de alguien para que hiciera el servicio militar, sin saber si regresaría o no. Acá es visto como algo tan normal, tan cotidiano… los veo tan jóvenes y muchas veces tan serios, que me alegró que pudieran encontrar un momentito de su día para permitirse disfrutar y soñar en un destino mejor. Ojalá que en San Alejo hayan encontrado lo que necesitaban, aunque sea un poco de libertad momentánea, y que la buena suerte del lorito los acompañe.

Subí las fotos a flickr, por si quieren verlas.

Comenzó MDE07: Encuentro Internacional Medellín 2007

Jueves, 1 de febrero de 2007

Al entrar pensé en que me debería haberme comprado otra chaqueta porque se me está complicando eso de tratar de verme seudo arreglada con una jacket verde limón que pareciera ya estar injertada. Después de dar unos pasos me di cuenta que aquellas personas elegantes y vestidas formales eran los del catering, y que aquellos que estaban en jeans y chanclas y bolsos de lona reciclada eran los que estaban vestidos para el evento.

Gracias a
Jorge de La Fábrica de Cosas llegué a la inauguración de La Casa del Encuentro Internacional Medellín 2007 de prácticas artísticas contemporáneas. Le di una vuelta al salón donde se exponían los productos de un taller de arte para niños: maquetas de edificios de la ciudad, siluetas de auto imagen, unos cuadernos de palabras de arte donde definían el arte “apstrapto” como cosas que no parecen cosas y jarrón como “material de fácil destrucción. Se be en los museos”. El evento fue sencillo y sin aspavientos: pudimos ver las pautas publicitarias del encuentro, explorar la casa, subir a la biblioteca, tomarnos una copa de vino tinto que salía de botellas y no de cajas y conversar con quien se atravesara de lo que fuera. La Casa está ideada como la cabeza y corazón del encuentro artístico: según los organizadores, “La vieja sede del Museo es el sitio obligado para visitar en la ciudad. Espacio de encuentro y de intervención artística donde podrá charlar, tomar un jugo, leer un libro de arte o ver una película.”

A la hora exacta que hubiera comenzado el evento, solo quedabamos un puñado de personas y las cámaras de televisión. Seguimos la conversación sobre arte, ciudad, vida y escuela en un cafetín en la estación del metro hasta que nos lo cerraron, y regresé a mi casa convencida que Medellín en este momento es el lugar en el que quiero estar.

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