Personal

La patria la llevamos en el paladar

Jueves, 2 de mayo de 2013

Este artículo fue publicado por primera vez en inglés el 29 de abril de 2013 en Future Challenges con el título Imigrantes económicos: conservando la cultura a través de la comida. Acá la traducción al español.

¿Como imigrantes económicos, dónde encontramos nuestra identidad cultural? Las respuestas probablemente son tan diferentes como cada uno de los imigrantes que llegan a un nuevo país. Así que decidí preguntarle a algunos de mis amigos latinoamericanos que también han migrado sobre los lazos que los conectan con la cultura de su hogar.

En general pareciera que los lazos culturales se encuentran primero en las personas y segundo en la comida. Que en la medida de lo posible hacemos pequeños sacrificios para obtener los objetos que nos ayudan a conectarnos con nuestro pasado, ya sea comprando ingredientes para cocinar una comida tradicional, pidiéndole a familia y amigos que nos envíen paquetes con comida que extrañamos o descubriendo en la ciudad cuál es la zona popular de imigrantes o sus restaurantes. En general, esta conexión cultural también trabaja en doble vía: una vez que salimos de nuestra tierra cambiamos, y la clave de la felicidad es aceptar esta nueva cultura híbrida.

Box of Traditional Costa Rican food items
En Londres, Diana recibe un paquete de su mamá en Costa Rica. Foto de Diana Trimiño, usada con su permiso.

 

Laura Vidal, quien vive en Francia me contó de un fenómeno extraño: ¡la nostalgia de comida se puede dar aún con platillos que ni siquiera nos gustan! Hay sabores que le recuerdan a Venezuela, a su cultura de origen e infancia y traen recuerdos del calor del hogar, incluso cuando esos sabores no le gustan. Yo he tenido la misma experiencia, cuando me encuentro dispuesta a pagar por un paquete de galletas, aunque de niña las detestara porque eran unas pastas asquerosas que nunca quería comer. Es como si  a través de la distancia, después de años, el valor de los recuerdos de las fiestas de cumpleaños y loncheras le gana a cualquier cuestión de gusto.

Para Katherine Cerdas, quien se mudó de Costa Rica a España, la cultura es algo que llevamos por dentro, algo que cargamos con nosotros como mezcla de  aprendizajes y costumbres. Entonces, cuando llegó la nostalgia, decidió aprender a cocinar en España, para poder cocinar platillos tradicionales costarricenses.

Katherine y yo tropezamos con el mismo reto: encontrar los ingredientes adecuados. Gracias a la globalización, ya hay algunos productos disponibles a través de fronteras, y ella ha sido capaz de encontrar tamales para diciembre hechos por una familia en Madrid, o enviados desde Alemania por correo. Es difícil encontrar los ingredientes regionales y étnicos para muchos platillos, como las hojas de plátano para los tamales, sobre todo si la comunidad imigrante de ese lugar no es particularmente numerosa.

En mi barrio puedo encontrar muchos productos centroamericanos así como peruanos, pero no puedo ir de compras con una receta específica en la mente, tengo que más bien ir a ver que encuentro y trabajar según esos parámetros. Hay supermercados más grandes dirigidos a la comunidad latinoamericana, pero ya que no vivo cerca ni tengo automóvil, no puedo llegar a ellos con facilidad. Internet me brinda la oportunidad de comprar algunos artículos, pero podría terminar pagando 10 veces lo que pagaría en casa por el mismo producto. Con un presupuesto es difícil justificar el gasto. Entonces aprendo a vivir sin eso, o cocino algo similar con ingredientes que sí se consiguen, haciendo mi propia versión de comida fusión colombiana. Aunque por más que pueda prepararme un perro caliente con huevos de codorniz, ensalada de repollo, ripio de papa, salsa de piña y queso encima, comerlo en casa no es lo mismo que parar en un carrito al lado de la calle, sentarse en la acera a comerlo y ver gente pasar.

Una de mis amigas desde kindergarten que ahora vive en USA descubrió esto también – que no es la comida en sí la que logra la conexión cultural, sino la gente alrededor de la mesa, el aspecto social de la comida. En Perú, los almuerzos familiares son importantes y algunos platos sólo se comparten como parte de una ocasión especial: entonces aunque haya restaurantes peruanos alrededor de la ciudad, no está la conexión con la familia y el sabor no es el mismo. Incluso los mismos ingredientes saben diferente cuando se consiguen en un lugar diferente.

La comida también se convierte en un lazo con el nuevo hogar. Para Denise Duncan, una autora Costarricense quien vive en España, esto ha generado algunas cejas levantadas cuando ella visita y las personas se enfrentan a sus nuevas preferencias alimenticias a la hora de la comida. Aunque ella siempre pide a quienes la visitan a España que le traigan una botella de la Salsa Lizano de Costa Rica, cuando ella viaja a Costa Rica ella trae consigo sus gustos recién adquiridos, tomando vinos españoles y usando aceite de oliva virgen, a pesar del costo adicional. Para ella, es parte de la riqueza de migrar, y disfruta ese proceso.

Otra amiga, Paula Calvo, descubrió que tenía más en común con su nueva cultura que con la que dejó detrás. Cuando se mudó de Costa Rica a Europa, se acercó a la historia de su familia. Aunque nunca había conocido a su abuela quien había imigrado de España a Costa Rica, pudo llegar a conocerla a través de las costumbres y tradiciones españolas que resonaron con su propia crianza y estas nuevas experiencias la acercaron a las mujeres de su familia, descubriendo que tenía más en común con España de lo que había pensado. Cuando regresa a Costa Rica y escucha comentarios de qué bueno que no se le ha pegado el acento, responde que aún si hubiera llegado con un nuevo acento, no debería importar. Hablar de una u otra manera no la hace menos persona. Y creo que esa es la lección que debemos aprender, que una cultura no es mejor que otra y que deberíamos estar abiertos al cambio tanto en nosotros como en los demás.

Al final de cuentas, como imigrantes económicos tomamos una decisión de mudarnos a un lugar diferente por mejores oportunidades económicas, para experimentar nuevas culturas y aprender nuevas cosas. Esto no significa que le estemos dando la espalda a nuestra cultura de origen, y tampoco significa que no podemos cambiar. Tal vez no podamos comprar la comida importada, comer en restaurantes de nuestro país y regresar a casa o pedir productos en línea para saciar la nostalgia, pero los aspectos importantes de nuestra cultura, bueno, esos los cargamos por dentro.

El día más largo del año (que es el más corto también)

Viernes, 21 de diciembre de 2012

Hoy es el solsticio. Técnicamente significa que desde el verano, cada día se ha hecho segundos más cortos, y hoy es el día más corto del año, a partir de mañana, el sol se ocultará unos segundos después y así irá aumentando hasta llegar a verano! Pero a la vez, también es el día más largo para mi.

Desde hace 5 años no me he tomado unas vacaciones. Ni siquiera cuando me casé saqué vacaciones, fue un fin de semana y después a seguir trabajando el lunes.  En varios momentos tuve dos trabajos a la vez y hacía otras cosas freelance, entonces podía tener vacaciones de un lado, pero no pagadas… cuando uno es independiente, cada día libre uno sabe que representa menos dinero, menos productividad. Igual viajaba y paseaba, pero me llevaba el portátil y trataba de completar mis responsabilidades, no me desconectaba. Por eso hoy es un día mágico:  Hoy salgo a vacaciones!

Hasta el 2 de enero dispondré de mi tiempo. Podré sentarme a coser sin interrupciones por hoooooooras. Cocinar. Hornear. Dormir. Ver series completas.  Pero lo mejor es que mi hermana viene de paseo y está de vacaciones, y mi hermano también sacó los días libres.  Ir a patinar en hielo. Ir a esculcar en los museos, ir de compras, ir a ver Les Miserables al teatro.

Ha sido un año hermoso y difícil. Cambié de empleo, finalmente resolvimos todos los asuntos migratorios decidiendo abandonar Costa Rica definitivamente y vivir de lleno entre USA y con Colombia como mi segundo hogar. Cumplimos un año de matrimonio haciendo maletas para emigrar. Hemos organizado nuestra primera casa juntos y hemos aprendido a vivir juntos.  Tenemos nuestra salud, tenemos suficiente dinero para no tener que preocuparnos ni vivir contando los centavos a fin de mes. Estamos libres de deudas, tenemos lo que necesitamos. Estamos felices, estamos en familia.

Si todavía hay gente que pase por acá, pues les deseo unas felices fiestas y los mejores deseos.  Que el 2013 sea mucho mejor que el 2012 y que sean felices.

Cuestiones culturales

Sábado, 14 de abril de 2012

Siento que hay una rara tendencia de engañar y mentirle a los niños con la idea que eso es “la ilusión de la infancia”.

Todo comenzó para el día de los inocentes, April Fools (1 de abril). A algunas señoras les pareció interesante pintar las uñas de los pies de los niños mientras dormían, maquillarles la cara, dejar huellitas diminutas por ahí como rastro de sus diabluras.  Cuando los niños despiertan, entonces les dicen que fueron los duendes que hacen diabluras y les muestran las diferentes evidencias de que los duendes llegaron.

Prueba #2. Día de San Patricio. La misma cosa, pero las huellas todas son verdes, y además se hacen “trampas” para atrapar a los duentes, o se les deja comida (así como a Santa Claus).

Prueba #3.  Pascua. Los niños plantan un frijol de gomita (jellybeans), y al día siguiente en vez de un frijol hay una paleta, quod erat demonstrandum que de los frijoles de goma nacen paletas.  También el mismo truco de las huellas de conejo para que sepan que pasó por ahí el conejo de pascua dejando huevos de chocolate.

Prueba #4:  El hada de los dientes. Ahora hay un servicio que te permite tomarle una foto a los niños y agregar un hada de los dientes para tener pruebas que vino a visitar durante la noche y que les deje plata a cambio de un diente. Además, la gente paga por ese servicio.

Prueba #5: los niños creen que “Santa Claus” trae los regalos, y decirle a un niño que Santa no existe, (o nunca enseñarles eso) es casi casi como robarles la niñez.

Soy yo la única amargada del planeta que cree que esto es muy raro? El mundo ES un lugar maravilloso lleno de cosas reales que pueden ser causa de ilusión, sin necesidad de inventar personajes o situaciones. Enseñarle a un niño a plantar algo real puede tener mucho más de beneficio que el placer instantáneo y completamente falso de creer que de un dulce puede salir un dulce más grande.  Por un lado se le enseña a los niños a temerle a los extraños y por otro es completamente aceptable que un extraño barrigón entre a las casas todos los años… niños que crecen pensando que los conejos ponen huevos, que las fotos aunque se vean muy mal manipuladas… no mienten. Que un ratón que quiere construir un castillo entra a la casa, anda por la cama, se arrastra por la almohada donde dormimos y escarba un diente para dejar una moneda a cambio. Tal vez de ahí venga el miedo a los dientes, y a la idea que con un poco de avaricia de por medio, no tendrían que esperar a que se caigan los dientes para poder suplir un déficit de ladrillitos de marfil. Después nos sorprendemos cuando los niños crecen y creen todo lo que leen en internet. Tal vez sea q nuestros países son tan inverosímiles que más bien nos toca demostrar que las cosas tienen lógica, causas y consecuencias en nuestros hogares.  O seguramente todo esto sucede en América Latina y yo he estado viviendo una burbuja donde pienso que es importado o muy extranjero, cuando no es ni lo uno ni lo otro.

Mis recuerdos más tempranos de navidad no son pensar que venía santa o el niño dios, sino saber que eran mis padres. Eso no evitó que escribiera cartas al “niño dios” y me asegurara que mis padres las vieran antes de yo enviarlas… pero creo que todos sabíamos como era la cosa. Recuerdo un día que vi a mi hermano y mamá escondiendo huevos de pascua por todo el jardín, y después nos pusieron a buscarlos. Es de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia, y no hubo conejo de por medio. Yo no lidiaba bien con los engaños…  De hecho, una parte de los recuerdos rencorosos de mi infancia son de las mentiras que me dijeron. Que si no comía me iban a poner inyecciones de carne molida, cuando yo había visto el inyectador de carnes de mi madre en la cocina, con su aguja de .5 cm de diámetro.  Que la doble línea amarilla de la carretera era el carril para las bicicletas.  Que uno reconocía a los toros de las vacas porque tenían cachos.   Recuerdo la decepción cuando descubrí que esas cosas eran mentira, y eso que todavía era muy niña.  Todavía me da mal genio, y eso todo sucedió hace más de 20 años.  Y mejor ni me meto a explicar la confusión con la que llegué a mi primera confesión a admitir que todavía no creía en eso de Adán y Eva porque nadie había podido explicarme dónde cuadraban los dinosaurios en toda esa historia.

La niña que fui no acepta que sea visto como inocente mentirles a los niños para diversión de los adultos.  Creo que hay maneras de decir las verdades difíciles de manera que no sea más información de la que un niño pueda aceptar, pero de ahí a inventar que las cigüeñas y repollos porque el adulto no tiene la madurez suficiente para explicarle a los niños cuál es su origen es irresponsable.   Seguro le di más de un dolor de cabeza a padres cuyas hijas pensaban que los bebés venían de Europa o de repollos o de cigüeñas, hasta que yo iba por mi libro que tenía dibujos que lo explicaban y les mostraba que no, que los bebés venían de la barriga de la mamá.

Pero acepto que muchos crecimos creyendo algunas mentiras, y que tal vez hay gente que recuerda esas mentiras como con ilusión. Tal vez alguien no sabía que el pollo que se comía era lo mismo que hacía pio pio y se veía peludito y amarillito en los libros de dibujos y vivió para contarlo. O que sienta que la navidad no hubiera sido lo mismo sin creer que los regalos los compraba un viejo barrigón o un niño en un pesebre.   Sé que ya poca gente me lee por estas partes, pero si están por ahí y llegaron hasta aquí, ¿será que me cuentan de esos recuerdos suyos de las “ilusiones” de la infancia, y si la verdad era parte o no de ella?

Regreso

Martes, 10 de abril de 2012

Fui a Costa Rica, cuadré algunas cosas, recogí documentos, apostillé otros, me despedí de gente y de lugares y ya nuevamente estoy en tierras Colombianas.  Me acompaña mi gata, aquella que me adoptó cuando yo vivía en Monteverde por allá en el 2004 y que mi hermana cuidó por los últimos años.  Mi hermana tampoco se queda en Costa Rica y ahora está en sus trámites y arreglos para vender cosas y empacar otras y también emigrar.

A principios de mayo tendremos una entrevista en la embajada de cierto país del norte: si nos va bien en la entrevista, estaremos empacando maletas y emigrando en unos meses, siguiendo los pasos de mis hermanos.

Estoy bien. Estoy feliz, estoy tranquila. Estoy trabajando mucho, desde la casa pero ya con un horario más tradicional del 8.5 horas.  Soy muy afortunada en estar trabajando en algo que me gusta, en tener al flaco al lado, en llevarme bien con los suegros que me han recibido de brazos abiertos con gata y todo.  Y sí, todo va bien.

 

School

Viernes, 10 de febrero de 2012

Hoy grabé para un podcast en inglés, en el q me habían pedido escribir algo sobre la escuela. En una noche me senté y se me vinieron a mente muchos episodios, pero uno en particular sobresalió y tiene q ver con el uso de la imaginación, los roles de género y el ser melliza. Para el podcast se editó mucho para entrar en las restricciones de tiempo, pero acá les dejo el texto original:

My mother once said that the one easy thing about having twins is that we could play with each other, so she was free to take care of my other siblings. And I have to agree with her: that was also the best part of growing up as a twin.

Somewhat free of adult supervision, my sister and I would make up elaborate scenarios, using our imaginations to turn our backyard into the setting of dozens of adventures. We would take turns to fill the roles necessary in our games: the bad guys, the heroines, the well-meaning and awkward sidekicks who would unwittingly hinder our escape plans whenever they tried to assist us.

We would make up stories to entertain us during our chores: one of them included us being sold into slavery to a bratty boy who slobbered and who ordered us around to do his bidding with onerous tasks such as making our beds and picking up the toys, but perhaps this time we had to make the bed without using our hands, and pick up our building blocks using only our feet? And so we spent our pre-school years, having a constant playmate 24/7.

Once we went into kindergarten, we started discovering how other children played and learned that different kids did different things.

I tried playing dolls, but quickly got bored when it turned out that playing didn’t mean making up stories for adventures the Barbies could take but instead consisted of exclusively comparing who had the best accessories, combing their hair and dressing them.

There was a playhouse in the garden of my pre-school, with painted on furnishings and appliances. I’d never played house in an actual house where I didn’t have to make everything up, and I was terrily excited. The possibilities and scenarios were endless, except for one hurdle… it seemed that none of my classmates had discovered the goldmine that lay within the playhouse, sitting in plain sight. My twin sister was in another classroom in another part of the building and could no longer be my playmate, so I went to recruit a suitable companion. I tried with a couple of boys but wasn’t too successful: one went into the house, looked around and declared it was boring, the other good-naturedly humored me as far as saying a couple of phrases that I prompted him to say until I made the mistake of sending him off to work: he left, never to return. Single playhouse-hood wasn’t in my plans, so I went to recruit a girl.

I cajoled one away from her barbies to join me, and inside the house I foisted on her a lunchbox in lieu of a briefcase and a hat: now lets play. As she stood there, looking puzzled, I prodded:: we were in a house, and we were married and I did the mom things and she did the dad things. She asked… “but who is the dad? We need a boy!” I told her that I had already tried to recruit boys, but they didn’t know how to play and I was sure she would be a lot better at it. She didn’t buy it. She insisted that she was a girl and couldn’t be a daddy. I tried to coax her: daddies had it a lot easier, they just sat there and wrote behind their desks and ate food from the kitchen and then came out and picked kids up when they came from work. She didn’t budge, and I could see her slipping away as she stared out at her barbie playing friends who were now swapping tiny clothes and shoes. So I switched my tactics: “Lets take turns then, first I’ll be the daddy and you see what daddies do and then I’ll be the mommy and you’ll be the dad!”

So I went out and came back in and said that I was hungry. She replied that she didn’t have any food. I pointed to the wall above the kitchen counter where there was a painted drumstick sitting on a yellow plate besides a vase with a single red flower. She tried to peel it off. I realized this was going to be harder than I thought, and so I asked her to wait and ran out to the toy box to pick out an actual plate and cup, to help this poor unimaginative soul. At this rate I was NEVER going to get to play! While at the toy box, I discovered more props that would perhaps help the situation: I put on a tie, jacket and glasses, and with my briefcase and hat, my costume was complete.

I made a beeline for the play house, where my play-wife was still trying to pick at the painted food on the wall. My teacher intercepted me and asked me what I was doing. I explained that I was going to play house, and I had to hurry up because my friend was waiting to play. She looked concerned, and asked me to please give her the play clothes I was wearing. I couldn’t remember if I was allowed to pick out dress-up clothes at recess or not… was I in trouble? She took my costume and took me to the playhouse, and I was feeling sorry that without the clothes, it just wouldn’t be as believable. I went right back in and gave the cup and saucer I still had in my hands to my friend and was going to explain how we were going to play when the teacher interrupted, and told my friend to please go back and play with her barbies. The teacher then crouched over in front of the kitchen and proceeded to go between stating the obvious and saying things that I had no idea what they meant. That this was a kitchen and did I know what women did in the kitchens? That this was a plate and cup and that I could put it on a plate and serve it to someone. That I could cook, and I could clean. Did she think that I didn’t know how to play? It was my friend who needed to hear these things! I tried to tell her, but then she went on talking in a serious tone of voice about what mommies and daddies did in the home. That I was a girl and hence, I had to play as a mommy. It was good to play with girls, but only if I played as a girl. I was feeling uncomfortable and ashamed but my teacher kept me a while in the playhouse and tried to get me to play house with her, where we both did senseless household tasks with no purpose. The fun was gone.

A little while later I begged off and went to sit by myself on a swing, desperately missing my twin sister. As I kicked my feet and felt the wind in my face I went from ashamed into frustration and anger. As I swung higher and higher I understood: the teacher was wrong. She was just like my friend, not knowing that you didn’t actually need a boy or real plates and dishes to play house, that you just needed an imagination. That my dressing up as a daddy was not because I thought I was a boy or wanted to be one, but because when you play, you can be anything for a while: a bad guy, a sidekick, a mommy, a baby, a heroine or even a father.

That wasn’t the last time teachers took it on themselves to talk me out of doing “boyish” things, and sometimes I felt that maybe I was in the wrong. Some years later during recess I sat with other girls on the grass with my basic My Little Pony, trying to get more involved with the apparently better female pursuits my teachers kept pushing at me. I was miserable, finding out that my beloved pony failed to measure up with the other glamorous ones with sparkly rainbow colored hair, gemstones, movable wings and floor length manes. The girls didn’t care that Applejack was funny, loyal, brave and came up with the best adventures, only that he was one of the least expensive models. I looked over at the hill where I usually played with the boys in the class: although they played Transformers and insisted there were no GIRLS in Transformers, they had made the allowance to included the Renegade Gobot, Crasher, from another TV series. Sometimes we teamed up with the kids in my sister’s class who sometimes played an unknown for me game called Star Wars where my sister was required to put rubberbands around her two ponytails.

I saw my male classmates heading my way, running on the sidewalk. As they stampeded by, one of the boys stopped, doubled back and looked at me surprised. “Why aren’t you playing with us today?” “I’m playing with ponies.” He furrowed his brow for a bit, considering, and asked “is it fun?” I stood up so that I didn’t have to speak too loudly and replied that actually, it wasn’t that fun. Baffled, he asked me why I was playing that instead of with them as I usually did, didn’t I have fun with them? So I made up my mind: I handed over my pony for safekeeping to one of the girls, tightened the velcro on my shoes and sped off with my friend out over the playground: I was needed to save the Transformers from the evil Guardian Gobots.

cambios

Jueves, 19 de enero de 2012

Sigo en Colombia por un mes más, y ya me regreso para Costa Rica, todavía no sabemos cuándo podrá ir el flaco, pero esperamos que sea pronto.

Una de las cosas que me propuse es no inquietarme por no tener respuestas. En este momento estamos esperando resoluciones gubernamentales y por más preocupación y angustia, ni se va a acelerar el proceso ni cambiará el resultado. Entonces vamos un día a la vez, sucederá cuando suceda y si la vida nos tira alguna bola curva, pues habrá que reaccionar a ella, pero nada hacemos si nos estresamos. Disfrutamos cada momento que pasamos juntos y no empañaremos los buenos ratos por un futuro incierto.

Por otra parte, la rutina de estar consciente de mi alimentación ha dado resultados, ya he bajado el 75% del peso que tengo que bajar para estar en un peso saludable y a la vez tampoco me siento limitada ni encerrada en una dieta. Como de todo, pero con medida. En realidad el gran aprendizaje que he logrado ha sido ese, el darme cuenta que puedo medirme con la comida y que no tengo que comer de todo todo el tiempo. Si alguno de uds ha hecho una dieta me entenderá: antes me pasaba que si comía algo fuera del plan establecido, usualmente cosas como postres y harinas, uno ya había echado a perder la dieta, y no tenía sentido continuar, era un fracaso.  Por primera vez no siento que estoy luchando contra un reloj de si no pierdo X cantidad de kilos antes de Y fecha, voy a fracasar. Más bien todo el tiempo me siento como que estoy haciendo algo que podría mantener por el resto de mi vida sin ningún problema. eso nunca me había sucedido. Entonces estoy feliz, uso ropa más pequeña que antes, me siento mejor y sorprendentemente, he descubierto que me gustan los vegetales y frutas, que antes escaseaban en mi cocina.

Estoy leyendo el Criptonomicón de Neal Stephenson, y aunque antes me sentía un poco mal por no haberlo leído antes si tanta gente me lo ha recomendado, ahora veo que hace un año no lo hubiera disfrutado tanto. Hay libros que tienen que esperar hasta que uno haya madurado o aprendido lo necesario para disfrutarlos y creo que ese es uno de ellos.

Ya casi no blogueo por acá, pero sigo escribiendo en otras partes de la web. En Global Voices, en Future Challenges y este domingo sale mi primera investigación propia para el Global Press Institute.  Si tienen Tumblr, por ahí a veces me aparezco reposteando cosas de Doctor Who y Sherlock, pero les cuento que ya que mi trabajo es escribir, pues en mi tiempo libre no me queda mucho más que decir, prefiero hacer clicks o coser o tejer o leer  y por eso mi mayor actividad reciente se encuentra en Pinterest.

Y a los que me siguen leyendo, asumo que me tienen en facebook. Todavía enlazo cositas por allá, sobre todo videos de gatos y asuntos políticos. Quedan advertidos.

 

Por qué no me gusta navidad.

Miércoles, 7 de diciembre de 2011

De esos días en los que una lee un blog y se pone a comentar y resulta que el comentario es larguísimo y más bien merece su propio post, así que acá va uno sobre por qué navidad y año nuevo son fechas complicadas para mí.  Sé que mis papás leen este blog, y por eso he dejado de escribir muchas cosas, pero necesito sacar estas ideas y este es el mejor lugar para ello. Así que una advertencia: este post habla de mis papás, mi relación con ellos, mi apatía con la navidad y bastante historia familiar.

Mi familia es extendida… no en el sentido de número sino en geografía: tengo hermanos a cada lado de los Estados Unidos, una hermana en Costa Rica y padres en Colombia.  Las familias de mis papás están entre Oaxaca, México y Colombia, repartidas en diferentes departamentos.

Navidad la pasábamos un año en Perú, otro en Colombia y en Colombia se repartía entre una vez pasábamos navidad con la familia de mi papá y a la siguiente pasábamos con la familia de mi mamá.  Los años nuevos eran a la inversa y entre una y otra fecha había un viaje torturante de día entero por carretera entre Bogotá y Medellín.  Siempre estábamos de visita, adaptándonos a lo que otros querían hacer y creo que mis papás no tuvieron el chance de plantearse a sí mismos que era lo que ellos querían. Creo que pensaron que lo mejor para nosotros sería celebrar navidades como se supone que se hace, con toda la familia y los tíos y primos como toda la demás gente, pero cuando llegábamos éramos forasteros y en realidad esa sensación de “estar en familia” no la sentimos nunca.

Entonces nunca tuvimos tradiciones propias, o algo que nos uniera en estas fechas. Había navidades en Perú que éramos sólo mis papás y hermanos en la casa, una cena y regalos… y no faltaba la tradicional pelea por cualquier cosa trivial que resultaba en que alguien lloraba, otro gritaba y nadie conversaba a la mesa porque nadie lo estaba pasando bien. Una vez nos reunimos con otras familias de esas expatriadas como la nuestra y entre peruanos, colombianos, guatemaltecos y hondureños: los niños pasamos jugando y creo que todos los adultos  aceptaban que desearían estar en otra parte y con sus propias familias, pero como dice el dicho en inglés: misery loves company.  Ni bien aquí ni bien allá, siempre había algo que hacía falta.

Con los años no ha mejorado la cosa. Navidad sigue siendo una fecha que me genera más estrés y desidia que placer. Es imposible pasarlo juntos, pero también está el asunto que probablemente la razón por la que eso no sucede es porque no es prioridad para ninguno.

También está el peso de la ausencia: es como que si no vamos a estar todos los hermanos, no vale la pena hacer el esfuerzo. No hablo por los demás, pero en mi caso particular, a veces me da pereza porque aunque yo haga el esfuerzo de venir y estar y pasar en familia, con mis padres me queda la sensación que mi compañía no es suficiente si no están mis otros hermanos: que pesa más la ausencia de los que no están que la presencia de los que sí.

A esto creo que se le suma la culpa de no tener “la familia colombiana”TM. Nos han vendido el cuento  que uno debería tener esa familia que siempre almuerza en familia los domingos, que se escriben y se llaman todos los días, que están enterados de la vida de todos. Esa familia colombiana celebra navidad de una manera bastante específica que nunca he sabido qué implica, pero estoy segura que no damos la talla.     Yo soy feliz no teniendo esa familia, pero sospecho que a mis papás a veces les parece que fue que fallaron en algo porque no somos así.

Entonces viene el asunto:  quiero liberarme de ese peso. Con mi nueva y recién formada familia, quiero poder armar nuevas tradiciones que se ajusten a lo que nosotros queremos aunque sea completamente diferente a lo que hacen los demás.   El flaco tampoco tiene tradiciones navideñas familiares, así que estamos en las mismas; pensando en qué cosas  evitar de la  navidad, recordar que sí nos ha gustado  y descubrir qué podría gustarnos para hacer año tras año.

Ya he avanzado un poco con mi lista: me gusta hacer los regalos de navidad. Los calendarios de adviento me gustan también, y ya hice uno para la familia de mi hermano el año pasado, y otro para mi hermana este año.  No me gustan las novenas, tampoco la música guasca.  Me gustan las galletitas decoradas y las casas de gengibre. Me gusta ver Love Actually. No me gusta dar regalos por compromiso. No me gusta el amigo invisible. Me gusta la buena compañía y no me gusta la melancolía en nochebuena.   Ahí seguire poniendo en la lista, agregando las ideas del flaco y pronto podremos tener nuestra propia navidad.

El precio de comer bien

Domingo, 16 de octubre de 2011

Hace unos meses aprendí a comer. Suena raro decir eso a los 30, pero hasta que aprendí, no sabía que lo estaba haciendo mal. Era obvio: uno no gana peso de puro gusto, sino porque uno está comiendo de lo que uno debe o más de la cuenta. Así que me tocó aprender.

No es muy complicado que digamos. Todo el conocimiento lo tenía, lo que faltaba era ponerlo en práctica y tomármelo en serio. Eso que la mitad del plato debe estar compuesto por verduras y la otra mitad con proteína y una harina, acompañar d frutas y evitar la comida empaquetada. Y lo he hecho y me siento muy bien, mi salud está mejor y he bajado de peso… pero puedo entender por qué para tanta gente en el mundo, comer sano es una utopía.

La próxima vez que esté en un restaurante, fíjese en el precio de las ensaladas: por lo general, serán uno de los elementos más caros del menú.  Acá puedo pagar 7 USD por un plato de lechuga con algunas onzas de otras cositas encima. Por la mitad de eso podría comerme una hamburguesa, unas papas y una gaseosa pequeña.

En el super no mejora la cosa. Comer bien implica que uno está comiendo a las horas que debe, comida sana y suficiente. No aguantándose porque no hay nada en casa hasta que el hambre ataca y uno sale a buscar comida rápida. Claro que estamos pagando más. Pero también uno ve que mes a mes, los numeritos de los precios suben y suben, y el salario se queda igual.

Recuerdo una época en la que no podía subirme en el bus equivocado porque significaría que no me alcanzaría plata para irme en bus al trabajo. Tenía cada centavo metido y contado. Comía arroz y frijoles y huevo todos los días:  era lo más barato y lo que más llenaba. Hay gente que sólo le alcanza para comprar el arroz. Entonces sólo eso comen.  Porque el alza en la bolsa de leche que para otra persona implica que esa semana si se quiere ajustar al presupuesto no puede comprar esa marca de vino sino otra… pues para otra significará que ya no puede comprar leche. Yo no he estado en ese nivel de pobreza, apenas me puedo imaginar la angustia que pasará alguien.

Cuando el gobierno sale con iniciativas de nutrición infantil, cuando la gente piensa que el pobre es flaco entonces considero que eso puede ser cierto para la pobreza extrema, cuando la gente va a dormir sin comer, pero para la clase media baja, que vive de harinas porque es lo que más llena y que sale más barato, entendería por qué es que son gordos. Pueden estar comiendo las calorías necesarias, pero los nutrientes no.

Un paquete de galletas es más barato que una manzana. La leche es más cara que la gaseosa. El kilo de papa es más caro que el kilo de tomate, pero te va a llenar por más rato.  Yo soy una persona educada, privilegiada, que tengo medios para poder tomar mejores decisiones respecto a mi alimentación. Pero para alguien bajo la línea de la pobreza, o alguien que no tiene opciones para escoger en variedad, sino que lo que hace es comprar lo que puede pagar, que los medios le vendan coca cola y abajo le digan “coma más frutas y verduras” no le va a resolver nada.

 

Hoy es el Día Mundial de la Alimentación y también es el Blog Action Day…  escribí un post para Global Voices al respecto, pero me queda un vacío. Todos sabemos que hay problemas… pero no se me ocurre qué podría hacer para resolverlo.  Pienso en la comida que tuve que botar la semana pasada porque se puso mala y me da rabia conmigo misma.  Tal vez por ahí podría empezar. Darme cuenta que no se trata de comer bien por uno, sino que comer bien también implique no comprar más de la cuenta, no desperdiciar comida y seguir buscando soluciones.

I am proud to take part in Blog Action Day Oct 16, 2011 www.blogactionday.org

El flaco se manifiesta

Jueves, 18 de agosto de 2011

Hace unos días le pedí al flaco que escribiera algo para el blog, específicamente su perspectiva de nuestro matrimonio, la boda y cómo es esto de una relación a larga distancia. Así que en sus propias palabras, aquí se los dejo. [Nota del editor.- el flaco insiste en que la u después de la q es una vagabundería inaportante.]:

- “Flaco, ud está loco!”
- “¿Por qé?”
- “Cualqiera qe no conozca la situación pensaría eso”

Esa fue parte de la conversación qe tuve con un amigo de toda la vida cuando le dije qe me iba a casar. Cuando me decían comentarios de qe el matrimonio mata el amor, respondía qe en los cuentos qe me leía mi mamá los personajes qe se casaban eran felices y qe comían perdices, sólo para mostrar qe ese comentario es un simple cuento como los finales de las historias para niños. A la pregunta de qe si estaba nervioso respondía con qe no tenía razones de estarlo por qe la idea de casarnos la tomamos simplemente por qe qeremos vivir juntos y compartir muchos más momentos qe por la distancia se nos hace dificil y no por qe el matrimonio sea un compromiso para toda la vida frente a la sociedad, a dios o lo qe diga la ceremonia. El compromiso de estar juntos ya lo habíamos hecho desde antes, desde qe empezamos con los planes de conseguir trabajo o de ir de visita y de ver qé se podía hacer para qedarme en el pais de Medea y estar viviendo juntos en la misma ciudad. Ese era el plan y estábamos empeñados en lograrlo.

Debo admitir qe estuve alejado de los planes de cómo sería la boda, cómo adornar el lugar donde sería y ese tipo de detalles, pero me pareció genial cómo resultó todo y estoy muy agradecido con las personas qe nos ayudaron en el proceso de organizar la boda qe resultó ser mas complejo de lo qe pensaba.

En la notaría el único momento donde me puse nervioso fue cuando me tocó leer algo y es por qe soy super malo para leer en público, pero después de esto ya tenía el esperado anillo en el dedo y no hice mas qe jugar con él durante la ceremonia.

Para la “fiesta” inicialmente la idea era en un simple almuerzo sólo con la familia cercana para agradecerles por el apoyo qe nos dieron a lo largo de los 4 años y unos cuantos meses de noviazgo, pero después por variados motivos decidimos tener un grupo algo más grande con gente con la qe qisieramos compartir el momento y no ser tan egoístas con la felicidad qe íbamos a tener ese día. Entonces invitamos más gente qe de una u otra forma nos hubieran acompañado en la relación de noviazgo, pero sin llegar al punto de invitar gente sólo por cordialidad.

De la recepción son tan poqitos los detalles qe me hubiera gustado mejorar qe se pueden pasar por alto, además qe la idea inicial de compartir con gente cercana se cumplió y fue muy grato estar en compañia de las personas qe estuvieron con nosotros desde qe empezamos como una parejita de novios, conocer familiares nuevos y hablar con familiares ya conocidos. Lo triste pero inevitable es qe por la cantidad de gente y la ocasión, pasamos poco tiempo con todos los invitados ya que nos tocaba estar saltando de mesa en mesa, una charla cortica y pase a la mesa siguiente, ademas de posar para la cantidad de fotografos que resultaron en la recepción.

Después del matrimonio, me hicieron más preguntas. ¿Me siento diferente? No. El compromiso ya lo habíamos hecho antes y el hecho de tener un anillo no creo le de mas validez a éste. Mi cuñada sabía qe Medea se iba de Colombia después y me dijo qe era diferente ver qe la novia se fuera a ver qe la esposa se fuera. Primero pensé qe no tenía qe ser diferente, pero después caí en cuenta qe sí había una diferencia, pero fue lo contrario a lo qe ella dijo. No fue más triste verla cruzar la puerta para ir a tomar el avión siendo mi esposa qe siendo mi novia y es por qe los dos sabemos qe estamos un paso más cerca de cumplir con el sueño qe tenemos qe es estar viviendo juntos y compartiendo grandes y peqeños momentos.

La naturalidad con la que asumimos la violencia

Domingo, 14 de agosto de 2011

Esta semana viví algo que nunca había tenido que pasar: al medio día, trotando por Sabanilla un extraño me atacó en media calle armado con un cuchillo.

Es difícil para mi escribir estas palabras y tratar de hacerlo de una manera coherente, pero lo he tomado como parte del ejercicio que debo hacer para sanar.  Porque si bien físicamente no salí tan mal del encuentro, emocionalmente todavía estoy tratando de averiguar hasta dónde van las heridas.  Parte es vergüenza y un sentimiento de culpa.

De un golpe con el cuchillo en la mano el tipo me cortó en la ceja y en la misma línea debajo del ojo hay un golpe. Luego me tiró al suelo, con lo que mi codo resultó bastante golpeado y raspado. De eso fue lo que primero me di cuenta, ya que tenía la cara bañada en sangre y me dolía el codo. Ya en mi casa noté que mi pecho tenía morados. De milagro no resulté apuñalada, el cuchillo era un cosa enorme del que recuerdo el color oscuro de la hoja y que tenía un tipo de sierra en parte de su filo.  El auricular de mi audífono tiene unos rayones: fueron hechos con la sierra de ese cuchillo, el sólo pensar que el audífono estaba en mi oreja al momento del ataque me hace agradecer que no hubiera sido más grave nada.

Porque al principio yo no entendí lo que me estaba pasando. Estaba escuchando música y vi a un joven que me saltó en frente y lo primero que se me pasó por la mente es que se veía perturbado, pensé que tal vez necesitaría ayuda y cuando subí las manos para quitarme los audífonos y escuchar lo que tenía para decir fue cuando me agarró con fuerza del pecho y vi el cuchillo. No entendía lo que decía, no lo escuchaba. Movía la boca y yo trataba de alejarme de él mientras gritaba pidiendo ayuda.  Había un carro cerca y yo nada más me preguntaba por qué no hacía nada el conductor. Yo trataba de alejarme y huir y recuerdo que el tipo acercaba el cuchillo hacia mi con fuerza y en mi mente logré pensar que ya me estaba apuñalando y yo no lo estaba sintiendo.  Después fue el golpe en la cara, me tiró al suelo y salió hacia el carro y yo desde el piso miraba cómo corría con algo negro con blanco en la mano y pensaba que ahora iba a atacar a los que iban en el carro, cuando resulta que abrió la puerta, se subió y el carro se fue.

Me levanté y vi que se me había caído el audífono, con su cable pelado y pensé que eso era lo que se había llevado, los audífonos. Me fui a sentar a la acera, llevé la mano hacia mi cara y vi que estaba sangrando. Una chica me pasó una taza con agua a través de las rejas de su casa y un señor desde la UCR me decía algo que yo no entendía, sospecho que ofreciendo ayuda pero mi mente no estaba funcionando bien. Escuchaba una música y no sabía de donde salía, cuando vi que en mi mano derecha tenía agarrado el celular que ya sin los audífonos estaba en modo parlante. Sentía que estaba en una nube de algodón. Más gente llegaba a mi alrededor y una señora salió a preguntarme si estaba bien. Yo nada más le dije. Sí, nada más creo que estoy sangrando un poco. Entró a su casa y salió con pañitos húmedos, yo trataba de limpiarme pero no estaba logrando hacerlo bien. Pensé en pedir un espejo y un señor me dijo dónde debía limpiarme, y después pidió permiso para ayudarme. Me limpió y miró la ceja y junto con otro muchacho que había aparecido debatieron si necesitaba o no puntos, ganando el que pensaba que se veía superficial y que no haría falta. Extrañamente, la gente preguntaba de primero “muchacha, se llevaron algo?” tal vez porque la respuesta a la pregunta “le pasó algo” era bastante obvia.

Al rato me di cuenta que andaba una mochilita a la espalda, y al pasarla al frente y abrirla vi que había un casco y unas luces de espeleo y me acordé del motivo por el que andaba trotando por ahí. Llamé a mi amigo a ver si por casualidad sí andaba en su casa para avisarle que me habían atacado, pero que andaba el equipo y ya iba para allá. Él subió por mi y me acompañó a su casa. No me podía comunicar con mi hermana porque el teléfono me tiraba a la contestadora, le mandé un mensaje.

Lo que me sorprende de todo el asunto es cómo asumí que no necesitaba ir a un médico, que ya había pasado y no era nada. Que como no me habían robado, no había nada que denunciar. Llamé un taxi desde la casa de mi amigo y me fui para la casa  a bañarme. Mi camiseta estaba cortada y rasgada, me senté a remendarla. Finalmente mi hermana llamó asustada, me preguntó si necesitaba algo y le dije que nada más quería compañía y un abrazo y ella pidió permiso en el trabajo y vino a hacerme compañía.  Pasé la tarde tranquila, tratando de pensar en otras cosas. En la noche una amiga me mandó un mensaje a preguntar si iba al Art City Tour y le dije que no, que estaba como q golpeada y asustada y que no quería salir. Me llamó y hablamos un rato y me preguntó que a qué hora iba a hacer la denuncia. No se me había ocurrido. O más bien, sí se me había ocurrido ir a hacer la denuncia, pero asumí que no era tan grave, que no tenía nada que denunciar.

Que ella me preguntara eso me hizo darme cuenta que sí tenía que denunciar. Que si los maleantes siguen haciendo lo que se les da la gana incluso al mediodía en una calle transitada es porque creen que no tienen nada que perder. Porque gente como yo o como otros creemos que no podemos hacer una denuncia porque no sabemos quién fue, ni tenemos información. Según los vecinos el carro había sido un elantra y el color era como café o naranja o un color ahí intermedio. Yo no recuerdo la cara del que me atacó, si ni siquiera en el momento estaba consciente de lo que estaba sucediendo como para recordar señas.  No se habían llevado nada “de valor”.  Pero sí me había golpeado, y si no me acuchilló fue porque le dio miedo o no supo cómo o porque ya había mucha gente mirando, pero que nadie debería pasar por algo así.  Entonces fui con ella al día siguiente a denunciar, primero a la policía para que por lo menos lleven la patrulla por esos lados con más frecuencia, y ellos me recomendaron que fuera al OIJ.

Lo primero que uno nota en el OIJ es que uno no está sólo ni es el único. Extranjeros, locales, gente asaltada, atacada, robada. Una señora al a quien al quitarle la cartera le rompieron un dedo de la mano. Un señor al que se metieron al lugar que estaba cuidando y lo golpearon en la cabeza, lo tiraron a la parte de atrás de un camión  y lo dejaron en un monte no sin antes golpearlo y patearlo.  Después de esperar una hora por mi turno ya pasé a ventanilla y allá les conté la historia y me di cuenta que recordaba más detalles de los que inicialmente pensaba. Recordaba la camiseta del tipo, el pelo y también  a la mente se me venían flashbacks de cómo yo veía el cuchillo venir hacia mí. Es extraño pero la manera en la que pude entender lo que me había sucedido fue contándolo. Caí en cuenta que lo que el señor quería probablemente era el celular que tenía en la mano y con el que venía escuchando música.  Pero como me tenía agarrada con la mano derecha y tenía el cuchillo en la mano izquierda, yo giré mi cuerpo alejándome de él lo más que podía, por lo que la mano que tenía el celular  le quedaba mucho más lejos. Cuando traía la mano con el cuchillo hacia mi cuerpo seguro era tratando de quitarme el teléfono, pero yo lo único que veía era ese cuchillo y trataba de esquivarlo, pero el tipo no tenía una mano libre para arrancarme el teléfono de la mano.

En la OIJ me preguntaron si iría a medicina forense. Pregunté que para qué y me contestaron que como estaba denunciando al individuo por agresión, necesitaría cómo probar las agresiones: como no había ido a un hospital o médico, la manera sería en Medicina forense. Así que acepté y me citaron en San Joaquín de Flores al día siguiente. Y fui. Y la espera fue corta, muchas personas estaban allá con heridas causadas por accidentes de tránsito, y otro par por agresión como yo. Entré, me midieron los golpes y me mandaron para la casa. Salí y el sol de mediodía iluminaba todo. Ya que estaba en Heredia, había hecho planes de visitar a una amiga. No me podía comunicar con ella por celular ni por teléfono público y no sabía cómo llegar a su casa. Yo sé donde vive, he llegado hasta ahí, pero no sabría cómo decirle a un taxista que me llevara, no sabía cómo se llamaba la zona para averiguar una ruta de bus y la gente que conocía el área me decía por facebook que nada más tenía que caminar hasta el colegio y agarrar culquier bus.

No pude. La idea de salir caminando sola por ahí me hizo entrar en pánico.  No estaba reaccionando como normalmente lo haría, sentándome a esperar tranquila o preguntándole  a alguien o lanzándome a la aventura. Decidí darme un tiempo a ver si me componía, pero sólo pensaba que el bus que sí sabía para dónde iba era de regreso a mi casa y que sería lo mejor nada más regresarme a la casa y meterme en mi cama y todo estaría mejor.  Sentía mucha rabia conmigo misma de no poder funcionar, de no poder resolver algo. Una señora detrás mío lloraba y caí en cuenta que estaba en la puerta de la morgue y que quienes estaban entrando y saliendo del edificio eran personas con problemas mucho más serios que el mío. Mi hermana llamó  y en vez de palabras al contestar se me salió el llanto. Por la impotencia, por sentirme vulnerable, por el sabor de cobardía y el sentimiento de culpa por sentir todo lo anterior.  Al final ella logró comunicarse con mi amiga, decirle dónde estaba y  mi amiga pasó por mi y ya me pude ir a su casa en donde conversamos, tejimos, cocinamos y la pasamos tranquilas.  Mi hermana pasó por mi y así no tuve que regresarme sola a casa.

Parte del impacto emocional es el hecho que después del ataque, lo único que pensaba era que afortunadamente el tipo no se había llevado nada. De una vez, automáticamente, desconté el hecho que me hubiera herido para pensar en las cosas materiales.  Pero sí me arrebató algo y es mi seguridad. Tengo que darme cuenta que ahora me da miedo salir sola a la calle. Que la luz del sol ya no es sinónimo de más seguridad. Que si voy por la calle y se me acerca alguien, mi corazón se acelera. Que cuando se me vienen imágenes del ataque a la mente si le doy rienda suelta a mi cerebro termino yo agarrando a puñaladas a quien me atacó, o reventándole la cabeza contra el suelo como si fuera una escena de Spartacus.  No quiero ser el tipo de persona que cuando piensa en qué haría si esto vuelve a suceder lo que primero se le venga a la mente es que debería comenzar a entrenar Krav Maga a ver si aprendo como causar la mayor cantidad de daño posible.  No quiero sospechar de la gente, no quiero andar con miedo. No quiero llorar cada vez que salgo al semáforo. Ni apretar los dientes todo el tiempo hasta que me duelen las mandíbulas.

Me da rabia que toda persona que se ha enterado de lo que me pasó tenga una historia (o varias) usualmente peor. Que la reacción principal es pensar qué hicimos para merecernos eso: que no debería andar con el celular si voy a trotar, que no debería andar audífonos, que no debería salir a trotar sola, que todo mundo sabe que es peligroso trotar afuera de la UCR, que no debería haber pasado por esa calle, que… pero no! No hay NADA que haya hecho que haya estado mal. La persona equivocada no soy yo, es el maleante que cree que puede atacar gente a plena luz del día porque sabe que las leyes, o más bien, la ausencia de ellas lo protegen.  Yo tengo derecho de salir a la calle por mi cuenta sóla y que no me suceda algo malo. Tengo derecho a tener bienes y que no me los traten de quitar a la fuerza. Tengo derecho a no tener miedo. A ser feliz otra vez. Y a no sentirme culpable porque no he podido nada más “superarlo” como si debiera estar feliz que no fue peor. Estoy agradecida con la providencia porque pudo haber sido mucho peor, pero eso no lo hace aceptable.

Ya hice lo que podía: denunciar al individuo, reportarlo a la policía, dejar un registro en el que tal vez ya no se salga con la suya como mero “asaltante” sino como el agresor que es. Y cada vez que escribo o que cuento lo que me pasó pierdo la vergüenza de haber sido víctima.  Porque de pronto ahora entiendo un millonésima parte de lo que es ser víctima de algo y cómo está amarrado  a la vergüenza: antes me parecía ridículo que una víctima de agresión se culpara a sí misma, pero uno lo hace. No es coherente pero es lo que pasa por mi mente.   Ahora nada más me queda poder salir a la calle otra vez a trotar. Desde ese día he encontrado excusas convenientes para no hacerlo pero en realidad no necesito excusas sino que hay una razón. Me da miedo. Y nada más espero que ese miedo se me quite pronto.

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