Amargada

recetas sorprendentes

Martes, 29 de abril de 2008

Como se podrá apreciar en las entradas anteriores, tengo perfectamente claras aquellas cosas que sé que inmediatamente desatarán mi furia (pisar una cucaracha con el pie descalzo, que alguien se acabó el rollo de papel del baño y no lo repuso, que la caja de leche está en la refri… completamente vacía) pero no creo que me he puesto a pensar en las cosas que automáticamente me ponen de buen genio. He escrito al respecto de los pequeños placeres simples, pero sólo me sirven si YA estaba de buen humor para comenzar. Incluso podría hacer la desfachatez de afirmar que no tengo una pomada canaria para el ánimo, sencillamente porque no he pensado en ellas y por lo tanto no existen. Como un exnovio cuya información no aparece en google es equivalente a Sandra Bullock a los 20 minutos de comenzar The Net.

Por eso me sorprendí hoy. Todos los ingredientes indicaban que sería un funesto día: lunes. tareas pendientes. temprano en la mañana. Lunes. clases. Entonces “Wish you were Here” sonó en mis audífonos y me di cuenta de algo. Esas primeras estrofas pegaron una sonrisa en mi cara automáticamente. Volví a escucharla. Nuevamente sonreía. Lo bonito de ser poco literal musicalmente hablando es que no me importa que la letra sea una despedida, funesta, triste y depresiva. La canción me hizo feliz. Tal vez recuerdo aquel día por allá en las montañas de Alajuela escuchando a Federico Miranda y Kurt Dyer haciendo un homenaje a Floyd. Tal vez la relaciono con el Wish You Were Here de Incubus y su “and in this moment I am happy, happy”. Pero entré al poli y sin chistar mostré el carnet, bajé a clases, saludé y me senté a trabajar tarareando feliz. Y eso casi q es cataclísmico y motivo de concilio vaticano.

Me senté a pensar en qué otras cosas podrían tener ese efecto mágico en mi, pero para mi confusión, lo único que se me venía a la cabeza era una sensación de los pies contra el pavimento, el viento en la cara y correr, como q fuera un recuerdo de completa satisfacción y felicidad. Este recuerdo no creo que sea mío, porque hasta donde recuerdo, soy terrible para correr, sufro cada segundo y mis rodillas y bazo se quejan con cada paso. Pero ahí está ese recuerdo, y de pronto se me ocurrió que podría ensayar. Podría tratar de hacerlo. Podría salir a correr y ser de esas chicas q veo por ahí con sus licras a media pierna y tenis blancas, con camiseta sin mangas y lentes oscuros, corriendo. Porque si algo, no conozco a nadie que salga a correr y no le guste. Seguramente porque si no les gusta, no los conocería como “alguien que sale a correr”. Tal vez dentro de mi está esa corredora innata que disfruta de sudarse y sentir el viento enfriar la ropa contra la piel. Puede que de la misma manera que he bloqueado momentos tormentosos y vergonzosos, tenga olvidados y rezagados en los rincones oscuros de mi cerebro los momentos de mi yo como corredora.

Pensé entonces en comida. Paso tanto tiempo comiendo, que de SEGURO alguna de esas comidas es la piedra filosofal de los alimentos, que convierte las angustias en dichas. Y tampoco. Hay comidas que me satisfacen más que otras, pero ninguna que me haga feliz. Pensé en hobbies: el tejido cuando va bien me hace sentir bien, pero cuando no va bien más bien es frustrante. Tal vez no hay más de un par d cosas que nos dan esa felicidad y por eso me cuesta encontrar otro ejemplo. Pero aunque sea, ya tengo uno. Tal vez sea momentáneo, y la próxima vez que esté triste más bien la canción sea apenas para sufrir y llorar… pero por ahora me aferraré a ella como un mantra. Como la clave para lidiar con mi crónico mal humor.

Viviendo una vida amargada

Sábado, 26 de abril de 2008

Días como hoy que antes de las 5:30 ya he pasado 10 horas en un bus refrigerado, con las rodillas inflamadas por el frío, con un asiento roto y completamente aplastada por el asiento reclinable delantero, despierta la mayor parte del viaje y por lo menos escuchando música hasta que se me gastó la batería del ipod y me quedé escuchando el espantoso reggaetón que tenían “ambientando” la cabina, llego a odiar la humanidad. En serio que sí.

Me bajé del bus sin poder doblar las rodillas rumiando las diferentes causas del odio. Odio a las personas que conversan a pulmón henchido en los buses a las 3am, a las que no saben que las cortinas de los buses se cierran de noche porque si a ud no le molesta la luz para dormir es por respeto a los que estàn al otro lado del pasillo y que sì les molesta. Odio a los de la tortura metro, la gente que estorba en las escaleras, a las que se ponen a conversar por celular en la pura puerta del metro y que vean los demás como pasan. A los que se recuestan en las barras e impiden que uno se agarre. A los que se plantan en el centro del pasillo y no se corren un pelo cuando la gente necesita subirse o bajarse. A los que le hablan a uno cuando uno tiene audífonos puestos. Pero más que todo odiaba el hecho que llegaría a mi casa y estaría llena de gente que tendría que lidiar con todo el bagaje de mi mal genio cuando lo que yo quería era nada más un buen lugar para dormir. Pensé en un motel, en serio que sí.

Soñé que llegaba a mi apartamento propio. Que la gata me saludaba y lo único que me pedía era agüita fresca y un poco de comida a cambio. Que podía tirar la mochila en la entrada del cuarto y meterme entre las cobijas. Que las cortinas estuvieran cerradas y bloqueaban toda la luz. Que pudiera desaparecerme un buen rato del resto de la humanidad para no someterlos a mi mal genio. Pero no: Llegué y las cosas no estaban tan cual las habìa dejado. En vez de una cama libre de obstáculos, bajaron mi ropa del tendedero y ahí está en montañas sobre la cama. Hay visitas entonces tampoco es como que puedo prender luces y abrir closet y guardar todo. Gente cantaba en la calle y se escuchaba por la ventana y me daban ganas de tener macetas con geranios para tirarles encima. Entonces alguien en el edificio se metió al baño y a nivel auditivo no existe diferencia entre que lo hagan en un apartamento 4 pisos arriba o en la misma pieza mía: al incompetente ingeniero o arquitecto se le ocurrió que una pared medianera es buen lugar para poner tubos de agua y desagüe y gracias a eso me doy cuenta cuando cualquiera de los inquilinos o propietarios de este lado del edificio sufren de incontinencia o les da por bañarse a las 6am un sábado.

Así que renuncié a la idea de dormir y me fui por la segunda opción: me convertí en una de las detestables que se bañan a las 6am, salí y me metí a trabajar en el estudio y cerré la puerta, rezando que se me bajara el mal genio antes que alguien me encontrara y me atosigara con preguntas:
“quetalcomotevaquetaltefuecomoestuvoelviajequetalbogota
llamastealatiapachayaltiopetateysaludasteysalistedeturismo
yvisitastelaferiadellibroydondetequedasteyquecomisteyaque
horallegasteycuantogastasteenpasajesyenbusesyentransporte
ycomoestabaeltraficofuisteamonserrateporqueteregresastetanpronto?”

No estoy de humor. Hoy en día casi nunca estoy de humor. Familia o no, necesito un letrero de no molestar mientras aparece el apartamento a donde me pueda ir con una colchoneta, unas cobijas y mi portátil. Y seré feliz. Y ellos también.

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