Amargada

Al mal tiempo…

Lunes, 6 de febrero de 2012

Es como un novio que te termina, no porque hayas hecho algo malo sino porque no le caen bien tus padres.   Como cuando tienes un trabajo que no te emociona mucho y estás pensando en renunciar en poco tiempo y te llega una carta de despido.  Cuando estás buscando alquilar una casa y encuentras una que es perfecta y cumples todos los requisitos pero una vez que te ven los caseros, dicen que ya no está en alquiler y que no te la van a dar.  Cuando sacaste una buena nota en el examen de admisión de la U y te inscribes en la carrera que has soñado y te da el puntaje; pero cuando te fijas unos meses después, no pudiste entrar, porque subió la nota de corte.  Cuando nunca has tenido una relación cercana con tus tíos y primos, pero en el momento que se enteran que conseguiste una pareja que no aprueban, te dejan de hablar.

Pues como así es como me sentí cuando el gobierno de Costa Rica me notificó que no le darían la residencia al flaco, aunque nos hubiéramos casado, porque sólo los ciudadanos tienen derecho a la reunificación familiar: como residente, yo no tengo derecho a tener a mi familia conmigo.

La rabia que tengo con el gobierno es épica. Ni siquiera tuvieron la decencia de notificar al FAX que pidieron como requisito para tramitar los papeles, sino que alguien tuvo que ir en persona para que le dieran el documento un mes después porque no dan datos por teléfono. Se salvaron de la pataleta que tengo atravesada: Al cabo que ni quería. Quédense con los narcotraficantes que nunca tienen que solicitar una visa porque las pagan. Quédense con los que pagan chorizos y entregan dinero a cambio de una residencia o un pasaporte. Quédense con los que llegaron a casarse con indigentes y les dieron la nacionalidad. Quédense con todos los que llegan sin tener que pedir visa porque su pasaporte les permite estar en el país sin restricción, no porque sean buenas personas sino porque tuvieron la suerte de nacer en un país determinado.

Yo me voy.

Por qué no me gusta navidad.

Miércoles, 7 de diciembre de 2011

De esos días en los que una lee un blog y se pone a comentar y resulta que el comentario es larguísimo y más bien merece su propio post, así que acá va uno sobre por qué navidad y año nuevo son fechas complicadas para mí.  Sé que mis papás leen este blog, y por eso he dejado de escribir muchas cosas, pero necesito sacar estas ideas y este es el mejor lugar para ello. Así que una advertencia: este post habla de mis papás, mi relación con ellos, mi apatía con la navidad y bastante historia familiar.

Mi familia es extendida… no en el sentido de número sino en geografía: tengo hermanos a cada lado de los Estados Unidos, una hermana en Costa Rica y padres en Colombia.  Las familias de mis papás están entre Oaxaca, México y Colombia, repartidas en diferentes departamentos.

Navidad la pasábamos un año en Perú, otro en Colombia y en Colombia se repartía entre una vez pasábamos navidad con la familia de mi papá y a la siguiente pasábamos con la familia de mi mamá.  Los años nuevos eran a la inversa y entre una y otra fecha había un viaje torturante de día entero por carretera entre Bogotá y Medellín.  Siempre estábamos de visita, adaptándonos a lo que otros querían hacer y creo que mis papás no tuvieron el chance de plantearse a sí mismos que era lo que ellos querían. Creo que pensaron que lo mejor para nosotros sería celebrar navidades como se supone que se hace, con toda la familia y los tíos y primos como toda la demás gente, pero cuando llegábamos éramos forasteros y en realidad esa sensación de “estar en familia” no la sentimos nunca.

Entonces nunca tuvimos tradiciones propias, o algo que nos uniera en estas fechas. Había navidades en Perú que éramos sólo mis papás y hermanos en la casa, una cena y regalos… y no faltaba la tradicional pelea por cualquier cosa trivial que resultaba en que alguien lloraba, otro gritaba y nadie conversaba a la mesa porque nadie lo estaba pasando bien. Una vez nos reunimos con otras familias de esas expatriadas como la nuestra y entre peruanos, colombianos, guatemaltecos y hondureños: los niños pasamos jugando y creo que todos los adultos  aceptaban que desearían estar en otra parte y con sus propias familias, pero como dice el dicho en inglés: misery loves company.  Ni bien aquí ni bien allá, siempre había algo que hacía falta.

Con los años no ha mejorado la cosa. Navidad sigue siendo una fecha que me genera más estrés y desidia que placer. Es imposible pasarlo juntos, pero también está el asunto que probablemente la razón por la que eso no sucede es porque no es prioridad para ninguno.

También está el peso de la ausencia: es como que si no vamos a estar todos los hermanos, no vale la pena hacer el esfuerzo. No hablo por los demás, pero en mi caso particular, a veces me da pereza porque aunque yo haga el esfuerzo de venir y estar y pasar en familia, con mis padres me queda la sensación que mi compañía no es suficiente si no están mis otros hermanos: que pesa más la ausencia de los que no están que la presencia de los que sí.

A esto creo que se le suma la culpa de no tener “la familia colombiana”TM. Nos han vendido el cuento  que uno debería tener esa familia que siempre almuerza en familia los domingos, que se escriben y se llaman todos los días, que están enterados de la vida de todos. Esa familia colombiana celebra navidad de una manera bastante específica que nunca he sabido qué implica, pero estoy segura que no damos la talla.     Yo soy feliz no teniendo esa familia, pero sospecho que a mis papás a veces les parece que fue que fallaron en algo porque no somos así.

Entonces viene el asunto:  quiero liberarme de ese peso. Con mi nueva y recién formada familia, quiero poder armar nuevas tradiciones que se ajusten a lo que nosotros queremos aunque sea completamente diferente a lo que hacen los demás.   El flaco tampoco tiene tradiciones navideñas familiares, así que estamos en las mismas; pensando en qué cosas  evitar de la  navidad, recordar que sí nos ha gustado  y descubrir qué podría gustarnos para hacer año tras año.

Ya he avanzado un poco con mi lista: me gusta hacer los regalos de navidad. Los calendarios de adviento me gustan también, y ya hice uno para la familia de mi hermano el año pasado, y otro para mi hermana este año.  No me gustan las novenas, tampoco la música guasca.  Me gustan las galletitas decoradas y las casas de gengibre. Me gusta ver Love Actually. No me gusta dar regalos por compromiso. No me gusta el amigo invisible. Me gusta la buena compañía y no me gusta la melancolía en nochebuena.   Ahí seguire poniendo en la lista, agregando las ideas del flaco y pronto podremos tener nuestra propia navidad.

La naturalidad con la que asumimos la violencia

Domingo, 14 de agosto de 2011

Esta semana viví algo que nunca había tenido que pasar: al medio día, trotando por Sabanilla un extraño me atacó en media calle armado con un cuchillo.

Es difícil para mi escribir estas palabras y tratar de hacerlo de una manera coherente, pero lo he tomado como parte del ejercicio que debo hacer para sanar.  Porque si bien físicamente no salí tan mal del encuentro, emocionalmente todavía estoy tratando de averiguar hasta dónde van las heridas.  Parte es vergüenza y un sentimiento de culpa.

De un golpe con el cuchillo en la mano el tipo me cortó en la ceja y en la misma línea debajo del ojo hay un golpe. Luego me tiró al suelo, con lo que mi codo resultó bastante golpeado y raspado. De eso fue lo que primero me di cuenta, ya que tenía la cara bañada en sangre y me dolía el codo. Ya en mi casa noté que mi pecho tenía morados. De milagro no resulté apuñalada, el cuchillo era un cosa enorme del que recuerdo el color oscuro de la hoja y que tenía un tipo de sierra en parte de su filo.  El auricular de mi audífono tiene unos rayones: fueron hechos con la sierra de ese cuchillo, el sólo pensar que el audífono estaba en mi oreja al momento del ataque me hace agradecer que no hubiera sido más grave nada.

Porque al principio yo no entendí lo que me estaba pasando. Estaba escuchando música y vi a un joven que me saltó en frente y lo primero que se me pasó por la mente es que se veía perturbado, pensé que tal vez necesitaría ayuda y cuando subí las manos para quitarme los audífonos y escuchar lo que tenía para decir fue cuando me agarró con fuerza del pecho y vi el cuchillo. No entendía lo que decía, no lo escuchaba. Movía la boca y yo trataba de alejarme de él mientras gritaba pidiendo ayuda.  Había un carro cerca y yo nada más me preguntaba por qué no hacía nada el conductor. Yo trataba de alejarme y huir y recuerdo que el tipo acercaba el cuchillo hacia mi con fuerza y en mi mente logré pensar que ya me estaba apuñalando y yo no lo estaba sintiendo.  Después fue el golpe en la cara, me tiró al suelo y salió hacia el carro y yo desde el piso miraba cómo corría con algo negro con blanco en la mano y pensaba que ahora iba a atacar a los que iban en el carro, cuando resulta que abrió la puerta, se subió y el carro se fue.

Me levanté y vi que se me había caído el audífono, con su cable pelado y pensé que eso era lo que se había llevado, los audífonos. Me fui a sentar a la acera, llevé la mano hacia mi cara y vi que estaba sangrando. Una chica me pasó una taza con agua a través de las rejas de su casa y un señor desde la UCR me decía algo que yo no entendía, sospecho que ofreciendo ayuda pero mi mente no estaba funcionando bien. Escuchaba una música y no sabía de donde salía, cuando vi que en mi mano derecha tenía agarrado el celular que ya sin los audífonos estaba en modo parlante. Sentía que estaba en una nube de algodón. Más gente llegaba a mi alrededor y una señora salió a preguntarme si estaba bien. Yo nada más le dije. Sí, nada más creo que estoy sangrando un poco. Entró a su casa y salió con pañitos húmedos, yo trataba de limpiarme pero no estaba logrando hacerlo bien. Pensé en pedir un espejo y un señor me dijo dónde debía limpiarme, y después pidió permiso para ayudarme. Me limpió y miró la ceja y junto con otro muchacho que había aparecido debatieron si necesitaba o no puntos, ganando el que pensaba que se veía superficial y que no haría falta. Extrañamente, la gente preguntaba de primero “muchacha, se llevaron algo?” tal vez porque la respuesta a la pregunta “le pasó algo” era bastante obvia.

Al rato me di cuenta que andaba una mochilita a la espalda, y al pasarla al frente y abrirla vi que había un casco y unas luces de espeleo y me acordé del motivo por el que andaba trotando por ahí. Llamé a mi amigo a ver si por casualidad sí andaba en su casa para avisarle que me habían atacado, pero que andaba el equipo y ya iba para allá. Él subió por mi y me acompañó a su casa. No me podía comunicar con mi hermana porque el teléfono me tiraba a la contestadora, le mandé un mensaje.

Lo que me sorprende de todo el asunto es cómo asumí que no necesitaba ir a un médico, que ya había pasado y no era nada. Que como no me habían robado, no había nada que denunciar. Llamé un taxi desde la casa de mi amigo y me fui para la casa  a bañarme. Mi camiseta estaba cortada y rasgada, me senté a remendarla. Finalmente mi hermana llamó asustada, me preguntó si necesitaba algo y le dije que nada más quería compañía y un abrazo y ella pidió permiso en el trabajo y vino a hacerme compañía.  Pasé la tarde tranquila, tratando de pensar en otras cosas. En la noche una amiga me mandó un mensaje a preguntar si iba al Art City Tour y le dije que no, que estaba como q golpeada y asustada y que no quería salir. Me llamó y hablamos un rato y me preguntó que a qué hora iba a hacer la denuncia. No se me había ocurrido. O más bien, sí se me había ocurrido ir a hacer la denuncia, pero asumí que no era tan grave, que no tenía nada que denunciar.

Que ella me preguntara eso me hizo darme cuenta que sí tenía que denunciar. Que si los maleantes siguen haciendo lo que se les da la gana incluso al mediodía en una calle transitada es porque creen que no tienen nada que perder. Porque gente como yo o como otros creemos que no podemos hacer una denuncia porque no sabemos quién fue, ni tenemos información. Según los vecinos el carro había sido un elantra y el color era como café o naranja o un color ahí intermedio. Yo no recuerdo la cara del que me atacó, si ni siquiera en el momento estaba consciente de lo que estaba sucediendo como para recordar señas.  No se habían llevado nada “de valor”.  Pero sí me había golpeado, y si no me acuchilló fue porque le dio miedo o no supo cómo o porque ya había mucha gente mirando, pero que nadie debería pasar por algo así.  Entonces fui con ella al día siguiente a denunciar, primero a la policía para que por lo menos lleven la patrulla por esos lados con más frecuencia, y ellos me recomendaron que fuera al OIJ.

Lo primero que uno nota en el OIJ es que uno no está sólo ni es el único. Extranjeros, locales, gente asaltada, atacada, robada. Una señora al a quien al quitarle la cartera le rompieron un dedo de la mano. Un señor al que se metieron al lugar que estaba cuidando y lo golpearon en la cabeza, lo tiraron a la parte de atrás de un camión  y lo dejaron en un monte no sin antes golpearlo y patearlo.  Después de esperar una hora por mi turno ya pasé a ventanilla y allá les conté la historia y me di cuenta que recordaba más detalles de los que inicialmente pensaba. Recordaba la camiseta del tipo, el pelo y también  a la mente se me venían flashbacks de cómo yo veía el cuchillo venir hacia mí. Es extraño pero la manera en la que pude entender lo que me había sucedido fue contándolo. Caí en cuenta que lo que el señor quería probablemente era el celular que tenía en la mano y con el que venía escuchando música.  Pero como me tenía agarrada con la mano derecha y tenía el cuchillo en la mano izquierda, yo giré mi cuerpo alejándome de él lo más que podía, por lo que la mano que tenía el celular  le quedaba mucho más lejos. Cuando traía la mano con el cuchillo hacia mi cuerpo seguro era tratando de quitarme el teléfono, pero yo lo único que veía era ese cuchillo y trataba de esquivarlo, pero el tipo no tenía una mano libre para arrancarme el teléfono de la mano.

En la OIJ me preguntaron si iría a medicina forense. Pregunté que para qué y me contestaron que como estaba denunciando al individuo por agresión, necesitaría cómo probar las agresiones: como no había ido a un hospital o médico, la manera sería en Medicina forense. Así que acepté y me citaron en San Joaquín de Flores al día siguiente. Y fui. Y la espera fue corta, muchas personas estaban allá con heridas causadas por accidentes de tránsito, y otro par por agresión como yo. Entré, me midieron los golpes y me mandaron para la casa. Salí y el sol de mediodía iluminaba todo. Ya que estaba en Heredia, había hecho planes de visitar a una amiga. No me podía comunicar con ella por celular ni por teléfono público y no sabía cómo llegar a su casa. Yo sé donde vive, he llegado hasta ahí, pero no sabría cómo decirle a un taxista que me llevara, no sabía cómo se llamaba la zona para averiguar una ruta de bus y la gente que conocía el área me decía por facebook que nada más tenía que caminar hasta el colegio y agarrar culquier bus.

No pude. La idea de salir caminando sola por ahí me hizo entrar en pánico.  No estaba reaccionando como normalmente lo haría, sentándome a esperar tranquila o preguntándole  a alguien o lanzándome a la aventura. Decidí darme un tiempo a ver si me componía, pero sólo pensaba que el bus que sí sabía para dónde iba era de regreso a mi casa y que sería lo mejor nada más regresarme a la casa y meterme en mi cama y todo estaría mejor.  Sentía mucha rabia conmigo misma de no poder funcionar, de no poder resolver algo. Una señora detrás mío lloraba y caí en cuenta que estaba en la puerta de la morgue y que quienes estaban entrando y saliendo del edificio eran personas con problemas mucho más serios que el mío. Mi hermana llamó  y en vez de palabras al contestar se me salió el llanto. Por la impotencia, por sentirme vulnerable, por el sabor de cobardía y el sentimiento de culpa por sentir todo lo anterior.  Al final ella logró comunicarse con mi amiga, decirle dónde estaba y  mi amiga pasó por mi y ya me pude ir a su casa en donde conversamos, tejimos, cocinamos y la pasamos tranquilas.  Mi hermana pasó por mi y así no tuve que regresarme sola a casa.

Parte del impacto emocional es el hecho que después del ataque, lo único que pensaba era que afortunadamente el tipo no se había llevado nada. De una vez, automáticamente, desconté el hecho que me hubiera herido para pensar en las cosas materiales.  Pero sí me arrebató algo y es mi seguridad. Tengo que darme cuenta que ahora me da miedo salir sola a la calle. Que la luz del sol ya no es sinónimo de más seguridad. Que si voy por la calle y se me acerca alguien, mi corazón se acelera. Que cuando se me vienen imágenes del ataque a la mente si le doy rienda suelta a mi cerebro termino yo agarrando a puñaladas a quien me atacó, o reventándole la cabeza contra el suelo como si fuera una escena de Spartacus.  No quiero ser el tipo de persona que cuando piensa en qué haría si esto vuelve a suceder lo que primero se le venga a la mente es que debería comenzar a entrenar Krav Maga a ver si aprendo como causar la mayor cantidad de daño posible.  No quiero sospechar de la gente, no quiero andar con miedo. No quiero llorar cada vez que salgo al semáforo. Ni apretar los dientes todo el tiempo hasta que me duelen las mandíbulas.

Me da rabia que toda persona que se ha enterado de lo que me pasó tenga una historia (o varias) usualmente peor. Que la reacción principal es pensar qué hicimos para merecernos eso: que no debería andar con el celular si voy a trotar, que no debería andar audífonos, que no debería salir a trotar sola, que todo mundo sabe que es peligroso trotar afuera de la UCR, que no debería haber pasado por esa calle, que… pero no! No hay NADA que haya hecho que haya estado mal. La persona equivocada no soy yo, es el maleante que cree que puede atacar gente a plena luz del día porque sabe que las leyes, o más bien, la ausencia de ellas lo protegen.  Yo tengo derecho de salir a la calle por mi cuenta sóla y que no me suceda algo malo. Tengo derecho a tener bienes y que no me los traten de quitar a la fuerza. Tengo derecho a no tener miedo. A ser feliz otra vez. Y a no sentirme culpable porque no he podido nada más “superarlo” como si debiera estar feliz que no fue peor. Estoy agradecida con la providencia porque pudo haber sido mucho peor, pero eso no lo hace aceptable.

Ya hice lo que podía: denunciar al individuo, reportarlo a la policía, dejar un registro en el que tal vez ya no se salga con la suya como mero “asaltante” sino como el agresor que es. Y cada vez que escribo o que cuento lo que me pasó pierdo la vergüenza de haber sido víctima.  Porque de pronto ahora entiendo un millonésima parte de lo que es ser víctima de algo y cómo está amarrado  a la vergüenza: antes me parecía ridículo que una víctima de agresión se culpara a sí misma, pero uno lo hace. No es coherente pero es lo que pasa por mi mente.   Ahora nada más me queda poder salir a la calle otra vez a trotar. Desde ese día he encontrado excusas convenientes para no hacerlo pero en realidad no necesito excusas sino que hay una razón. Me da miedo. Y nada más espero que ese miedo se me quite pronto.

Manual del Amigo

Sábado, 11 de diciembre de 2010

Hacer amigos como adulto es difícil. Conservar amigos después de irse por más de 3 años a otra parte es todavía más difícil. Y tener amigos para salir de noche es diferente a tener amigos para hablar de los problemas a calzón quitado y que me peguen  un par d cachetadas si estoy sobreactuando y haciéndome la víctima. Sobre todo una tarde de sábado o domingo, porque esos son los días altamente cotizados por todos los amigos del mundo: si uno recibe invitaciones para salir a tardear en una de esos dos  días es señal  que  tiene amigos que lo aprecian.

Hay gente que tiene esa facilidad de hacer amigos inmediatos y que la gente quiere mantenerse en contacto y hablarles y conversarles e invitarlos a toda parte: esas personas tienen mi máximo respeto. ¿Cómo es que lo hacen? Yo les confieso que sospecho que soy una mediocre amiga, me cuesta mantenerme en contacto y nunca  llegó el manual del buen amigo a mis manos.  Además que ahora con redes sociales de por medio, las dinámicas amistosas cada día mutan y cambian y me es muy difícil mantenerme al día. Pero tampoco con lo moderno, hay cosas de antaño que me siguen confundiendo. Y por lo general, lo que resulta es que me confundo tanto que prefiero ni hacer el esfuerzo.

Por ejemplo, vean estos hipotéticos casos que todavía me confunden:

1. Voy a contarle algo a alguien: llamo al celular y no contesta, entonces dejo un mensaje de texto y tampoco lo contestan, ni siquiera un Ok. Gracias. ¿Qué rayos significa?

A. Están ocupados  y aunque no te lo digan apreciarán el gesto.

B. Estoy en Colombia y la persona está sin minutos y no le dio tiempo de llegar al celular, entonces agradece mucho, pero no es capaz de contestarme.

C. No tienen mi número grabado entonces no saben que soy yo la que está llamando, y como tampoco firmo el sms no tienen idea de a quién contestar.

D. Gracias al identificador de llamada se dieron cuenta que era yo llamando, y pasé automáticamente por el filtro de “no me podría importar menos lo q tenga para contar”.

2.  Me encuentro con alguien a quien no he visto en años. Quedamos en que tenemos que vernos pronto y extienden una invitación futura a su casa sin fecha determinada. ¿Cómo proceder?

A.  Esperar a que la persona haga la invitación, como se comprometió a hacer. Al tiempo, preguntarme que le habrá pasado a la persona, que parece que se le olvidó de nuestra reunión.

B. Después de un tiempo prudencial en que la persona no da señales de vida, enviar un mensaje sugiriendo una salida a tomar café o algo.

C. Olvidarte de la invitación, porque todo mundo sabe que “un día te invito” es una manera cortés de decir “no creo que nos volvamos a ver socialmente. Nunca”.

D. Un día sacar el tema y sugerir una salida, a lo que la persona nuevamente dirá que un día de éstos.

3.   Conozco a alguien, me cae bien.  ¿Quién agrega a quién al facebook?

A. Pues si me cayó bien y tengo el facebook, le mando request.

B. Espero a que me mande request, después de todo eso establece el pecking order.

C.  Qué putas importa el facebook? Mejor pedir el teléfono.

D. No importa, igual si tienen cosas en común se seguirán viendo, y si no, pues no.

Además de otras preguntas a las que no sé ni las opciones, como ¿cuántas veces es normal llamar a alguien que no contesta su teléfono para no ser molesto e insistente? ¿Las invitaciones a planes se hacen intercaladas, o es normal ser uno quien haga las invitaciones repetidas veces?  ¿Si tengo un plan pero me arrepiento a último momento: es mejor ir aunque crea que lo pasaré mal, o es mejor no ir?

La cosa es que hay gente de todo tipo, y reacciones y situaciones tan diversas que es imposible de categorizar y catalogar.  Y por eso creo que termino siendo la amiga mediocre, la que nunca llama porque no quiere ser intensa y molesta, la que no insiste con los planes nocturnos, la que espera que la inviten porque no quisiera ser “la que se invita sola”.  Sí organizo planes y cositas, y eso me salva, creo yo, de ser la amiga rémora. Y a veces a alguna gente la entiendo mejor y entiendo cómo actuar con ellos y cómo no empelicularme y sé que son de las personas que lo que piensan y dicen y hacen coincide, y mi vida es mucho más fácil.

Si alguien tiene el susodicho manual del buen amigo… ¿por favor me lo hacen llegar?

Regreso

Martes, 21 de septiembre de 2010

Se me acaban los días de este viaje, y en 2 semanas estaré de regreso en Costa Rica. Aunque les cuento un secreto: no quiero regresarme.

Acá estoy a gusto, con familia, acompañada, con mil proyectos.  En las mañanas hay alguien esperando que me despierte para contarme sus aventuras de superhéroe, o para charlar un rato mientras tomamos un café. Después voy al gimnasio y tengo un entrenador que sabe qué ejercicios ponerme según el día.  Llego y hay refri llena de cosas ricas para comer.  Cocino comidas deliciosas y exóticas porque se consiguen los ingredientes fácilmente y lo demás ya existe dentro de la alacena.  Trabajo en las noches o tardes o mañanas y respiro aire fresco todos los días. Paso poco tiempo sentada frente a la compu. En pocas palabras:  he estado en un delicioso limbo y no quiero despertar.

Tengo miedo: de un lugar que me suena cada vez más ajeno y de la posibilidad que al llegar lo confirme.  Que los amigos del pasado obviamente han seguido sus vidas y que no haya espacio para mi en sus ajustadas agendas. Que tal vez tengan espacio y yo descubra que ya no tenemos nada en común.  Que no tenga suficiente plata para el estilo de vida que la mayoría de ellos ahora manejan. Que mis hábitos ermitaños me terminen aislando. Que sin celular como que uno no es persona.  Que todos se hayan convertido en hipsters y yo en intolerante.  Que sin carro no se pueda salir. Que con carro no se pueda salir. De la inseguridad. De lo desconocido. De los conocidos que se convierten en desconocidos.

No me decido si es miedo a lo desconocido o más bien soy como un marinero: que no se siente gusto llegando a puerto al no ser que sepa que pronto volverá a zarpar.

Fatalismos

Martes, 1 de junio de 2010

Hay días en los que me despierto fatalista.

Hace unos meses vi Idiocracy. Es una película que aparentemente carece de valor cinematográfico, sin embargo incluye una visión distópica del futuro que poco a poco me ha ido preocupando, y que en mi mente me debato entre  imaginar a  Darwin  riéndose a carcajadas mientras se lava sus manos en seco o revolcándose en su tumba.

Luke Wilson protagoniza esta comedia acerca de un hombre común y corrriente de nombre Joe Bowers, quien posee la inteligencia menos aguda que se pueda encontrar en todo el universo. Sin embargo, cuando ante la negligencia en un experimento de hibernación del gobierno despierta en el año 2505, se encuentra con una sociedad tan idiotizada por el comercio masivo y la televisión basura, que se convierte en el hombre más brillante del planeta. (fuente: mil páginas de internet con el mismo texto y yo que no encuentro la opción que google me muestre la primera vez que esto apareció esto en línea)

Y entonces veo que esto se está cumpliendo. La gente inteligente cada vez se reproduce menos por opción, porque “que feo traer más hijos a este mundo”, porque la economía no da para más, porque están preocupados pensando en el trabajo o cambiar el mundo. En cambio, los reggaetoneros, los traquetos, los maleantes se reproducen como ratones. Los pueblos escogen candidatos sin pensarlo mucho, la televisión “educativa” cada vez educa menos cuando hasta Discovery Channel saca realities y Animal Planet inventa intrigas con animales.

Y de pronto pienso que para allá vamos. Pero no sólo eso.

Ahora veo lo del desastre en el golfo de México y siento que el pico petrolero se nos viene de golpe. Que un día despertaremos y al ir a tanquear el carro nos daremos cuenta q no hay gasolina en esa bomba. Entonces iremos a otra, y tampoco. Y encenderemos el tele y nos avisarán que se acabó el petróleo. Que habían pensado que mejor no alarmarnos mientras buscaban una solución, pero que ya, se les pasó el tiempo y se acabó y que So long and thanks for all the fish.

Que no haya petróleo no sólo significa que no tendremos carros. No señor. Tampoco habrá cómo transportar alimentos de un lugar a otro. ¿Esa fábrica? Pues lleva sus productos a tu supermercado en carros. Entonces digamos que  nos quedamos sin alimentos, sin medicinas, sin ambulancias ni  hospitales. Entonces un día, un cable de esos de telecomunicaciones se rompe en medio del océano. Y zas. Nos quedamos sin cómo comunicarnos porque no hay gasolina para transportar los equipos que arreglarán ese problema.  Y que otro día la planta generadora de energía deja de funcionar, y tampoco tendrán como ubicar a quienes las reparan y de pronto: caos total.

Y me da pánico que me suceda estando lejos de la gente que quiero. Que mis papás en su pueblo estarán bien. Tienen su huerta, saben cultivar, hay agua potable en fuentes y ríos cercanos.  Pero que me agarre a mi a miles de kilómetros de mi familia y al mejor estilo Zombieland me tocará recorrer y recorrer territorio buscando cómo reencontrarme con ellos no me anima.

Un apocalipsis tecnológico implicaría que nuevamente llegaríamos a una época de supervivencia del más apto: el fuerte, el matón, el que sabe hacer cosas manualmente.  Eso no necesariamente indica que el más inteligente sobreviva.  Entonces ya ni sé cuál será nuestro futuro. Espero que no me toque vivir ninguna de las opciones.

Creo que prefiero los días en los que mi preocupación es “espero que me depositen mi salario en el banco pronto”.

Momma said ther would be days like this

Jueves, 1 de mayo de 2008

1. Está oscuro por fuera, la mamá se despide y se van de la casa por unos días los padres.
2. La alarma suena, pero el sueño es tan fuerte que no me puedo despegar, porque algo terrible va a suceder, como que si suelto esa madera se caerá toda la casa… que no existe porque la estoy soñando, pero ese no es el punto.
3. Finalmente seca el pegamento y me doy permiso de retirarme del sueño con la labor cumplida, no vaya a ser que deje a los habitantes de sueñolandia sin hogar. Despierto y faltan 15 minutos para entrar a clases.
4. Salto de la cama, me enredo en la cobija y caigo aparatosamente al piso. Menos mal no había guardado la otra cama y caí sobre colchón. Sino creo que me hubiera tocado hacer dientes provisionales para mi misma. Un árbol que cae en medio del bosque sin nadie que lo escuche… hace ruido?
5. No hay papel en el baño.
6. Voy a clases, alguien está sentado en mi silla. Me toca buscar otro espacio. GRRRR.
7. Hora de irme a casa. No encuentro las llaves. Vuelco el maletín. No hay llaves. Salgo a buscarlas. Pregunto. Alguien dice “ah si, alguien se las encontró y preguntó y abrió el casillero a buscar de quien eran las llaves, pero nadie supo de quien eran entonces se las llevó”.

Tenía que ser el día que no hay nadie en casa que pierdo las llaves, alguien se las secuestra en vez de dejarlas en la oficina como le sugirieron y no existe nadie más que me pueda abrir la puerta para entrar a mi hogar.

Menos mal pude conseguir el teléfono del tipo, regañar a los papás por tener un hijo bien intencionado pero bruto y agarrar taxi hasta la conchinchina para ir por las llaves. Si no esto no lo estaría escribiendo.

Ayer apestó fuertemente.

recetas sorprendentes

Martes, 29 de abril de 2008

Como se podrá apreciar en las entradas anteriores, tengo perfectamente claras aquellas cosas que sé que inmediatamente desatarán mi furia (pisar una cucaracha con el pie descalzo, que alguien se acabó el rollo de papel del baño y no lo repuso, que la caja de leche está en la refri… completamente vacía) pero no creo que me he puesto a pensar en las cosas que automáticamente me ponen de buen genio. He escrito al respecto de los pequeños placeres simples, pero sólo me sirven si YA estaba de buen humor para comenzar. Incluso podría hacer la desfachatez de afirmar que no tengo una pomada canaria para el ánimo, sencillamente porque no he pensado en ellas y por lo tanto no existen. Como un exnovio cuya información no aparece en google es equivalente a Sandra Bullock a los 20 minutos de comenzar The Net.

Por eso me sorprendí hoy. Todos los ingredientes indicaban que sería un funesto día: lunes. tareas pendientes. temprano en la mañana. Lunes. clases. Entonces “Wish you were Here” sonó en mis audífonos y me di cuenta de algo. Esas primeras estrofas pegaron una sonrisa en mi cara automáticamente. Volví a escucharla. Nuevamente sonreía. Lo bonito de ser poco literal musicalmente hablando es que no me importa que la letra sea una despedida, funesta, triste y depresiva. La canción me hizo feliz. Tal vez recuerdo aquel día por allá en las montañas de Alajuela escuchando a Federico Miranda y Kurt Dyer haciendo un homenaje a Floyd. Tal vez la relaciono con el Wish You Were Here de Incubus y su “and in this moment I am happy, happy”. Pero entré al poli y sin chistar mostré el carnet, bajé a clases, saludé y me senté a trabajar tarareando feliz. Y eso casi q es cataclísmico y motivo de concilio vaticano.

Me senté a pensar en qué otras cosas podrían tener ese efecto mágico en mi, pero para mi confusión, lo único que se me venía a la cabeza era una sensación de los pies contra el pavimento, el viento en la cara y correr, como q fuera un recuerdo de completa satisfacción y felicidad. Este recuerdo no creo que sea mío, porque hasta donde recuerdo, soy terrible para correr, sufro cada segundo y mis rodillas y bazo se quejan con cada paso. Pero ahí está ese recuerdo, y de pronto se me ocurrió que podría ensayar. Podría tratar de hacerlo. Podría salir a correr y ser de esas chicas q veo por ahí con sus licras a media pierna y tenis blancas, con camiseta sin mangas y lentes oscuros, corriendo. Porque si algo, no conozco a nadie que salga a correr y no le guste. Seguramente porque si no les gusta, no los conocería como “alguien que sale a correr”. Tal vez dentro de mi está esa corredora innata que disfruta de sudarse y sentir el viento enfriar la ropa contra la piel. Puede que de la misma manera que he bloqueado momentos tormentosos y vergonzosos, tenga olvidados y rezagados en los rincones oscuros de mi cerebro los momentos de mi yo como corredora.

Pensé entonces en comida. Paso tanto tiempo comiendo, que de SEGURO alguna de esas comidas es la piedra filosofal de los alimentos, que convierte las angustias en dichas. Y tampoco. Hay comidas que me satisfacen más que otras, pero ninguna que me haga feliz. Pensé en hobbies: el tejido cuando va bien me hace sentir bien, pero cuando no va bien más bien es frustrante. Tal vez no hay más de un par d cosas que nos dan esa felicidad y por eso me cuesta encontrar otro ejemplo. Pero aunque sea, ya tengo uno. Tal vez sea momentáneo, y la próxima vez que esté triste más bien la canción sea apenas para sufrir y llorar… pero por ahora me aferraré a ella como un mantra. Como la clave para lidiar con mi crónico mal humor.

Viviendo una vida amargada

Sábado, 26 de abril de 2008

Días como hoy que antes de las 5:30 ya he pasado 10 horas en un bus refrigerado, con las rodillas inflamadas por el frío, con un asiento roto y completamente aplastada por el asiento reclinable delantero, despierta la mayor parte del viaje y por lo menos escuchando música hasta que se me gastó la batería del ipod y me quedé escuchando el espantoso reggaetón que tenían “ambientando” la cabina, llego a odiar la humanidad. En serio que sí.

Me bajé del bus sin poder doblar las rodillas rumiando las diferentes causas del odio. Odio a las personas que conversan a pulmón henchido en los buses a las 3am, a las que no saben que las cortinas de los buses se cierran de noche porque si a ud no le molesta la luz para dormir es por respeto a los que estàn al otro lado del pasillo y que sì les molesta. Odio a los de la tortura metro, la gente que estorba en las escaleras, a las que se ponen a conversar por celular en la pura puerta del metro y que vean los demás como pasan. A los que se recuestan en las barras e impiden que uno se agarre. A los que se plantan en el centro del pasillo y no se corren un pelo cuando la gente necesita subirse o bajarse. A los que le hablan a uno cuando uno tiene audífonos puestos. Pero más que todo odiaba el hecho que llegaría a mi casa y estaría llena de gente que tendría que lidiar con todo el bagaje de mi mal genio cuando lo que yo quería era nada más un buen lugar para dormir. Pensé en un motel, en serio que sí.

Soñé que llegaba a mi apartamento propio. Que la gata me saludaba y lo único que me pedía era agüita fresca y un poco de comida a cambio. Que podía tirar la mochila en la entrada del cuarto y meterme entre las cobijas. Que las cortinas estuvieran cerradas y bloqueaban toda la luz. Que pudiera desaparecerme un buen rato del resto de la humanidad para no someterlos a mi mal genio. Pero no: Llegué y las cosas no estaban tan cual las habìa dejado. En vez de una cama libre de obstáculos, bajaron mi ropa del tendedero y ahí está en montañas sobre la cama. Hay visitas entonces tampoco es como que puedo prender luces y abrir closet y guardar todo. Gente cantaba en la calle y se escuchaba por la ventana y me daban ganas de tener macetas con geranios para tirarles encima. Entonces alguien en el edificio se metió al baño y a nivel auditivo no existe diferencia entre que lo hagan en un apartamento 4 pisos arriba o en la misma pieza mía: al incompetente ingeniero o arquitecto se le ocurrió que una pared medianera es buen lugar para poner tubos de agua y desagüe y gracias a eso me doy cuenta cuando cualquiera de los inquilinos o propietarios de este lado del edificio sufren de incontinencia o les da por bañarse a las 6am un sábado.

Así que renuncié a la idea de dormir y me fui por la segunda opción: me convertí en una de las detestables que se bañan a las 6am, salí y me metí a trabajar en el estudio y cerré la puerta, rezando que se me bajara el mal genio antes que alguien me encontrara y me atosigara con preguntas:
“quetalcomotevaquetaltefuecomoestuvoelviajequetalbogota
llamastealatiapachayaltiopetateysaludasteysalistedeturismo
yvisitastelaferiadellibroydondetequedasteyquecomisteyaque
horallegasteycuantogastasteenpasajesyenbusesyentransporte
ycomoestabaeltraficofuisteamonserrateporqueteregresastetanpronto?”

No estoy de humor. Hoy en día casi nunca estoy de humor. Familia o no, necesito un letrero de no molestar mientras aparece el apartamento a donde me pueda ir con una colchoneta, unas cobijas y mi portátil. Y seré feliz. Y ellos también.

RSS