Amargada

Perder-Perder

Miércoles, 13 de febrero de 2013

Hoy me siento derrotada. Gorda y derrotada. El lunes tuve una cita médica: hace unos meses había hecho unos exámenes de laboratorio, pero no habíamos revisado los resultados, y tras de eso, estaba notando que mi salud iba empeorando en vez de mejorar.  Pues resulta que la dosis que me recetaron de la medicina es insuficiente y como consecuencia, comencé a ganar peso. Durante navidad y año nuevo aumenté como 10 libras, que es un montón, a pesar de haber continuado en el gimnasio como usual. Asumí que había comido más de la cuenta, entonces comenzando el año en el gimnasio me recetaron una dieta baja en carbohidratos y alta en proteína, y seguí con mi rutina de ejercicios. Un mes después de seguir la dieta estrictamente, el resultado es que no he bajado ni de peso ni el porcentaje de grasa.

Mi cuerpo está en huelga. No quiere usar grasa como energía. Todo el esfuerzo que puse sencillamente fue para mantener mi peso y no engordar otras 10 libras en un mes. Ese es el estado natural de mi organismo. Engordar.

En contraste con NO perder peso, ayer perdí mi trabajo. Como cualquier startup, dependíamos de unos pocos clientes. Uno de ellos se retiró y eso significó que la empresa tuvo que reducirse a su mínima expresión para poder cubrir los gastos. Y mi puesto fue uno de los recortados. Entonces por más que no haya sido algo que yo hice, y que estaban muy contentos con mi trabajo, ahora estoy sin empleo.

Extrañamente, pude lidiar tranquilamente con la perdida del empleo. Es algo que pasa, no es un reflejo de mi trabajo, no hay algo que pudiera haber hecho mejor o diferente: es un tema de cómo funciona la industria. Pero con la falta de pérdida de peso me destruí. En el gimnasio mientras me tomaban las medidas me contenía las lágrimas y trataba de buscarle un lado positivo, pero no fui capaz. Todavía no soy capaz. Tengo un cuerpo que no sabe hacer las cosas normales. Tengo una condición para la cual recetan como santo remedio bajar de peso, pero la misma condición hace que lograr bajar de peso sea virtualmente imposible.  Ya estoy siguiendo una dieta que para cualquier persona normal hubiera resultado en efectos inmediatos y visibles. Si consumo menos calorías mi cuerpo entraría en modo “hambruna” y también se bloquearía para bajar de peso. Si consumo más seguiré aumentando.  Tengo un cuerpo que me exige que le de azúcar y harinas, porque no sabe qué hacer con tanta insulina que produce. Si en algún momento quisiera tener hijos, me enfrentaré a un viacrucis doble: el primero para tratar de concebir, y el segundo para no destruir mi salud completamente si lo logro. Y para terminar, la depresión es usualmente un síntoma que acompaña todo este otro grupo. Y es fácil entender porqué.

Estoy harta. Estoy harta que vivo en un mundo donde no importa los esfuerzos que haga, la gente me juzga por mi peso, como si fuera una falla de mi carácter, falta de fuerza de voluntad, falta de ganas. Como si yo hubiera tomado la decisión de ser así, y como si hubiera una relación directa entre lo que como y mi apariencia.   Estoy harta que para haber logrado la pérdida de peso del año antepasado, requirió 3 horas diarias de ejercicio y una dieta estricta y ni así llegué al peso meta. Estoy harta que lo que me tomó 6 meses lograr, y 6 mantener, se haya perdido en un par de meses, y ahora todo el esfuerzo es sólo para mantener el peso. Estoy harta.

La comida se ha convertido en mi enemigo. No importa lo que coma o no, es una batalla. Tengo una adicción a los carbohidratos y a diferencia de las otras adicciones, no es algo que “pueda dejar”, porque el cuerpo necesita de los carbohidratos para funcionar, y si no los consumo mi cuerpo igual reacciona a como si lo hubiera hecho. Coma o no los coma, estoy jodida. Es como decirle a un alcohólico que tiene que tomarse una copa de vino, pero sólo una.

Y nada. Es como que ha sido una semana de perros y apenas vamos por la mitad.  No tengo herramientas para levantarme el ánimo. Nadie con quién desahogarme y salir por un café y que me digan que va a estar todo bien y no tener al flaco como el único paño de lágrimas.  Terapia de compras tampoco: con ingresos inciertos, mejor tener la mano agarrada a la billetera y evitar el despilfarro. No puedo ir a comerme mis sentimientos como usualmente lo haría porque lo único que hará es que me sienta peor, físicamente (hola hipoglicemia!). fuck.

 

Me escuchó

Miércoles, 16 de mayo de 2012

El domingo tuve una leve crisis al contemplar lo que será nuevamente una mudanza por avión con gata, sobre todo porque estaríamos llegando a un lugar que no será nuestro destino final. Decir que mi gata no es una buena viajera es como decir que El Increíble Hulk no tiene el más dulce temperamento.  Es como me lo justifico cuando pienso en lo que significará viajar nuevamente por horas con un animal que desde que entre en su jaula hasta que llegue a su destino, no parará de aullar desconsolada.

Además de no viajar bien, la gata no lidia bien con eso de compartir su espacio con otros felinos: de estar en casa con un gatito, a estar en una con dos gatos adultos, parecía que siempre estábamos a un zarpazo de tener que ir a una visita veterinaria de emergencia. Además se le había concentrado la amargazón, no podía acariciarla porque me gruñía, andaba siempre de mal genio y parecía que algo irreversible había sucedido y esa gata cariñosa e independiente ya no estaba por ningún lado.

Entonces, esta semana estuve hablando con mi hermana del tema, contándole los pros y contras y las razones por las que tal vez sería mejor buscarle un hogar a la gata acá en Colombia donde no tuviera que lidiar con otros gatos, y tal vez recuperaría su buena disposición. Hablé con mi cuñada, hablé con el flaco: basicamente necesitaba sacarlo de mi sistema y ver si hablándolo lo podía procesar y dar con una mejor solución.

Creo que en una de esas, la gata escuchó. Porque desde entonces se está llevando bien con los otros gatos, no serán los mejores amigos, pero ya han podido dormir en la misma cama a 20 cm. de distancia y no ha habido pleito ni pelea. Me busca para que le de cariño, lo que no hacía desde hacía mucho, y deja que la acaricie y moleste sin perder el buen humor. Hasta le compré una correa para gatos, a ver si la puedo sacar a pasear a la calle, y dejó que se la pusiera y acomodara: el arnés no se lo dejé puesto, pero la correita al cuello con campanita la tiene puesta y creo que le gusta, no ha tratado de quitársela.

He de confesar que su misión de recapacitación está funcionando. Ahora estamos buscando cómo enviarla por separado a USA, y viajar después:  será un viaje más placentero para todos los involucrados.

Cuestiones culturales

Sábado, 14 de abril de 2012

Siento que hay una rara tendencia de engañar y mentirle a los niños con la idea que eso es “la ilusión de la infancia”.

Todo comenzó para el día de los inocentes, April Fools (1 de abril). A algunas señoras les pareció interesante pintar las uñas de los pies de los niños mientras dormían, maquillarles la cara, dejar huellitas diminutas por ahí como rastro de sus diabluras.  Cuando los niños despiertan, entonces les dicen que fueron los duendes que hacen diabluras y les muestran las diferentes evidencias de que los duendes llegaron.

Prueba #2. Día de San Patricio. La misma cosa, pero las huellas todas son verdes, y además se hacen “trampas” para atrapar a los duentes, o se les deja comida (así como a Santa Claus).

Prueba #3.  Pascua. Los niños plantan un frijol de gomita (jellybeans), y al día siguiente en vez de un frijol hay una paleta, quod erat demonstrandum que de los frijoles de goma nacen paletas.  También el mismo truco de las huellas de conejo para que sepan que pasó por ahí el conejo de pascua dejando huevos de chocolate.

Prueba #4:  El hada de los dientes. Ahora hay un servicio que te permite tomarle una foto a los niños y agregar un hada de los dientes para tener pruebas que vino a visitar durante la noche y que les deje plata a cambio de un diente. Además, la gente paga por ese servicio.

Prueba #5: los niños creen que “Santa Claus” trae los regalos, y decirle a un niño que Santa no existe, (o nunca enseñarles eso) es casi casi como robarles la niñez.

Soy yo la única amargada del planeta que cree que esto es muy raro? El mundo ES un lugar maravilloso lleno de cosas reales que pueden ser causa de ilusión, sin necesidad de inventar personajes o situaciones. Enseñarle a un niño a plantar algo real puede tener mucho más de beneficio que el placer instantáneo y completamente falso de creer que de un dulce puede salir un dulce más grande.  Por un lado se le enseña a los niños a temerle a los extraños y por otro es completamente aceptable que un extraño barrigón entre a las casas todos los años… niños que crecen pensando que los conejos ponen huevos, que las fotos aunque se vean muy mal manipuladas… no mienten. Que un ratón que quiere construir un castillo entra a la casa, anda por la cama, se arrastra por la almohada donde dormimos y escarba un diente para dejar una moneda a cambio. Tal vez de ahí venga el miedo a los dientes, y a la idea que con un poco de avaricia de por medio, no tendrían que esperar a que se caigan los dientes para poder suplir un déficit de ladrillitos de marfil. Después nos sorprendemos cuando los niños crecen y creen todo lo que leen en internet. Tal vez sea q nuestros países son tan inverosímiles que más bien nos toca demostrar que las cosas tienen lógica, causas y consecuencias en nuestros hogares.  O seguramente todo esto sucede en América Latina y yo he estado viviendo una burbuja donde pienso que es importado o muy extranjero, cuando no es ni lo uno ni lo otro.

Mis recuerdos más tempranos de navidad no son pensar que venía santa o el niño dios, sino saber que eran mis padres. Eso no evitó que escribiera cartas al “niño dios” y me asegurara que mis padres las vieran antes de yo enviarlas… pero creo que todos sabíamos como era la cosa. Recuerdo un día que vi a mi hermano y mamá escondiendo huevos de pascua por todo el jardín, y después nos pusieron a buscarlos. Es de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia, y no hubo conejo de por medio. Yo no lidiaba bien con los engaños…  De hecho, una parte de los recuerdos rencorosos de mi infancia son de las mentiras que me dijeron. Que si no comía me iban a poner inyecciones de carne molida, cuando yo había visto el inyectador de carnes de mi madre en la cocina, con su aguja de .5 cm de diámetro.  Que la doble línea amarilla de la carretera era el carril para las bicicletas.  Que uno reconocía a los toros de las vacas porque tenían cachos.   Recuerdo la decepción cuando descubrí que esas cosas eran mentira, y eso que todavía era muy niña.  Todavía me da mal genio, y eso todo sucedió hace más de 20 años.  Y mejor ni me meto a explicar la confusión con la que llegué a mi primera confesión a admitir que todavía no creía en eso de Adán y Eva porque nadie había podido explicarme dónde cuadraban los dinosaurios en toda esa historia.

La niña que fui no acepta que sea visto como inocente mentirles a los niños para diversión de los adultos.  Creo que hay maneras de decir las verdades difíciles de manera que no sea más información de la que un niño pueda aceptar, pero de ahí a inventar que las cigüeñas y repollos porque el adulto no tiene la madurez suficiente para explicarle a los niños cuál es su origen es irresponsable.   Seguro le di más de un dolor de cabeza a padres cuyas hijas pensaban que los bebés venían de Europa o de repollos o de cigüeñas, hasta que yo iba por mi libro que tenía dibujos que lo explicaban y les mostraba que no, que los bebés venían de la barriga de la mamá.

Pero acepto que muchos crecimos creyendo algunas mentiras, y que tal vez hay gente que recuerda esas mentiras como con ilusión. Tal vez alguien no sabía que el pollo que se comía era lo mismo que hacía pio pio y se veía peludito y amarillito en los libros de dibujos y vivió para contarlo. O que sienta que la navidad no hubiera sido lo mismo sin creer que los regalos los compraba un viejo barrigón o un niño en un pesebre.   Sé que ya poca gente me lee por estas partes, pero si están por ahí y llegaron hasta aquí, ¿será que me cuentan de esos recuerdos suyos de las “ilusiones” de la infancia, y si la verdad era parte o no de ella?

Al mal tiempo…

Lunes, 6 de febrero de 2012

Es como un novio que te termina, no porque hayas hecho algo malo sino porque no le caen bien tus padres.   Como cuando tienes un trabajo que no te emociona mucho y estás pensando en renunciar en poco tiempo y te llega una carta de despido.  Cuando estás buscando alquilar una casa y encuentras una que es perfecta y cumples todos los requisitos pero una vez que te ven los caseros, dicen que ya no está en alquiler y que no te la van a dar.  Cuando sacaste una buena nota en el examen de admisión de la U y te inscribes en la carrera que has soñado y te da el puntaje; pero cuando te fijas unos meses después, no pudiste entrar, porque subió la nota de corte.  Cuando nunca has tenido una relación cercana con tus tíos y primos, pero en el momento que se enteran que conseguiste una pareja que no aprueban, te dejan de hablar.

Pues como así es como me sentí cuando el gobierno de Costa Rica me notificó que no le darían la residencia al flaco, aunque nos hubiéramos casado, porque sólo los ciudadanos tienen derecho a la reunificación familiar: como residente, yo no tengo derecho a tener a mi familia conmigo.

La rabia que tengo con el gobierno es épica. Ni siquiera tuvieron la decencia de notificar al FAX que pidieron como requisito para tramitar los papeles, sino que alguien tuvo que ir en persona para que le dieran el documento un mes después porque no dan datos por teléfono. Se salvaron de la pataleta que tengo atravesada: Al cabo que ni quería. Quédense con los narcotraficantes que nunca tienen que solicitar una visa porque las pagan. Quédense con los que pagan chorizos y entregan dinero a cambio de una residencia o un pasaporte. Quédense con los que llegaron a casarse con indigentes y les dieron la nacionalidad. Quédense con todos los que llegan sin tener que pedir visa porque su pasaporte les permite estar en el país sin restricción, no porque sean buenas personas sino porque tuvieron la suerte de nacer en un país determinado.

Yo me voy.

Por qué no me gusta navidad.

Miércoles, 7 de diciembre de 2011

De esos días en los que una lee un blog y se pone a comentar y resulta que el comentario es larguísimo y más bien merece su propio post, así que acá va uno sobre por qué navidad y año nuevo son fechas complicadas para mí.  Sé que mis papás leen este blog, y por eso he dejado de escribir muchas cosas, pero necesito sacar estas ideas y este es el mejor lugar para ello. Así que una advertencia: este post habla de mis papás, mi relación con ellos, mi apatía con la navidad y bastante historia familiar.

Mi familia es extendida… no en el sentido de número sino en geografía: tengo hermanos a cada lado de los Estados Unidos, una hermana en Costa Rica y padres en Colombia.  Las familias de mis papás están entre Oaxaca, México y Colombia, repartidas en diferentes departamentos.

Navidad la pasábamos un año en Perú, otro en Colombia y en Colombia se repartía entre una vez pasábamos navidad con la familia de mi papá y a la siguiente pasábamos con la familia de mi mamá.  Los años nuevos eran a la inversa y entre una y otra fecha había un viaje torturante de día entero por carretera entre Bogotá y Medellín.  Siempre estábamos de visita, adaptándonos a lo que otros querían hacer y creo que mis papás no tuvieron el chance de plantearse a sí mismos que era lo que ellos querían. Creo que pensaron que lo mejor para nosotros sería celebrar navidades como se supone que se hace, con toda la familia y los tíos y primos como toda la demás gente, pero cuando llegábamos éramos forasteros y en realidad esa sensación de “estar en familia” no la sentimos nunca.

Entonces nunca tuvimos tradiciones propias, o algo que nos uniera en estas fechas. Había navidades en Perú que éramos sólo mis papás y hermanos en la casa, una cena y regalos… y no faltaba la tradicional pelea por cualquier cosa trivial que resultaba en que alguien lloraba, otro gritaba y nadie conversaba a la mesa porque nadie lo estaba pasando bien. Una vez nos reunimos con otras familias de esas expatriadas como la nuestra y entre peruanos, colombianos, guatemaltecos y hondureños: los niños pasamos jugando y creo que todos los adultos  aceptaban que desearían estar en otra parte y con sus propias familias, pero como dice el dicho en inglés: misery loves company.  Ni bien aquí ni bien allá, siempre había algo que hacía falta.

Con los años no ha mejorado la cosa. Navidad sigue siendo una fecha que me genera más estrés y desidia que placer. Es imposible pasarlo juntos, pero también está el asunto que probablemente la razón por la que eso no sucede es porque no es prioridad para ninguno.

También está el peso de la ausencia: es como que si no vamos a estar todos los hermanos, no vale la pena hacer el esfuerzo. No hablo por los demás, pero en mi caso particular, a veces me da pereza porque aunque yo haga el esfuerzo de venir y estar y pasar en familia, con mis padres me queda la sensación que mi compañía no es suficiente si no están mis otros hermanos: que pesa más la ausencia de los que no están que la presencia de los que sí.

A esto creo que se le suma la culpa de no tener “la familia colombiana”TM. Nos han vendido el cuento  que uno debería tener esa familia que siempre almuerza en familia los domingos, que se escriben y se llaman todos los días, que están enterados de la vida de todos. Esa familia colombiana celebra navidad de una manera bastante específica que nunca he sabido qué implica, pero estoy segura que no damos la talla.     Yo soy feliz no teniendo esa familia, pero sospecho que a mis papás a veces les parece que fue que fallaron en algo porque no somos así.

Entonces viene el asunto:  quiero liberarme de ese peso. Con mi nueva y recién formada familia, quiero poder armar nuevas tradiciones que se ajusten a lo que nosotros queremos aunque sea completamente diferente a lo que hacen los demás.   El flaco tampoco tiene tradiciones navideñas familiares, así que estamos en las mismas; pensando en qué cosas  evitar de la  navidad, recordar que sí nos ha gustado  y descubrir qué podría gustarnos para hacer año tras año.

Ya he avanzado un poco con mi lista: me gusta hacer los regalos de navidad. Los calendarios de adviento me gustan también, y ya hice uno para la familia de mi hermano el año pasado, y otro para mi hermana este año.  No me gustan las novenas, tampoco la música guasca.  Me gustan las galletitas decoradas y las casas de gengibre. Me gusta ver Love Actually. No me gusta dar regalos por compromiso. No me gusta el amigo invisible. Me gusta la buena compañía y no me gusta la melancolía en nochebuena.   Ahí seguire poniendo en la lista, agregando las ideas del flaco y pronto podremos tener nuestra propia navidad.

La naturalidad con la que asumimos la violencia

Domingo, 14 de agosto de 2011

Esta semana viví algo que nunca había tenido que pasar: al medio día, trotando por Sabanilla un extraño me atacó en media calle armado con un cuchillo.

Es difícil para mi escribir estas palabras y tratar de hacerlo de una manera coherente, pero lo he tomado como parte del ejercicio que debo hacer para sanar.  Porque si bien físicamente no salí tan mal del encuentro, emocionalmente todavía estoy tratando de averiguar hasta dónde van las heridas.  Parte es vergüenza y un sentimiento de culpa.

De un golpe con el cuchillo en la mano el tipo me cortó en la ceja y en la misma línea debajo del ojo hay un golpe. Luego me tiró al suelo, con lo que mi codo resultó bastante golpeado y raspado. De eso fue lo que primero me di cuenta, ya que tenía la cara bañada en sangre y me dolía el codo. Ya en mi casa noté que mi pecho tenía morados. De milagro no resulté apuñalada, el cuchillo era un cosa enorme del que recuerdo el color oscuro de la hoja y que tenía un tipo de sierra en parte de su filo.  El auricular de mi audífono tiene unos rayones: fueron hechos con la sierra de ese cuchillo, el sólo pensar que el audífono estaba en mi oreja al momento del ataque me hace agradecer que no hubiera sido más grave nada.

Porque al principio yo no entendí lo que me estaba pasando. Estaba escuchando música y vi a un joven que me saltó en frente y lo primero que se me pasó por la mente es que se veía perturbado, pensé que tal vez necesitaría ayuda y cuando subí las manos para quitarme los audífonos y escuchar lo que tenía para decir fue cuando me agarró con fuerza del pecho y vi el cuchillo. No entendía lo que decía, no lo escuchaba. Movía la boca y yo trataba de alejarme de él mientras gritaba pidiendo ayuda.  Había un carro cerca y yo nada más me preguntaba por qué no hacía nada el conductor. Yo trataba de alejarme y huir y recuerdo que el tipo acercaba el cuchillo hacia mi con fuerza y en mi mente logré pensar que ya me estaba apuñalando y yo no lo estaba sintiendo.  Después fue el golpe en la cara, me tiró al suelo y salió hacia el carro y yo desde el piso miraba cómo corría con algo negro con blanco en la mano y pensaba que ahora iba a atacar a los que iban en el carro, cuando resulta que abrió la puerta, se subió y el carro se fue.

Me levanté y vi que se me había caído el audífono, con su cable pelado y pensé que eso era lo que se había llevado, los audífonos. Me fui a sentar a la acera, llevé la mano hacia mi cara y vi que estaba sangrando. Una chica me pasó una taza con agua a través de las rejas de su casa y un señor desde la UCR me decía algo que yo no entendía, sospecho que ofreciendo ayuda pero mi mente no estaba funcionando bien. Escuchaba una música y no sabía de donde salía, cuando vi que en mi mano derecha tenía agarrado el celular que ya sin los audífonos estaba en modo parlante. Sentía que estaba en una nube de algodón. Más gente llegaba a mi alrededor y una señora salió a preguntarme si estaba bien. Yo nada más le dije. Sí, nada más creo que estoy sangrando un poco. Entró a su casa y salió con pañitos húmedos, yo trataba de limpiarme pero no estaba logrando hacerlo bien. Pensé en pedir un espejo y un señor me dijo dónde debía limpiarme, y después pidió permiso para ayudarme. Me limpió y miró la ceja y junto con otro muchacho que había aparecido debatieron si necesitaba o no puntos, ganando el que pensaba que se veía superficial y que no haría falta. Extrañamente, la gente preguntaba de primero “muchacha, se llevaron algo?” tal vez porque la respuesta a la pregunta “le pasó algo” era bastante obvia.

Al rato me di cuenta que andaba una mochilita a la espalda, y al pasarla al frente y abrirla vi que había un casco y unas luces de espeleo y me acordé del motivo por el que andaba trotando por ahí. Llamé a mi amigo a ver si por casualidad sí andaba en su casa para avisarle que me habían atacado, pero que andaba el equipo y ya iba para allá. Él subió por mi y me acompañó a su casa. No me podía comunicar con mi hermana porque el teléfono me tiraba a la contestadora, le mandé un mensaje.

Lo que me sorprende de todo el asunto es cómo asumí que no necesitaba ir a un médico, que ya había pasado y no era nada. Que como no me habían robado, no había nada que denunciar. Llamé un taxi desde la casa de mi amigo y me fui para la casa  a bañarme. Mi camiseta estaba cortada y rasgada, me senté a remendarla. Finalmente mi hermana llamó asustada, me preguntó si necesitaba algo y le dije que nada más quería compañía y un abrazo y ella pidió permiso en el trabajo y vino a hacerme compañía.  Pasé la tarde tranquila, tratando de pensar en otras cosas. En la noche una amiga me mandó un mensaje a preguntar si iba al Art City Tour y le dije que no, que estaba como q golpeada y asustada y que no quería salir. Me llamó y hablamos un rato y me preguntó que a qué hora iba a hacer la denuncia. No se me había ocurrido. O más bien, sí se me había ocurrido ir a hacer la denuncia, pero asumí que no era tan grave, que no tenía nada que denunciar.

Que ella me preguntara eso me hizo darme cuenta que sí tenía que denunciar. Que si los maleantes siguen haciendo lo que se les da la gana incluso al mediodía en una calle transitada es porque creen que no tienen nada que perder. Porque gente como yo o como otros creemos que no podemos hacer una denuncia porque no sabemos quién fue, ni tenemos información. Según los vecinos el carro había sido un elantra y el color era como café o naranja o un color ahí intermedio. Yo no recuerdo la cara del que me atacó, si ni siquiera en el momento estaba consciente de lo que estaba sucediendo como para recordar señas.  No se habían llevado nada “de valor”.  Pero sí me había golpeado, y si no me acuchilló fue porque le dio miedo o no supo cómo o porque ya había mucha gente mirando, pero que nadie debería pasar por algo así.  Entonces fui con ella al día siguiente a denunciar, primero a la policía para que por lo menos lleven la patrulla por esos lados con más frecuencia, y ellos me recomendaron que fuera al OIJ.

Lo primero que uno nota en el OIJ es que uno no está sólo ni es el único. Extranjeros, locales, gente asaltada, atacada, robada. Una señora al a quien al quitarle la cartera le rompieron un dedo de la mano. Un señor al que se metieron al lugar que estaba cuidando y lo golpearon en la cabeza, lo tiraron a la parte de atrás de un camión  y lo dejaron en un monte no sin antes golpearlo y patearlo.  Después de esperar una hora por mi turno ya pasé a ventanilla y allá les conté la historia y me di cuenta que recordaba más detalles de los que inicialmente pensaba. Recordaba la camiseta del tipo, el pelo y también  a la mente se me venían flashbacks de cómo yo veía el cuchillo venir hacia mí. Es extraño pero la manera en la que pude entender lo que me había sucedido fue contándolo. Caí en cuenta que lo que el señor quería probablemente era el celular que tenía en la mano y con el que venía escuchando música.  Pero como me tenía agarrada con la mano derecha y tenía el cuchillo en la mano izquierda, yo giré mi cuerpo alejándome de él lo más que podía, por lo que la mano que tenía el celular  le quedaba mucho más lejos. Cuando traía la mano con el cuchillo hacia mi cuerpo seguro era tratando de quitarme el teléfono, pero yo lo único que veía era ese cuchillo y trataba de esquivarlo, pero el tipo no tenía una mano libre para arrancarme el teléfono de la mano.

En la OIJ me preguntaron si iría a medicina forense. Pregunté que para qué y me contestaron que como estaba denunciando al individuo por agresión, necesitaría cómo probar las agresiones: como no había ido a un hospital o médico, la manera sería en Medicina forense. Así que acepté y me citaron en San Joaquín de Flores al día siguiente. Y fui. Y la espera fue corta, muchas personas estaban allá con heridas causadas por accidentes de tránsito, y otro par por agresión como yo. Entré, me midieron los golpes y me mandaron para la casa. Salí y el sol de mediodía iluminaba todo. Ya que estaba en Heredia, había hecho planes de visitar a una amiga. No me podía comunicar con ella por celular ni por teléfono público y no sabía cómo llegar a su casa. Yo sé donde vive, he llegado hasta ahí, pero no sabría cómo decirle a un taxista que me llevara, no sabía cómo se llamaba la zona para averiguar una ruta de bus y la gente que conocía el área me decía por facebook que nada más tenía que caminar hasta el colegio y agarrar culquier bus.

No pude. La idea de salir caminando sola por ahí me hizo entrar en pánico.  No estaba reaccionando como normalmente lo haría, sentándome a esperar tranquila o preguntándole  a alguien o lanzándome a la aventura. Decidí darme un tiempo a ver si me componía, pero sólo pensaba que el bus que sí sabía para dónde iba era de regreso a mi casa y que sería lo mejor nada más regresarme a la casa y meterme en mi cama y todo estaría mejor.  Sentía mucha rabia conmigo misma de no poder funcionar, de no poder resolver algo. Una señora detrás mío lloraba y caí en cuenta que estaba en la puerta de la morgue y que quienes estaban entrando y saliendo del edificio eran personas con problemas mucho más serios que el mío. Mi hermana llamó  y en vez de palabras al contestar se me salió el llanto. Por la impotencia, por sentirme vulnerable, por el sabor de cobardía y el sentimiento de culpa por sentir todo lo anterior.  Al final ella logró comunicarse con mi amiga, decirle dónde estaba y  mi amiga pasó por mi y ya me pude ir a su casa en donde conversamos, tejimos, cocinamos y la pasamos tranquilas.  Mi hermana pasó por mi y así no tuve que regresarme sola a casa.

Parte del impacto emocional es el hecho que después del ataque, lo único que pensaba era que afortunadamente el tipo no se había llevado nada. De una vez, automáticamente, desconté el hecho que me hubiera herido para pensar en las cosas materiales.  Pero sí me arrebató algo y es mi seguridad. Tengo que darme cuenta que ahora me da miedo salir sola a la calle. Que la luz del sol ya no es sinónimo de más seguridad. Que si voy por la calle y se me acerca alguien, mi corazón se acelera. Que cuando se me vienen imágenes del ataque a la mente si le doy rienda suelta a mi cerebro termino yo agarrando a puñaladas a quien me atacó, o reventándole la cabeza contra el suelo como si fuera una escena de Spartacus.  No quiero ser el tipo de persona que cuando piensa en qué haría si esto vuelve a suceder lo que primero se le venga a la mente es que debería comenzar a entrenar Krav Maga a ver si aprendo como causar la mayor cantidad de daño posible.  No quiero sospechar de la gente, no quiero andar con miedo. No quiero llorar cada vez que salgo al semáforo. Ni apretar los dientes todo el tiempo hasta que me duelen las mandíbulas.

Me da rabia que toda persona que se ha enterado de lo que me pasó tenga una historia (o varias) usualmente peor. Que la reacción principal es pensar qué hicimos para merecernos eso: que no debería andar con el celular si voy a trotar, que no debería andar audífonos, que no debería salir a trotar sola, que todo mundo sabe que es peligroso trotar afuera de la UCR, que no debería haber pasado por esa calle, que… pero no! No hay NADA que haya hecho que haya estado mal. La persona equivocada no soy yo, es el maleante que cree que puede atacar gente a plena luz del día porque sabe que las leyes, o más bien, la ausencia de ellas lo protegen.  Yo tengo derecho de salir a la calle por mi cuenta sóla y que no me suceda algo malo. Tengo derecho a tener bienes y que no me los traten de quitar a la fuerza. Tengo derecho a no tener miedo. A ser feliz otra vez. Y a no sentirme culpable porque no he podido nada más “superarlo” como si debiera estar feliz que no fue peor. Estoy agradecida con la providencia porque pudo haber sido mucho peor, pero eso no lo hace aceptable.

Ya hice lo que podía: denunciar al individuo, reportarlo a la policía, dejar un registro en el que tal vez ya no se salga con la suya como mero “asaltante” sino como el agresor que es. Y cada vez que escribo o que cuento lo que me pasó pierdo la vergüenza de haber sido víctima.  Porque de pronto ahora entiendo un millonésima parte de lo que es ser víctima de algo y cómo está amarrado  a la vergüenza: antes me parecía ridículo que una víctima de agresión se culpara a sí misma, pero uno lo hace. No es coherente pero es lo que pasa por mi mente.   Ahora nada más me queda poder salir a la calle otra vez a trotar. Desde ese día he encontrado excusas convenientes para no hacerlo pero en realidad no necesito excusas sino que hay una razón. Me da miedo. Y nada más espero que ese miedo se me quite pronto.

Manual del Amigo

Sábado, 11 de diciembre de 2010

Hacer amigos como adulto es difícil. Conservar amigos después de irse por más de 3 años a otra parte es todavía más difícil. Y tener amigos para salir de noche es diferente a tener amigos para hablar de los problemas a calzón quitado y que me peguen  un par d cachetadas si estoy sobreactuando y haciéndome la víctima. Sobre todo una tarde de sábado o domingo, porque esos son los días altamente cotizados por todos los amigos del mundo: si uno recibe invitaciones para salir a tardear en una de esos dos  días es señal  que  tiene amigos que lo aprecian.

Hay gente que tiene esa facilidad de hacer amigos inmediatos y que la gente quiere mantenerse en contacto y hablarles y conversarles e invitarlos a toda parte: esas personas tienen mi máximo respeto. ¿Cómo es que lo hacen? Yo les confieso que sospecho que soy una mediocre amiga, me cuesta mantenerme en contacto y nunca  llegó el manual del buen amigo a mis manos.  Además que ahora con redes sociales de por medio, las dinámicas amistosas cada día mutan y cambian y me es muy difícil mantenerme al día. Pero tampoco con lo moderno, hay cosas de antaño que me siguen confundiendo. Y por lo general, lo que resulta es que me confundo tanto que prefiero ni hacer el esfuerzo.

Por ejemplo, vean estos hipotéticos casos que todavía me confunden:

1. Voy a contarle algo a alguien: llamo al celular y no contesta, entonces dejo un mensaje de texto y tampoco lo contestan, ni siquiera un Ok. Gracias. ¿Qué rayos significa?

A. Están ocupados  y aunque no te lo digan apreciarán el gesto.

B. Estoy en Colombia y la persona está sin minutos y no le dio tiempo de llegar al celular, entonces agradece mucho, pero no es capaz de contestarme.

C. No tienen mi número grabado entonces no saben que soy yo la que está llamando, y como tampoco firmo el sms no tienen idea de a quién contestar.

D. Gracias al identificador de llamada se dieron cuenta que era yo llamando, y pasé automáticamente por el filtro de “no me podría importar menos lo q tenga para contar”.

2.  Me encuentro con alguien a quien no he visto en años. Quedamos en que tenemos que vernos pronto y extienden una invitación futura a su casa sin fecha determinada. ¿Cómo proceder?

A.  Esperar a que la persona haga la invitación, como se comprometió a hacer. Al tiempo, preguntarme que le habrá pasado a la persona, que parece que se le olvidó de nuestra reunión.

B. Después de un tiempo prudencial en que la persona no da señales de vida, enviar un mensaje sugiriendo una salida a tomar café o algo.

C. Olvidarte de la invitación, porque todo mundo sabe que “un día te invito” es una manera cortés de decir “no creo que nos volvamos a ver socialmente. Nunca”.

D. Un día sacar el tema y sugerir una salida, a lo que la persona nuevamente dirá que un día de éstos.

3.   Conozco a alguien, me cae bien.  ¿Quién agrega a quién al facebook?

A. Pues si me cayó bien y tengo el facebook, le mando request.

B. Espero a que me mande request, después de todo eso establece el pecking order.

C.  Qué putas importa el facebook? Mejor pedir el teléfono.

D. No importa, igual si tienen cosas en común se seguirán viendo, y si no, pues no.

Además de otras preguntas a las que no sé ni las opciones, como ¿cuántas veces es normal llamar a alguien que no contesta su teléfono para no ser molesto e insistente? ¿Las invitaciones a planes se hacen intercaladas, o es normal ser uno quien haga las invitaciones repetidas veces?  ¿Si tengo un plan pero me arrepiento a último momento: es mejor ir aunque crea que lo pasaré mal, o es mejor no ir?

La cosa es que hay gente de todo tipo, y reacciones y situaciones tan diversas que es imposible de categorizar y catalogar.  Y por eso creo que termino siendo la amiga mediocre, la que nunca llama porque no quiere ser intensa y molesta, la que no insiste con los planes nocturnos, la que espera que la inviten porque no quisiera ser “la que se invita sola”.  Sí organizo planes y cositas, y eso me salva, creo yo, de ser la amiga rémora. Y a veces a alguna gente la entiendo mejor y entiendo cómo actuar con ellos y cómo no empelicularme y sé que son de las personas que lo que piensan y dicen y hacen coincide, y mi vida es mucho más fácil.

Si alguien tiene el susodicho manual del buen amigo… ¿por favor me lo hacen llegar?

Regreso

Martes, 21 de septiembre de 2010

Se me acaban los días de este viaje, y en 2 semanas estaré de regreso en Costa Rica. Aunque les cuento un secreto: no quiero regresarme.

Acá estoy a gusto, con familia, acompañada, con mil proyectos.  En las mañanas hay alguien esperando que me despierte para contarme sus aventuras de superhéroe, o para charlar un rato mientras tomamos un café. Después voy al gimnasio y tengo un entrenador que sabe qué ejercicios ponerme según el día.  Llego y hay refri llena de cosas ricas para comer.  Cocino comidas deliciosas y exóticas porque se consiguen los ingredientes fácilmente y lo demás ya existe dentro de la alacena.  Trabajo en las noches o tardes o mañanas y respiro aire fresco todos los días. Paso poco tiempo sentada frente a la compu. En pocas palabras:  he estado en un delicioso limbo y no quiero despertar.

Tengo miedo: de un lugar que me suena cada vez más ajeno y de la posibilidad que al llegar lo confirme.  Que los amigos del pasado obviamente han seguido sus vidas y que no haya espacio para mi en sus ajustadas agendas. Que tal vez tengan espacio y yo descubra que ya no tenemos nada en común.  Que no tenga suficiente plata para el estilo de vida que la mayoría de ellos ahora manejan. Que mis hábitos ermitaños me terminen aislando. Que sin celular como que uno no es persona.  Que todos se hayan convertido en hipsters y yo en intolerante.  Que sin carro no se pueda salir. Que con carro no se pueda salir. De la inseguridad. De lo desconocido. De los conocidos que se convierten en desconocidos.

No me decido si es miedo a lo desconocido o más bien soy como un marinero: que no se siente gusto llegando a puerto al no ser que sepa que pronto volverá a zarpar.

Fatalismos

Martes, 1 de junio de 2010

Hay días en los que me despierto fatalista.

Hace unos meses vi Idiocracy. Es una película que aparentemente carece de valor cinematográfico, sin embargo incluye una visión distópica del futuro que poco a poco me ha ido preocupando, y que en mi mente me debato entre  imaginar a  Darwin  riéndose a carcajadas mientras se lava sus manos en seco o revolcándose en su tumba.

Luke Wilson protagoniza esta comedia acerca de un hombre común y corrriente de nombre Joe Bowers, quien posee la inteligencia menos aguda que se pueda encontrar en todo el universo. Sin embargo, cuando ante la negligencia en un experimento de hibernación del gobierno despierta en el año 2505, se encuentra con una sociedad tan idiotizada por el comercio masivo y la televisión basura, que se convierte en el hombre más brillante del planeta. (fuente: mil páginas de internet con el mismo texto y yo que no encuentro la opción que google me muestre la primera vez que esto apareció esto en línea)

Y entonces veo que esto se está cumpliendo. La gente inteligente cada vez se reproduce menos por opción, porque “que feo traer más hijos a este mundo”, porque la economía no da para más, porque están preocupados pensando en el trabajo o cambiar el mundo. En cambio, los reggaetoneros, los traquetos, los maleantes se reproducen como ratones. Los pueblos escogen candidatos sin pensarlo mucho, la televisión “educativa” cada vez educa menos cuando hasta Discovery Channel saca realities y Animal Planet inventa intrigas con animales.

Y de pronto pienso que para allá vamos. Pero no sólo eso.

Ahora veo lo del desastre en el golfo de México y siento que el pico petrolero se nos viene de golpe. Que un día despertaremos y al ir a tanquear el carro nos daremos cuenta q no hay gasolina en esa bomba. Entonces iremos a otra, y tampoco. Y encenderemos el tele y nos avisarán que se acabó el petróleo. Que habían pensado que mejor no alarmarnos mientras buscaban una solución, pero que ya, se les pasó el tiempo y se acabó y que So long and thanks for all the fish.

Que no haya petróleo no sólo significa que no tendremos carros. No señor. Tampoco habrá cómo transportar alimentos de un lugar a otro. ¿Esa fábrica? Pues lleva sus productos a tu supermercado en carros. Entonces digamos que  nos quedamos sin alimentos, sin medicinas, sin ambulancias ni  hospitales. Entonces un día, un cable de esos de telecomunicaciones se rompe en medio del océano. Y zas. Nos quedamos sin cómo comunicarnos porque no hay gasolina para transportar los equipos que arreglarán ese problema.  Y que otro día la planta generadora de energía deja de funcionar, y tampoco tendrán como ubicar a quienes las reparan y de pronto: caos total.

Y me da pánico que me suceda estando lejos de la gente que quiero. Que mis papás en su pueblo estarán bien. Tienen su huerta, saben cultivar, hay agua potable en fuentes y ríos cercanos.  Pero que me agarre a mi a miles de kilómetros de mi familia y al mejor estilo Zombieland me tocará recorrer y recorrer territorio buscando cómo reencontrarme con ellos no me anima.

Un apocalipsis tecnológico implicaría que nuevamente llegaríamos a una época de supervivencia del más apto: el fuerte, el matón, el que sabe hacer cosas manualmente.  Eso no necesariamente indica que el más inteligente sobreviva.  Entonces ya ni sé cuál será nuestro futuro. Espero que no me toque vivir ninguna de las opciones.

Creo que prefiero los días en los que mi preocupación es “espero que me depositen mi salario en el banco pronto”.

Momma said ther would be days like this

Jueves, 1 de mayo de 2008

1. Está oscuro por fuera, la mamá se despide y se van de la casa por unos días los padres.
2. La alarma suena, pero el sueño es tan fuerte que no me puedo despegar, porque algo terrible va a suceder, como que si suelto esa madera se caerá toda la casa… que no existe porque la estoy soñando, pero ese no es el punto.
3. Finalmente seca el pegamento y me doy permiso de retirarme del sueño con la labor cumplida, no vaya a ser que deje a los habitantes de sueñolandia sin hogar. Despierto y faltan 15 minutos para entrar a clases.
4. Salto de la cama, me enredo en la cobija y caigo aparatosamente al piso. Menos mal no había guardado la otra cama y caí sobre colchón. Sino creo que me hubiera tocado hacer dientes provisionales para mi misma. Un árbol que cae en medio del bosque sin nadie que lo escuche… hace ruido?
5. No hay papel en el baño.
6. Voy a clases, alguien está sentado en mi silla. Me toca buscar otro espacio. GRRRR.
7. Hora de irme a casa. No encuentro las llaves. Vuelco el maletín. No hay llaves. Salgo a buscarlas. Pregunto. Alguien dice “ah si, alguien se las encontró y preguntó y abrió el casillero a buscar de quien eran las llaves, pero nadie supo de quien eran entonces se las llevó”.

Tenía que ser el día que no hay nadie en casa que pierdo las llaves, alguien se las secuestra en vez de dejarlas en la oficina como le sugirieron y no existe nadie más que me pueda abrir la puerta para entrar a mi hogar.

Menos mal pude conseguir el teléfono del tipo, regañar a los papás por tener un hijo bien intencionado pero bruto y agarrar taxi hasta la conchinchina para ir por las llaves. Si no esto no lo estaría escribiendo.

Ayer apestó fuertemente.

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