Instinto Gaterno

Domingo, 28 de abril de 2013

A la gata le abrimos las ventanas para que pueda entrar y salir de la casa, y tener una vida un poco menos sedentaria. En invierno se las abríamos y ella apenas sacaba la nariz, olía el frío y se regresaba a meterse debajo de las cobijas con el flaco. Pero ahora que primavera ha llegado, le dejamos las ventanas abiertas para que venga y salga a su antojo. Hoy la gata salió como cualquier otro día, con la diferencia que no vino a casa para almorzar. Usualmente ella no se aleja mucho, puesto que hay varios gatos aquí en el vecindario que si bien parecen ser amistosos, a ella no le caen bien y verlos afuera de la casa es garantía que la gata entre corriendo y defienda su territorio de ventanas para adentro. Temprano uno de los gatos vecinos, que es enorme y gris había venido hasta la ventana y trató de meterse, pero como estaba cerrada pegó la nariz contra el vidrio y nada más se contentó con mirar. Después siguió su recorrido.  Me quedé pensando si se habría encontrado con el gato en la calle o si algo le habría pasado. La gata tiene microchip y usa un collar con el certificado de vacunación q dice el nombre de la veterinaria y su nombre, así que si estuviera perdida y la encontraran, nos podrían avisar. Sin embargo, todo eso depende de que la gata esté en un lugar visible, no se le haya caído el collar y no era seguridad de encontrarla viva.

Después que me mudé de Monteverde a San José con la gata,  yo le hice una salida para que pudiera entrar y salir del apartamento por su cuenta, para no interrumpir sus hábitos de gata libre y para que no se aburriera sola en la casa. Un día de tantos, se perdió varias horas, pero yo no me preocupé pennsando que se estaría divirtiendo en la calle.  No me di cuenta que estaba escondida debajo de la cama sangrando por un encuentro con alambre de navajas hasta entrada la noche, cuando me puse a buscar una de mis medias y topé con la bola pegotuda que era la gata en shock. Después de una ida a emergencias y múltiples puntadas, llegó a la casa con la mitad del pelaje rapado y pintado de algo plateado, seguro que antibiótico y lamento que en esas épocas no tenía cámara, porque parecía robocop.  La gata se recuperó y no le quedan indicios que recuerden que casi se le peló la cola como tirabuzón ni que se le podía ver el músculo en su costado y tenía todo el cuello descubierto.  Todas esas imágenes regresaron a mi mente.  El flaco salió a buscarla, miró por el frente y por detrás, la llamó y dió una vuelta por el callejón. Y nada.  Treinta minutos después el flaco salió otra vez, y todavía no aparecía. Me decía que tranquila, que seguro había cazado algo y por eso no tenía hambre, pero yo conozco a la gorda. Ese apodo no es gratis, le encanta comer.  Así que aunque pasé el día hoy en cama por una gripe que me tiene la cabeza como esponja y la nariz como gotera, me levanté, me puse ropa y salí a buscar a la gordibus.

Salimos al callejón y la llamamos. Dí la vuelta por donde usualmente la he encontrado y la volví a llamar, y nada. Dimos la vuelta a la manzana, yo llamándola como la loca de los gatos y nada. Maaaalibuuuu.  Gooooooorda. Gordiiita. Gordibuuuus.  pstt psst psst. Nada. Nos fuimos por el lado lejano de la cuadra, por donde ella no se anima a ir en caso que le hubiera dado de exploradora hoy. Nada. De regreso vimos un gato esconderse debajo de un carro, y era el gato gris grandote que merodea por la casa. Me quedé un rato con el gato gris, y le decía psst psst psst a ver si me hacía amiga de él, como si por hacerme amiga del gato me fuera a dar información de la gordibus.

 

En eso que miraba al gato gris, escuché a la gorda. Escuchaba las plaquitas del cuello y sus maullidos, pero era imposible saber de dónde venían. El flaco no escuchaba nada, pero algo me decía a mí que la gata estaba por ahí, aunque no la pudiera ver.  Me fui entre unos carros, por las partes traseras de unas casas y algo me decía que estaba cerca. Era jugar frío y caliente. De pronto llegué y la escuché más claro, pero muy bajito. Me puse de rodillas y me metí debajo de unos pisos de madera. La escuchaba pero no la veía por ningún lado. De pronto vi un agujero pequeñito en la pared de ladrillos que estaba cubierto de una rejilla metálica y de ahí venían los maullidos! Me acerqué y cuando la gata me sintió más cerca se puso a maullar más duro y a pegar su nariz a la rejilla y ahí sí escuché su canto de “oh miseria” que usa cuando la llevamos en carro a alguna parte.  Estaba en el espacio debajo de la casa, pero por más que busqué, no encontré por dónde hubiera podido meterse. Pensé que seguramente ella tampoco lo encontraba. Llamé al flaco para que se quedara con Malibu y yo me fui a buscar si había entrada más accesible por el frente de la casa, pero no encontré ninguno. El flaco fue a tocar en la casa a ver si nos abrían y ayudaban a rescatar la gata, y mientras eso yo miraba cómo podría lograr que saliera de ahí.  La gata estaba detrás de una tabla atornillada a la pared para tapar el acceso subterráneo, y aunque había suficiente espacio entre la tabla y pared en la parte de arriba y abajo para que la gata pudiera sacar su patita buscando mi mano, no era suficiente para que pudiera salir por ahí. Cuando regresó el flaco a contarme que nadie le había contestado, le pedí  que trajera un desatornillador y con eso quité la tabla por un lado lo suficiente para que pudiera salir la gata, luego dejé todo como estaba originalmente.

 

Mientras la gata estuvo ausente, yo me sentía como la mamá que piensa que ya murió su adolescente porque  no se han reportado por 3 horas, cuando en realidad están pasándola bueno conversando con los amigos.  Que debería dejarla ser, no preocuparme innecesariamente. Pensé en la gata de el flaco que un día se perdió en una casa vacía, y otro día en que la encontraron en la calle y alguien le había pateado tan duro que le rompieron la cadera.  Pensé en el peor de los casos y en el mejor de los casos y agradezco que decidí seguir intentando. No sé si la gata hubiera sido capaz de eventualmente encontrar una salida, pero pienso que si hubiera sido capaz, no se habría perdido del almuerzo.  Así que hoy estoy feliz de tener a la gata acá durmiendo al pie de la cama, porque sé lo terrible que hubiera sido que llegara esta hora, y ella no estuviera con nosotros.

 

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