Monstruosamente Yo

Lunes, 21 de enero de 2013

Cada cierto tiempo lucho contra unos demonios de las expectativas que otros tienen de mi, las que yo tengo de mi y las que socialmente he internalizado como lo que yo debería cumplir (que son diferentes a las que admito abiertamente).

Me peleo contra la sensación de que soy yo la que debe encargarse de la casa.  Por más estudios y lecturas y mundo moderno, siento el peso de una responsabilidad no asignada de “tener bien la casa”. El flaco, por cultura o por ser él quien es, no siente ese peso. Cuando le cuento que ver la cocina sucia es como sentir que estoy fallando, creo que no logra comprender que para mi no es una cocina sucia simplemente, sino que representa cómo “fallo” en mi rol de “esposa”, aunque no sea un rol de esposa con el que estoy de acuerdo ni comparta. Que cuando hay zapatos tirados en medio de la sala cuando yo la limpié en la mañana lo siento como que me dijera “eso que hiciste no importa ni vale la pena”. Aunque yo exactamente lo mismo y no tenga ningún subtexto además de “acá me los quité y me olvidé de guardarlos” el que otro lo haga lo tomo personal.

Complica más las cosas cuando ya de por sí los roles tradicionales están trocados en nuestro matrimonio: yo trabajo tiempo completo y él está trabajando medio tiempo. En teoría eso significaría que él se encargaría de las “cosas del hogar”, y efectivamente hace gran parte de las tareas. El monstruo levanta su cabeza cuando siento culpa por no hacer más. Por no cocinar más. Por no limpiar más. Por no “disfrutar” y hacer con alegría lo que me corresponde. Parte de mi insiste en que debería estar haciendo la mitad de las labores y no estoy haciendo lo suficiente, pero la otra parte insiste en que no, que mi contribución al hogar ya la estoy haciendo de otras maneras.  Pero siento que fallo. Estoy segura que los hombres en la misma situación (trabajan y traen salario, en la casa ayudan después de las horas laborales) no sienten culpa por eso. Pero mi modelo de esposa fue el que me dio mi mamá y ella era ama de casa. No conozco cómo se comporta una mujer trabajadora más allá d lo que veo en la tele y leo en los blogs, pero esas mujeres todas son de mentiras, uno no ve detrás de las cámaras. Y tengo esta lucha de descubrir qué significa para mi, y creérmelo.

A veces pienso qué sucedería si la situación estuviera invertida. Creo que asumiría el rol de ama de casa con el que crecí. Sentiría que tendría que hacer cosas en casa todos los días para contribuir. Buscaría maneras de ahorrar dinero. Haría un presupuesto, listas de compras con lo que está en temporada y pensando en qué es sano y cómo ahorrar. Haría un menú de comidas variado, preocupandome de innovar en la comida y no servir siempre lo mismo.  Mantendría la casa organizada: un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Metería mano con la jardinería, unas lindas hierbas en el patio trasero para sazonar. Estaría buscando cómo hacer la casa más cómoda y hogareña: fotos, afiches, adornos, cobijas para el sofá, cojines, alfombritas, etc. Creo que ya que mis hobbies están bastante ligados a ciertas labores, podría hasta disfrutar de ese nuevo rol y además, en nuestra casita no hay mucho que hacer.

Cuando vivía sola trataba de hacer de esas cosas y balancear el trabajo con lo doméstico, y resultaba en que decidía que algunas cosas no eran tan importantes y no me hacía enredos. Cuando ya era suficiente el desastre, hacía algo al respecto, pero no había auto-drama. Soltera era más relajada, si era desordenada era sencillamente quien era y ya: mujer que vive sola. Y cuando mis compañeros de casa, como mi hermana, se quejaban de mi desastre, me parecía que estaban sobredimensionando las cosas.  Ah, el karma.  Ahora, soy quien era y por días no me importan las cosas, dejo todo pasar: si no se lavan los platos, q más da? si no está limpio el baño, pues la otra semana vienen las que limpian y ya. A veces hay una voz dentro de mi que me dice “Soy una mujer moderna y trabajadora, mi lugar no está detrás de una esponja, no señor! Me he liberado.” Hasta que un día mi mirada cambia y cae todo el peso de lo que no se ha hecho y soy yo la culpable.  Porque pueden pasar semanas sin q me importe algo, pero un día exploto y es LO MÁS IMPORTANTE y como no lo he hecho soy un fracaso. Es horrible. Pero lo peor es que usualmente el chivo expiatorio de estos picos hormonales termina siendo el flaco.

Si los dos estamos novatos en esto de compartir el espacio con la pareja, él también es primíparo en este cuento de vivir independiente.  Está tratando de aprender y tiene el handicap de tener  la peor maestra. Un día le digo que todo está bien, que su ayuda es suficiente, que hace más de la cuenta y más de lo que se podría esperar. Otro día exploto porque está pegajoso el mostrador con todo el tono de “por qué me haces esto a mi”.  Me olvido convenientemente de todas las veces en las que he sido yo quien ha dejado el mostrador sucio.  Porque no  soy consecuente. Yo no educo con el ejemplo y tengo diferentes estándares. No sólo para él y para mí, sino para mí y para cualquier otra mujer en mi misma situación. Y los estándares siempre cambian. Es horrible. Me siento como la peor persona.

El flaco trabaja a punta de amor: tener una casa limpia o en orden  le importan en la medida en que me hacen feliz a mí. Nunca me renegaría por no hacer algo un día, porque sabe que puede que esté cansada, o no tenga ganas o lo que fuera. Él no requiere un hogar a mis estándares, las cosas están bien como están. Y sé que el esfuerzo que hace día a día para mejorar y cumplir con mis expectativas es inconmesurable, sobre todo porque no tiene un filtro interno que le dice que “así está bien” entonces todo lo tiene que pensar y medir. Hace las cosas como yo digo porque quiere que yo sea feliz con eso. Yo nunca tengo que hacer algo a su gusto, porque como yo lo haga está bien para él.

No sé cómo lo hacen otras mujeres. No sé cómo lo hacen otras personas. No sé cómo lo hacen otras parejas. A veces creo que sí, que ya estoy logrando un balance, pero llega el ogro que tengo en mí y un día nada más explota y destruye toda la armonía. Y cada vez me cuesta más perdonarme por eso.

 

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