Cuestiones culturales

Sábado, 14 de abril de 2012

Siento que hay una rara tendencia de engañar y mentirle a los niños con la idea que eso es “la ilusión de la infancia”.

Todo comenzó para el día de los inocentes, April Fools (1 de abril). A algunas señoras les pareció interesante pintar las uñas de los pies de los niños mientras dormían, maquillarles la cara, dejar huellitas diminutas por ahí como rastro de sus diabluras.  Cuando los niños despiertan, entonces les dicen que fueron los duendes que hacen diabluras y les muestran las diferentes evidencias de que los duendes llegaron.

Prueba #2. Día de San Patricio. La misma cosa, pero las huellas todas son verdes, y además se hacen “trampas” para atrapar a los duentes, o se les deja comida (así como a Santa Claus).

Prueba #3.  Pascua. Los niños plantan un frijol de gomita (jellybeans), y al día siguiente en vez de un frijol hay una paleta, quod erat demonstrandum que de los frijoles de goma nacen paletas.  También el mismo truco de las huellas de conejo para que sepan que pasó por ahí el conejo de pascua dejando huevos de chocolate.

Prueba #4:  El hada de los dientes. Ahora hay un servicio que te permite tomarle una foto a los niños y agregar un hada de los dientes para tener pruebas que vino a visitar durante la noche y que les deje plata a cambio de un diente. Además, la gente paga por ese servicio.

Prueba #5: los niños creen que “Santa Claus” trae los regalos, y decirle a un niño que Santa no existe, (o nunca enseñarles eso) es casi casi como robarles la niñez.

Soy yo la única amargada del planeta que cree que esto es muy raro? El mundo ES un lugar maravilloso lleno de cosas reales que pueden ser causa de ilusión, sin necesidad de inventar personajes o situaciones. Enseñarle a un niño a plantar algo real puede tener mucho más de beneficio que el placer instantáneo y completamente falso de creer que de un dulce puede salir un dulce más grande.  Por un lado se le enseña a los niños a temerle a los extraños y por otro es completamente aceptable que un extraño barrigón entre a las casas todos los años… niños que crecen pensando que los conejos ponen huevos, que las fotos aunque se vean muy mal manipuladas… no mienten. Que un ratón que quiere construir un castillo entra a la casa, anda por la cama, se arrastra por la almohada donde dormimos y escarba un diente para dejar una moneda a cambio. Tal vez de ahí venga el miedo a los dientes, y a la idea que con un poco de avaricia de por medio, no tendrían que esperar a que se caigan los dientes para poder suplir un déficit de ladrillitos de marfil. Después nos sorprendemos cuando los niños crecen y creen todo lo que leen en internet. Tal vez sea q nuestros países son tan inverosímiles que más bien nos toca demostrar que las cosas tienen lógica, causas y consecuencias en nuestros hogares.  O seguramente todo esto sucede en América Latina y yo he estado viviendo una burbuja donde pienso que es importado o muy extranjero, cuando no es ni lo uno ni lo otro.

Mis recuerdos más tempranos de navidad no son pensar que venía santa o el niño dios, sino saber que eran mis padres. Eso no evitó que escribiera cartas al “niño dios” y me asegurara que mis padres las vieran antes de yo enviarlas… pero creo que todos sabíamos como era la cosa. Recuerdo un día que vi a mi hermano y mamá escondiendo huevos de pascua por todo el jardín, y después nos pusieron a buscarlos. Es de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia, y no hubo conejo de por medio. Yo no lidiaba bien con los engaños…  De hecho, una parte de los recuerdos rencorosos de mi infancia son de las mentiras que me dijeron. Que si no comía me iban a poner inyecciones de carne molida, cuando yo había visto el inyectador de carnes de mi madre en la cocina, con su aguja de .5 cm de diámetro.  Que la doble línea amarilla de la carretera era el carril para las bicicletas.  Que uno reconocía a los toros de las vacas porque tenían cachos.   Recuerdo la decepción cuando descubrí que esas cosas eran mentira, y eso que todavía era muy niña.  Todavía me da mal genio, y eso todo sucedió hace más de 20 años.  Y mejor ni me meto a explicar la confusión con la que llegué a mi primera confesión a admitir que todavía no creía en eso de Adán y Eva porque nadie había podido explicarme dónde cuadraban los dinosaurios en toda esa historia.

La niña que fui no acepta que sea visto como inocente mentirles a los niños para diversión de los adultos.  Creo que hay maneras de decir las verdades difíciles de manera que no sea más información de la que un niño pueda aceptar, pero de ahí a inventar que las cigüeñas y repollos porque el adulto no tiene la madurez suficiente para explicarle a los niños cuál es su origen es irresponsable.   Seguro le di más de un dolor de cabeza a padres cuyas hijas pensaban que los bebés venían de Europa o de repollos o de cigüeñas, hasta que yo iba por mi libro que tenía dibujos que lo explicaban y les mostraba que no, que los bebés venían de la barriga de la mamá.

Pero acepto que muchos crecimos creyendo algunas mentiras, y que tal vez hay gente que recuerda esas mentiras como con ilusión. Tal vez alguien no sabía que el pollo que se comía era lo mismo que hacía pio pio y se veía peludito y amarillito en los libros de dibujos y vivió para contarlo. O que sienta que la navidad no hubiera sido lo mismo sin creer que los regalos los compraba un viejo barrigón o un niño en un pesebre.   Sé que ya poca gente me lee por estas partes, pero si están por ahí y llegaron hasta aquí, ¿será que me cuentan de esos recuerdos suyos de las “ilusiones” de la infancia, y si la verdad era parte o no de ella?

Comentarios:

Haz tu comentario

RSS