Nuestro hogar sin casa

Martes, 29 de noviembre de 2011

Llevo ya 142 días de casada. Suena a tanto! Sin embargo, sólo 16 de esos días los he pasado con mi esposo, y entonces suena a tan poco.  Aunque estoy algo acostumbrada a hacer cosas de una manera bastante sui generis, en momentos me entra la curiosidad de si estaré haciendo las cosas “bien”.

Sé que no es una situación demasiado normal: vivir en un país diferente al del marido mientras se resuelven los documentos no es lo que usualmente sucede después de la boda. Otras cosas tampoco son tan diferentes a lo que mucha gente vive… no es tan inusual que las parejas vivan con los padres de alguno de los dos. Pero normal o anormal… tiene sus retos.

Quisiera estar dedicándome a construir un hogar lleno de tradiciones para el futuro. Decorando. Llenando la casa de detalles que tengan significado para los dos.  Esta necesidad es como la de un animal por construir un nido. Quiero mi nido, pero no sé cómo obtenerlo.  ¿Cómo se construye un hogar cuando no hay una casa?  A punta de acciones y no de objetos.

Apenas llevamos 8 días juntos después de 4 meses de separación. Conversamos mucho pero también compartimos silencios con comodidad. Hemos visto 3 horas de tele juntos, 1.5 de ellas fueron viendo nuevamente Sean of the Dead, que la vimos juntos por primera vez hace varios años. Nos inscribimos juntos en el gimnasio con metas diametralmente opuestas: yo buscando que los números de la báscula se hagan más pequeños y él que ojalá suban. Cocinamos juntos. Trabajamos por separado. Por lo general pasamos 22 de 24 horas del día en la misma casa. Salimos con mis amigos, salimos con sus amigos.

Pero no puedo esperar hasta  que estemos en el siguiente paso. Quisiera tener más certidumbres, como en la de cuál es el país en el que viviremos.  Si una vez allá viviremos en un apartamento o en una casa. ¿Cómo serán los muebles de nuestra casa? ¿Tendremos jardín? ¿Quién limpiará? ¿Tendremos carro o estaremos en un lugar en el que podamos ser felices peatones (o ciclistas)?  ¿Cuáles mascotas nos acompañarán?

Hay días en los que parece que siguiéramos de novios y que nada hubiera cambiado. No me siento diferente.  Y a veces eso me parece fantástico y otros días me preocupa y me genera ansiedad: ¿acaso no debería estar haciendo “algo” para sentirme más casada? ¿Lo estaré haciendo mal?

Tengo un lugar en mi casa en Costa Rica donde guardo las cosas “para nuestra futura casa”: toallas, individuales, sábanas, adornos, regalos. ¿Es malo pensar que lo más que me gustaría es sentarme a tejer y coser cosas para la casa, como un ajuar de casados?  ¿Cuántas de esas cosas podremos meter en una maleta para un futuro hogar que no sabemos cuándo lleguemos a tener? Son necesarias más como una representación de que yo he “estado haciendo algo” a porque en realidad necesitemos esa toalla o ese juego de posavasos.  Quisier tener una lista de cosas por hacer. Me gustan las listas, me gustan las tareas con pasos establecidos.  Poder ir apuntando cosas y marcando lo que termino o consigo con un check. Pero no existe un mapa de ruta para la vida que estoy llevando ni la que escogí llevar.

Ya traté con ir pensando en las cosas y conversarlas. Mucho de esto lo hicimos antes de casarnos, con una lista de cosas que nos parecían importantes que supiéramos el uno del otro. Pero con mis planes de construir el nido no ha resultado provechoso: Él me mira extrañado de que yo espere que él tenga una opinión sobre la paleta de colores para una hipotética sala en un hipotético apartamento en un lugar no determinado del mundo.

Nuestro día a día no tiene “milestones”. Hay un ritmo en la casa al que tenemos que adaptarnos. Nuestro lugar ahora no es construir sino nada más convivir.  Si voy a cocinarle algo le pido que me acompañe a la cocina y hablamos mientras trabajo, hago el esfuerzo de dejar la cocina limpia. La suegra se encarga de la limpieza de la casa con una dedicación absoluta, la ropa sucia ha sido lavada cuando yo andaba por fuera de la casa.  A veces me paso todo el día en piyama. La cama se tiende cuando no hay gatos enredados en las cobijas, y entre los dos gatos se turnan los horarios para que siempre haya uno ahí metido.  Por su parte él se levanta temprano, va al gimnasio, regresa a casa y se pone nuevamente la piyama para sentarse a trabajar juicioso. Ha cuidado mi tobillo lastimado y es el que está pendiente de cambios en el tamaño. Duerme las siestas con los gatos y se preocupa de cuidarlos, limpiarlos y alimentarlos. Me invita a salir y durante el día me visita al dormitorio nada más para ver cómo voy con mi trabajo. Me calma las neurosis y me asegura que todo va a estar bien.

Lo de siempre, nada escandalosamente inovador, pero muy bonito. Seguimos el ritmo, nos adaptamos y por mi parte yo me quedo esperando a que cuando llegue el día en el que todo paso que demos sea un paso nuevo conservemos la armonía.

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