La naturalidad con la que asumimos la violencia

Domingo, 14 de agosto de 2011

Esta semana viví algo que nunca había tenido que pasar: al medio día, trotando por Sabanilla un extraño me atacó en media calle armado con un cuchillo.

Es difícil para mi escribir estas palabras y tratar de hacerlo de una manera coherente, pero lo he tomado como parte del ejercicio que debo hacer para sanar.  Porque si bien físicamente no salí tan mal del encuentro, emocionalmente todavía estoy tratando de averiguar hasta dónde van las heridas.  Parte es vergüenza y un sentimiento de culpa.

De un golpe con el cuchillo en la mano el tipo me cortó en la ceja y en la misma línea debajo del ojo hay un golpe. Luego me tiró al suelo, con lo que mi codo resultó bastante golpeado y raspado. De eso fue lo que primero me di cuenta, ya que tenía la cara bañada en sangre y me dolía el codo. Ya en mi casa noté que mi pecho tenía morados. De milagro no resulté apuñalada, el cuchillo era un cosa enorme del que recuerdo el color oscuro de la hoja y que tenía un tipo de sierra en parte de su filo.  El auricular de mi audífono tiene unos rayones: fueron hechos con la sierra de ese cuchillo, el sólo pensar que el audífono estaba en mi oreja al momento del ataque me hace agradecer que no hubiera sido más grave nada.

Porque al principio yo no entendí lo que me estaba pasando. Estaba escuchando música y vi a un joven que me saltó en frente y lo primero que se me pasó por la mente es que se veía perturbado, pensé que tal vez necesitaría ayuda y cuando subí las manos para quitarme los audífonos y escuchar lo que tenía para decir fue cuando me agarró con fuerza del pecho y vi el cuchillo. No entendía lo que decía, no lo escuchaba. Movía la boca y yo trataba de alejarme de él mientras gritaba pidiendo ayuda.  Había un carro cerca y yo nada más me preguntaba por qué no hacía nada el conductor. Yo trataba de alejarme y huir y recuerdo que el tipo acercaba el cuchillo hacia mi con fuerza y en mi mente logré pensar que ya me estaba apuñalando y yo no lo estaba sintiendo.  Después fue el golpe en la cara, me tiró al suelo y salió hacia el carro y yo desde el piso miraba cómo corría con algo negro con blanco en la mano y pensaba que ahora iba a atacar a los que iban en el carro, cuando resulta que abrió la puerta, se subió y el carro se fue.

Me levanté y vi que se me había caído el audífono, con su cable pelado y pensé que eso era lo que se había llevado, los audífonos. Me fui a sentar a la acera, llevé la mano hacia mi cara y vi que estaba sangrando. Una chica me pasó una taza con agua a través de las rejas de su casa y un señor desde la UCR me decía algo que yo no entendía, sospecho que ofreciendo ayuda pero mi mente no estaba funcionando bien. Escuchaba una música y no sabía de donde salía, cuando vi que en mi mano derecha tenía agarrado el celular que ya sin los audífonos estaba en modo parlante. Sentía que estaba en una nube de algodón. Más gente llegaba a mi alrededor y una señora salió a preguntarme si estaba bien. Yo nada más le dije. Sí, nada más creo que estoy sangrando un poco. Entró a su casa y salió con pañitos húmedos, yo trataba de limpiarme pero no estaba logrando hacerlo bien. Pensé en pedir un espejo y un señor me dijo dónde debía limpiarme, y después pidió permiso para ayudarme. Me limpió y miró la ceja y junto con otro muchacho que había aparecido debatieron si necesitaba o no puntos, ganando el que pensaba que se veía superficial y que no haría falta. Extrañamente, la gente preguntaba de primero “muchacha, se llevaron algo?” tal vez porque la respuesta a la pregunta “le pasó algo” era bastante obvia.

Al rato me di cuenta que andaba una mochilita a la espalda, y al pasarla al frente y abrirla vi que había un casco y unas luces de espeleo y me acordé del motivo por el que andaba trotando por ahí. Llamé a mi amigo a ver si por casualidad sí andaba en su casa para avisarle que me habían atacado, pero que andaba el equipo y ya iba para allá. Él subió por mi y me acompañó a su casa. No me podía comunicar con mi hermana porque el teléfono me tiraba a la contestadora, le mandé un mensaje.

Lo que me sorprende de todo el asunto es cómo asumí que no necesitaba ir a un médico, que ya había pasado y no era nada. Que como no me habían robado, no había nada que denunciar. Llamé un taxi desde la casa de mi amigo y me fui para la casa  a bañarme. Mi camiseta estaba cortada y rasgada, me senté a remendarla. Finalmente mi hermana llamó asustada, me preguntó si necesitaba algo y le dije que nada más quería compañía y un abrazo y ella pidió permiso en el trabajo y vino a hacerme compañía.  Pasé la tarde tranquila, tratando de pensar en otras cosas. En la noche una amiga me mandó un mensaje a preguntar si iba al Art City Tour y le dije que no, que estaba como q golpeada y asustada y que no quería salir. Me llamó y hablamos un rato y me preguntó que a qué hora iba a hacer la denuncia. No se me había ocurrido. O más bien, sí se me había ocurrido ir a hacer la denuncia, pero asumí que no era tan grave, que no tenía nada que denunciar.

Que ella me preguntara eso me hizo darme cuenta que sí tenía que denunciar. Que si los maleantes siguen haciendo lo que se les da la gana incluso al mediodía en una calle transitada es porque creen que no tienen nada que perder. Porque gente como yo o como otros creemos que no podemos hacer una denuncia porque no sabemos quién fue, ni tenemos información. Según los vecinos el carro había sido un elantra y el color era como café o naranja o un color ahí intermedio. Yo no recuerdo la cara del que me atacó, si ni siquiera en el momento estaba consciente de lo que estaba sucediendo como para recordar señas.  No se habían llevado nada “de valor”.  Pero sí me había golpeado, y si no me acuchilló fue porque le dio miedo o no supo cómo o porque ya había mucha gente mirando, pero que nadie debería pasar por algo así.  Entonces fui con ella al día siguiente a denunciar, primero a la policía para que por lo menos lleven la patrulla por esos lados con más frecuencia, y ellos me recomendaron que fuera al OIJ.

Lo primero que uno nota en el OIJ es que uno no está sólo ni es el único. Extranjeros, locales, gente asaltada, atacada, robada. Una señora al a quien al quitarle la cartera le rompieron un dedo de la mano. Un señor al que se metieron al lugar que estaba cuidando y lo golpearon en la cabeza, lo tiraron a la parte de atrás de un camión  y lo dejaron en un monte no sin antes golpearlo y patearlo.  Después de esperar una hora por mi turno ya pasé a ventanilla y allá les conté la historia y me di cuenta que recordaba más detalles de los que inicialmente pensaba. Recordaba la camiseta del tipo, el pelo y también  a la mente se me venían flashbacks de cómo yo veía el cuchillo venir hacia mí. Es extraño pero la manera en la que pude entender lo que me había sucedido fue contándolo. Caí en cuenta que lo que el señor quería probablemente era el celular que tenía en la mano y con el que venía escuchando música.  Pero como me tenía agarrada con la mano derecha y tenía el cuchillo en la mano izquierda, yo giré mi cuerpo alejándome de él lo más que podía, por lo que la mano que tenía el celular  le quedaba mucho más lejos. Cuando traía la mano con el cuchillo hacia mi cuerpo seguro era tratando de quitarme el teléfono, pero yo lo único que veía era ese cuchillo y trataba de esquivarlo, pero el tipo no tenía una mano libre para arrancarme el teléfono de la mano.

En la OIJ me preguntaron si iría a medicina forense. Pregunté que para qué y me contestaron que como estaba denunciando al individuo por agresión, necesitaría cómo probar las agresiones: como no había ido a un hospital o médico, la manera sería en Medicina forense. Así que acepté y me citaron en San Joaquín de Flores al día siguiente. Y fui. Y la espera fue corta, muchas personas estaban allá con heridas causadas por accidentes de tránsito, y otro par por agresión como yo. Entré, me midieron los golpes y me mandaron para la casa. Salí y el sol de mediodía iluminaba todo. Ya que estaba en Heredia, había hecho planes de visitar a una amiga. No me podía comunicar con ella por celular ni por teléfono público y no sabía cómo llegar a su casa. Yo sé donde vive, he llegado hasta ahí, pero no sabría cómo decirle a un taxista que me llevara, no sabía cómo se llamaba la zona para averiguar una ruta de bus y la gente que conocía el área me decía por facebook que nada más tenía que caminar hasta el colegio y agarrar culquier bus.

No pude. La idea de salir caminando sola por ahí me hizo entrar en pánico.  No estaba reaccionando como normalmente lo haría, sentándome a esperar tranquila o preguntándole  a alguien o lanzándome a la aventura. Decidí darme un tiempo a ver si me componía, pero sólo pensaba que el bus que sí sabía para dónde iba era de regreso a mi casa y que sería lo mejor nada más regresarme a la casa y meterme en mi cama y todo estaría mejor.  Sentía mucha rabia conmigo misma de no poder funcionar, de no poder resolver algo. Una señora detrás mío lloraba y caí en cuenta que estaba en la puerta de la morgue y que quienes estaban entrando y saliendo del edificio eran personas con problemas mucho más serios que el mío. Mi hermana llamó  y en vez de palabras al contestar se me salió el llanto. Por la impotencia, por sentirme vulnerable, por el sabor de cobardía y el sentimiento de culpa por sentir todo lo anterior.  Al final ella logró comunicarse con mi amiga, decirle dónde estaba y  mi amiga pasó por mi y ya me pude ir a su casa en donde conversamos, tejimos, cocinamos y la pasamos tranquilas.  Mi hermana pasó por mi y así no tuve que regresarme sola a casa.

Parte del impacto emocional es el hecho que después del ataque, lo único que pensaba era que afortunadamente el tipo no se había llevado nada. De una vez, automáticamente, desconté el hecho que me hubiera herido para pensar en las cosas materiales.  Pero sí me arrebató algo y es mi seguridad. Tengo que darme cuenta que ahora me da miedo salir sola a la calle. Que la luz del sol ya no es sinónimo de más seguridad. Que si voy por la calle y se me acerca alguien, mi corazón se acelera. Que cuando se me vienen imágenes del ataque a la mente si le doy rienda suelta a mi cerebro termino yo agarrando a puñaladas a quien me atacó, o reventándole la cabeza contra el suelo como si fuera una escena de Spartacus.  No quiero ser el tipo de persona que cuando piensa en qué haría si esto vuelve a suceder lo que primero se le venga a la mente es que debería comenzar a entrenar Krav Maga a ver si aprendo como causar la mayor cantidad de daño posible.  No quiero sospechar de la gente, no quiero andar con miedo. No quiero llorar cada vez que salgo al semáforo. Ni apretar los dientes todo el tiempo hasta que me duelen las mandíbulas.

Me da rabia que toda persona que se ha enterado de lo que me pasó tenga una historia (o varias) usualmente peor. Que la reacción principal es pensar qué hicimos para merecernos eso: que no debería andar con el celular si voy a trotar, que no debería andar audífonos, que no debería salir a trotar sola, que todo mundo sabe que es peligroso trotar afuera de la UCR, que no debería haber pasado por esa calle, que… pero no! No hay NADA que haya hecho que haya estado mal. La persona equivocada no soy yo, es el maleante que cree que puede atacar gente a plena luz del día porque sabe que las leyes, o más bien, la ausencia de ellas lo protegen.  Yo tengo derecho de salir a la calle por mi cuenta sóla y que no me suceda algo malo. Tengo derecho a tener bienes y que no me los traten de quitar a la fuerza. Tengo derecho a no tener miedo. A ser feliz otra vez. Y a no sentirme culpable porque no he podido nada más “superarlo” como si debiera estar feliz que no fue peor. Estoy agradecida con la providencia porque pudo haber sido mucho peor, pero eso no lo hace aceptable.

Ya hice lo que podía: denunciar al individuo, reportarlo a la policía, dejar un registro en el que tal vez ya no se salga con la suya como mero “asaltante” sino como el agresor que es. Y cada vez que escribo o que cuento lo que me pasó pierdo la vergüenza de haber sido víctima.  Porque de pronto ahora entiendo un millonésima parte de lo que es ser víctima de algo y cómo está amarrado  a la vergüenza: antes me parecía ridículo que una víctima de agresión se culpara a sí misma, pero uno lo hace. No es coherente pero es lo que pasa por mi mente.   Ahora nada más me queda poder salir a la calle otra vez a trotar. Desde ese día he encontrado excusas convenientes para no hacerlo pero en realidad no necesito excusas sino que hay una razón. Me da miedo. Y nada más espero que ese miedo se me quite pronto.

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