Panamá: el resto del viaje

Jueves, 12 de mayo de 2011

Vengo cayendo en cuenta que nunca terminé de contar mis aventuras en Panamá, así que acá va un corto resumen:

Salí a pasear por el casco antiguo, y entendí cuál es la magia de conservar esos edificios viejos que se van desabaratando. Porque llega un momento en que esas construcciones dejan de ser ruinas y se convierten en historia, en que hay la posibilidad de restaurarlas y darles nueva vida, regresarlas a su gloria original. En Cartagena lo hicieron y es el atractivo que la ha convertido en una ciudad a la que hay que ir en el mundo, y hora Panamá quiere un poco de eso. Por ahora ves un edificio restaurado junto a uno del cual sólo quedan paredes carcomidas por los años, pero me imagino que en unos 10 años la transformación será completa y estará llena de apartamentos con parejas über-cool que hayan decidido vivir en un pedazo de historia, bares y restaurantes por todo lado para que uno pase de uno a otro brincando y tomando y gozando. Invertir ahora allá creo que será bien recompensado.

contrastes

Los mejores helados del mundo: No les había contado, pero como desde principios de año, descubrí que ya no me gustan los helados. Fue raro y repentino y me di cuenta que en mi cabeza y recuerdo, los helados SIEMPRE saben mejor a la triste realidad de leche batida con mucho aire y sabores artificiales. Cuando me llevaron a comer los mejores helados del mundo, fui dispuesta a comprar, probar y decidir que sí, que los helados ya no son lo mío. No podría haber estado más equivocada. Granclement son LOS MEJORES helados que he probado en mi vida, incluyendo un cono que me comí en París y fue delicioso y costoso y se acabó muy rápido. Probé un poco de helado de lavanda (muy fuerte) otro de agua de rosas (rico pero no para seguir comiendo)  y me decidí al final por un helado de albahaca y uno de limonada con hierbabuena.  Sigo imaginando todas las combinaciones que me perdí. Fue algo asombroso. Fantástico. Imperdible. Justificaría regresar a Ciudad de Panamá sólo por ese helado.

los mejores helados del mundo

Causeway: Cuando sacaron toda la tierra para hacer el canal, tenían que ponerla en algún lado, así que se les ocurrió construir una calle que conectara una serie de islas. Eso es el Causeway. Ahora es un excelente lugar para salir a correr y pasear. Alquilan bicicletas de todos los tipos y desde las de una persona, a tandem a recumbentes y a carretillos familiares a fuerza de pedal. Hay restaurantes y bares y lugares para tomarte refrescos y jugos y nada más sentarte y disfrutar del paisaje.

Cruce de halterofilistas

Regreso en Bus: el viaje es normal, la parada en la frontera de regreso fue más ágil que la de salida. Casi siempre duermo durante todo el viaje, pero en este bus, sorprendentemente tenían buenas películas. Como eran las 11am, pues tampoco era que el sueño me ganara así que me vi Una Mente Brillante y después una en la q salía Marc Anthony y una carajilla que era la hija quien tenía un guardaespaldas en México pero no recuerdo muchos detalles porque la veía entre pestañeadas cada vez más largas.

Pero ahora sí va el aviso de servicio público. Señor. Señora. Si va a viajar en bus, por lo que le sea más sagrado: báñese. Cámbiese la camiseta. Sus compañeros de bus tienen derecho a respirar oxígeno.

Resulta que estaba en la fila y delante mío venía este señor con sobrepeso que olía a los 11 mil demonios. Uno de esos gringos que cree que es lo máximo porque viaja sin equipaje, libre como el viento por todo centroamérica con su mochila diminuta.  Eran las 11am en la calurosa ciudad de Pnamá y se notaba a leguas que el señor no se había bañado ni cambiado la ropa del día anterior. El sudor hacía surcos de sal secos sobre la ropa. Un asco. Pero yo iba tranquila, había comprado mi tkt de bus con anticipación y este señor apenas lo estaba comprando. Cero estrés. Excepto que llegué al bus y ¿adivinen quién me tocó al lado?  No les puedo explicar lo que era sentarse junto a alguien que no sólo ocupa su silla sino además la mitad de la tuya y hiede.  Me ardían los ojos y no sólo de las ganas de llorar pensando en que me esperaban 18 horas de tortura. Apenas estaba el bus arrancando, le avisé al muchacho cobrador que tenía que pasarme, que no podría soportar aquello, y me pasé a otro puesto en el que estuve hasta que llegó su dueña en David. Para ese entonces mi asiento estaba ocupado por un pobre muchacho, pero unos asientos más atrás había uno disponible, pude acomodarme bajo mi cobija dormir. Cuando me desperté en un momento, el asiento junto al pestilente estaba vacío. El muchacho me imagino que hizo lo mismo que yo.

En la frontera, noté que la gente se aseguraba de no acercársele mucho al oloroso, y si estaban lejos, no estar en la dirección del viento. Yo pasé bastante rato pensando: qué será lo que me evita decirle al señor que olía horrible? No fui capaz cuando estuve sentada a su lado, no fui capaz tampoco en la estación de buses ni en la frontera. Como que sentía que era grosero… pero  lo grosero era el olor y la falta de higiene. No sé. Como que ponerlo en evidencia haría peor la situación, o no haría nada para mejorarla.

Pero bueno. Esa fue mi historia en Panamá.

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