Redefiniendo

Viernes, 11 de febrero de 2011

Un día de éstos conversaba con una amiga y tuve un momento de epifanía boba: cuando te das cuenta de algo que seguramente el resto del planeta ya sabe y da por sentado.

“Descubrí” que la diferencia entre las características que determinan nuestra identidad y las características que modificamos según la época y moda,  la diferencia más grande es en la importancia que les damos.

Es posible que esté sobresimplificando la cosa, pero si me pongo a pensar en las cosas que me definen como la persona que soy hay demasiadas que son maleables y que en efecto no siempre han sido las mismas.

Si defino comportamientos: Soy una persona hogareña,  la que le gusta tejer y coser y leer.  Pues no siempre ha sido así. Yo no soy lo que hago, porque he tenido épocas en las que salía de fiesta todas las noches y no por eso era menos yo que ahora.

Si defino actitudes: Soy una mujer a la que no la asusta la soltería, pero que tampoco le asusta el matrimonio o la familia. Hace un año o dos me hubiera parecido tétrica la idea de tener hijos, pero desde que conocí a mis sobrinos, no está en mi lista de cosas por hacer en la vida, pero tampoco en la lista de cosas para evitar a como de lugar.  Antes buscaba un sertido de arraigo, pero ahora he aceptado que soy nómada y que mi patria soy yo.

Suena obvio, pero en su momento fue todo un descubrimiento. Como que ya lo sabía pero no lo sabía o tenía internalizado. Esas características que uno se pone encima: “es que soy celosa”, “es que yo no hago X tipo de cosas”, “es que soy cristiana/vegetariana/republicana”… pues no representa nada. No es inamovible. No es ninguna barrera para lograr lo que se quiere y en el momento que uno desee hacer un cambio, tampoco se va a caer el mundo ni uno va a dejar de ser quien es.

Da cierto grado de libertad. Que nada está escrito en piedra, ni siquiera aquellas cosas que pensamos que están fuera de nuestras manos. Y ya.

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