Disco Duro

Miércoles, 9 de febrero de 2011

-Entiéndame -explicó-, considero que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido de ese vano disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles.

Sherlock Holmes, Estudio en Escarlata

Tengo unos amigos que se saben de memoria la letra de cientos de canciones, y pueden hacer revisión mental para buscar esa frase o esa estrofa que necesitan para ilustrar una forma de sentirse o de pensar. Son de los mismos que no tienen que ver la letra en un karaoke, y no sólo con la canción favorita: pareciera que se las sabe todas de memoria.

Otro amigo guarda detalles. Tiene una memoria prodigiosa y se acuerda de cosas que sucedieron hace años de años de años… pero no como una nebulosa de “ay, yo creo que sí fuimos” sino que puede decirte quiénes estaban, qué película se vio y en qué restaurante se comió. Incluso puede acordarse de qué se habló mientras estaban sentados en la fila.

Están también los que cuando comparamos notas sobre alguna serie de TV, se saben el nombre y número del episodio, la temporada y pueden citar frases. O los que ve uno en cierto tipo de fiestas, que tienen una frase de algún famoso para cualquier momento “Como dijo Lacan”, “Ortega y Gasset en X año mencionó”, etc. En el pasado eran los que se acordaban de los números telefónicos de todos. Ahora estarán los que ponen passwords distintos para cada página y se acuerdan de todos. Esa amiga que conoce a alguien y nunca se olvida del nombre ni el lugar en el que se conocieron: ella le cae bien a todo el mundo.

Me pone un poco nerviosa este asunto. Porque definitivamente no tengo memoria disponible para recordar caras, ni fechas importantes ni para cumpleaños. No me sé los teléfonos de nadie, y soy pésima para saberme la letra de las canciones, si acaso me sabré 3 de memoria, las demás me las he olvidado. Lo confieso: no recuerdo los detalles de lo que estudié en la Universidad y no sé si seré la única de mis compañeros que no puede repetir de memoria los monólogos que hice. No recuerdo las citas ni salidas, en muchos casos tampoco tengo idea de “cómo fue que nos conocimos”. ¿Entonces, en qué estoy ocupando mi memoria?

Creo que mi cerebro es como el cuarto del necio, lleno de cosas que me van gustando, no tanto porque sean útiles. Recuerdo frases de libros favoritos, pero no citables sino nada más como sensaciones. Sospecho que si me pusieran un violín en las manos, mis dedos recordarían dónde posarse y poder tocar “The Long Song”. . Mis manos se acuerdan de cómo deben moverse para tejer un par de medias, o un sombrero o una sencilla bufanda. En la cocina a veces no mido ni peso ni calculo volúmenes: lo hago a puro ojo, basándome en lo que ya leí sobre la receta o las veces que la he hecho antes. Recuerdo videos que he visto, historias que me han contado, cosas sobre las que he escrito.

Recuerdo instrucciones de cómo brillar una lata de gaseosa con una chocolatina para poder hacer un espejo de emergencias o para concentrar la luz y lograr encender yesca. Sé cambiar llantas, puedo encender chimeneas, y a punta de tips and tricks he logrado salvar más de una situación. Para todo lo demás, guardo recordatorios abstractos de lo que he visto, frases sueltas, trucos, consejos, trivialidades que me hacen cosquillas en el cerebro. Datos que me intrigan o me hacen sentir bien, o noticias que me dan vueltas.

En la más reciente versión de Sherlock Holmes (recomendadísima de la BBCOne) Sherlock moderniza la frase que colgué ahí arriba cuando le dice a John que su cerebro es como un disco duro de espacio limitado. Tal vez en eso me parezca a mi cerebro: yo casi no mantengo información en mi disco duro de la compu, todo lo pongo en la red, queda conservado en la nube, disponible desde cualquier punto, e ilimitada. Nada más etiqueto algo para saber cómo encontrarlo después cuando lo necesite. En mi caso tal vez mi disco duro es externo, y se llama internet.

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