Herencia

Sábado, 3 de julio de 2010

Mi relación con mis padres es un viaje que da muchísimas viejas y ni siquiera sé si he llegado. De niña los idolatraba y adoraba, después me di cuenta que palidecían muchas veces en comparación con los padres de algunas amiguitas y otras veces resultaban mucho mejor: o sea, eran padres normales. Después en la adolescencia eran seres manipulables y castigadores;  era un juego en el que ganar implicaba salirse con la suya. Después fueron padres comprensivos que confiaban en mis habilidades y dejaron que volara tranquila y a la distancia nuevamente fueron una piedra en la cual depender. Pero lo que no sospechaba era que al regresar a Colombia y forjar una relación con ellos ya como adulta comenzaría a ver otra faceta de ellos y darme cuenta de una cosa terrible: que soy un espejo fiel de sus defectos y (ojalá) sus virtudes.

En muchas cosas me voy pareciendo y me gusta. En intereses y metas soy bastante parecida a mi papá: trabajo de comunicación en comunidades, docencia, escritura. Soy nerd como él fue alguna vez.  A mi mamá en su gusto por hacer cosas con las manos, desde manualidades, jardinería y cocina.  En la habilidad de respirar hondo y seguir adelante ante lo que la vida le tire en el camino. En que 43 años después siguen casados y disfrutando de los logros que han tenido con sus hijos. Puedo mantener conversaciones con cada uno de ellos por aparte y compartir detalles de la vida, historias, anécdotas, aprendizajes.  Son generosos, cariñosos y tienen los brazos abiertos para extraños, familia y amigos. Pero ¡ay! si sólo fuera que estoy copiando lo bueno.

Alguna vez leí que aquellas cosas que nos caen mal de la gente son nuestros mismos defectos.  Tiene mucho sentido, puesto que algo que encuentre ofensivo o  vergonzoso de mi propio comportamiento no se lo toleraría a otro y sobre todo si es algo que no quiero tener como reflejo constante.

Entonces a ratos mis papás me desesperan con sus comportamientos. El uno hace algo y la otra le responde y el otro contesta y la una se ofende. Y vice-versa.  Se resienten y quedan rumiando su insatisfacción por horas. No admiten errores, pierden la compostura si se los señalan. Tienen sus momentos pasivo-agresivos. Hacen favores a regañadientes, pero tampoco dicen que no. A través de los años han aprendido qué botones apretar para obtener reacciones del otro. Son regañones y se fijan en el carbón entre los diamantes, y te cuentan que ese carbón está ahí y te lo señalan y se aseguran que no se te olvide que se te mezcló un carbón. Uno prefiere evitar el drama y sale solo, otra se indigna porque pasa en casa pero tampoco quiere invitaciones por compromiso.

No sería tan terrible si no fuera una radiografía de mis peores ratos.  Es como ver esas cosas que pretendo que no hago todo el tiempo, y darme cuenta que yo también entro y juego en todos esos comportamientos mezquinos. Percibir desde afuera cómo me comporto no ha sido bonito. Sobre todo porque lo veo y pienso:  ¿será ésta mi herencia?

Necesito cambiar.

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