Fatalismos

Martes, 1 de junio de 2010

Hay días en los que me despierto fatalista.

Hace unos meses vi Idiocracy. Es una película que aparentemente carece de valor cinematográfico, sin embargo incluye una visión distópica del futuro que poco a poco me ha ido preocupando, y que en mi mente me debato entre  imaginar a  Darwin  riéndose a carcajadas mientras se lava sus manos en seco o revolcándose en su tumba.

Luke Wilson protagoniza esta comedia acerca de un hombre común y corrriente de nombre Joe Bowers, quien posee la inteligencia menos aguda que se pueda encontrar en todo el universo. Sin embargo, cuando ante la negligencia en un experimento de hibernación del gobierno despierta en el año 2505, se encuentra con una sociedad tan idiotizada por el comercio masivo y la televisión basura, que se convierte en el hombre más brillante del planeta. (fuente: mil páginas de internet con el mismo texto y yo que no encuentro la opción que google me muestre la primera vez que esto apareció esto en línea)

Y entonces veo que esto se está cumpliendo. La gente inteligente cada vez se reproduce menos por opción, porque “que feo traer más hijos a este mundo”, porque la economía no da para más, porque están preocupados pensando en el trabajo o cambiar el mundo. En cambio, los reggaetoneros, los traquetos, los maleantes se reproducen como ratones. Los pueblos escogen candidatos sin pensarlo mucho, la televisión “educativa” cada vez educa menos cuando hasta Discovery Channel saca realities y Animal Planet inventa intrigas con animales.

Y de pronto pienso que para allá vamos. Pero no sólo eso.

Ahora veo lo del desastre en el golfo de México y siento que el pico petrolero se nos viene de golpe. Que un día despertaremos y al ir a tanquear el carro nos daremos cuenta q no hay gasolina en esa bomba. Entonces iremos a otra, y tampoco. Y encenderemos el tele y nos avisarán que se acabó el petróleo. Que habían pensado que mejor no alarmarnos mientras buscaban una solución, pero que ya, se les pasó el tiempo y se acabó y que So long and thanks for all the fish.

Que no haya petróleo no sólo significa que no tendremos carros. No señor. Tampoco habrá cómo transportar alimentos de un lugar a otro. ¿Esa fábrica? Pues lleva sus productos a tu supermercado en carros. Entonces digamos que  nos quedamos sin alimentos, sin medicinas, sin ambulancias ni  hospitales. Entonces un día, un cable de esos de telecomunicaciones se rompe en medio del océano. Y zas. Nos quedamos sin cómo comunicarnos porque no hay gasolina para transportar los equipos que arreglarán ese problema.  Y que otro día la planta generadora de energía deja de funcionar, y tampoco tendrán como ubicar a quienes las reparan y de pronto: caos total.

Y me da pánico que me suceda estando lejos de la gente que quiero. Que mis papás en su pueblo estarán bien. Tienen su huerta, saben cultivar, hay agua potable en fuentes y ríos cercanos.  Pero que me agarre a mi a miles de kilómetros de mi familia y al mejor estilo Zombieland me tocará recorrer y recorrer territorio buscando cómo reencontrarme con ellos no me anima.

Un apocalipsis tecnológico implicaría que nuevamente llegaríamos a una época de supervivencia del más apto: el fuerte, el matón, el que sabe hacer cosas manualmente.  Eso no necesariamente indica que el más inteligente sobreviva.  Entonces ya ni sé cuál será nuestro futuro. Espero que no me toque vivir ninguna de las opciones.

Creo que prefiero los días en los que mi preocupación es “espero que me depositen mi salario en el banco pronto”.

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