Ser Un-cool

Miércoles, 22 de julio de 2009

Pasé una infancia tratando de ser aceptada. Es parte de crecer. Y no me enorgullezco pero pasé una etapa en la que no era suficiente tener amigos interesantes q lo quisieran a uno: uno tenía que tener los amigos correctos que aumentaran el status.

Eventualmente logré ser la amiga de temporada de muchas de esas niñas cool y entendí que tenían tantas o más inseguridades que yo, sobre todo porque había tanta gente pendiente de lo que hacían o no hacían. Que ellas, quienes establecían esa necesidad de tener que cambiar de amigas como se cambia de ropa según la nueva tendencia de la temporada, eran víctimas de su propio invento. Ellas tenían que andar con las otras chicas populares aunque no se cayeran bien: porque así estaba establecido. Y cuando alguna de ellas establecía que no era bien visto andar conmigo… pues me tocaba salir de circulación como amiga de temporada. Y siempre dolía ese rechazo, pero había que seguir los designios del “cool crowd”: no andar con parias sociales (comme moi).  Ya a los 13, tenía mis amigas para almorzar, pero de vez en cuando me quedaba almorzando con otra gente: con los del club de ciencias, con los chicos de la clase de arte, me metía en la biblioteca y me encontraba con los chicos que también pasaban sus almuerzos allá. Nunca sentí que “pertenecía” a un grupo, tal vez andaba de paracaidista a ver si podía pasar de un ambiente a otro.

Una vez,  el consejero del colegio se acercó a preguntarme (estando yo en 7mo) que si había pensado en las materias que matricularía el próximo semestre (uno en el colegio se diseñaba el programa según los intereses). Yo le conté que no estaría el siguiente semestre porque me mudaría de país. Me preguntó que cómo me sentía con eso, y yo le contesté que ¿honestamente? Genial. Estaba cansada de sentirme como un “outsider”, tenía ganas de arrancar en un nuevo colegio, con nueva gente. Me preguntó que si no extrañaría a mis amigos del colegio. Le dije que en el colegio no tenía realmente amigos, pero que extrañaría a mis amigas del barrio. El me miró sorprendido y me preguntó que cómo así, que él consideraba que a mi me iba muy bien, que era popular. Yo creo que me reí un poco en su cara, por la noción de popularidad, pero él contestó que siempre que pasaba por los pasillos, me veía almorzando con gente diferente, chicos y chicas, muchos de ellos de otros años. Pensé entonces que era una de esas cosas q dicen los consejeros para hacer sentir mejor a los estudiantes con bajo autoestima, así que inventé cualquier excusa y me fui por ahí.

Fue hasta mucho después que entendí lo que tal vez me quiso decir:  él estaba viendo las dinámicas de estudiantes según la mirada adulta, cuando a decir verdad, en la adolescencia lo que más importa es pertenecer a un grupo definido, a un clan. Entendí entonces las caras extrañadas de mis compañeras cuando me veían sentada almorzando y conversando con algún chico de 8vo o 9no. Éramos compañeros de clase de dibujo y algo estábamos conversando de alguna bobada. Después no faltaban las preguntas de “es tu enamorado?”. Yo era tan poco cool que no me daba por enterada de las jerarquías de los otros años, no sabía si eran cool o no, si eran amigos kosher para los estándares de popularidad, pero más importante, todavía no había descubierto a los chicos como interés sentimental, creo que por eso me resultaba fácil hablarles, jamás se me cruzaba por la mente algún episodio romántico ni nada por el estilo. También en mi ignorancia había descubierto por pura casualidad cómo hace uno para conocer gente con la que se podría llevar bien. Sencillamente, cuando llegaba la época de matricular las clases, sucedía que todos se reunían en los grupitos de amigos y yo quedaba ahí suelta, sin tener con quién debatir cuál electiva matricular. Entonces para salir más rápido del asunto y de la clase, miraba las opciones y matriculaba la clase que me gustaba más. Así, si iba a estar sola, por lo menos me divertiría. Y resultaba que en la clase conocía a otra gente que había matriculado la clase porque le gustaba, y teníamos de qué hablar, y conversábamos y de vez en cuando nos veíamos para almorzar.

Ahora, muuuuchos años después de eso, he pasado por épocas clánicas, donde la identidad del grupo casi que me identificaba más que la propia, y pasábamos todo el día casi q pegados de la cadera, incluso nos reuníamos a aburrirnos juntos, cuando no había nada que hacer. También he pasado épocas de soledad, cuando me mudé a Monteverde y no conocía a nadie ni tenía con quién salir. Ahí aprendí a almorzar y cenar sola en restaurantes, también fui a bares sola (y regresaba a las 3am después de tomar mucha cerveza y hablar únicamente, y muy poquito, con el bartender) escuchando en mi discman y cantando bajito “How Soon is Now” de The Smiths mientras caminaba de regreso a mi casa.

¿Y ahora? Pues sigo siendo dolorosamente “un-cool”, sólo que ahora es un poco más socialmente aceptado, o he buscado círculos de conocidos donde mi ñoñez extrema no sobresalga demasiado. Mis amigos los he hecho gracias a internet, y me he dado cuenta que quienes se burlan de esto, son los que han tenido una vida siempre en el mismo barrio, o en la misma ciudad. Los que no han tenido que comenzar de cero haciendo amigos en un lugar en el que uno además de ser nuevo, no entiende la idiosincracia. Me ha dejado de importar el estigma que esto traiga. A veces leo por ahí que la gente que tiene muchos amigos “virtuales” no los tiene en la vida 3d, y pues yo miro a mi alrededor y a quienes considero amigos de internet también los integro en mi vida análoga. No puedo separar el uno del otro.  Igual, a veces siento como un rebote de esas épocas de infancia cuando alguien declaraba que andar conmigo era haram, y noto que hay quienes nunca superaron esa etapa de tratar de definir con quién se puede o no se puede andar.Y pa que, pero uno se hace el fuerte, y a veces uno logra ignorarlo y otras veces las espinas pasan la coraza.

Entonces caigo en cuenta que a nadie que me importe le importan esas cosas. Y que la vida sigue igual.

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