Crianza

Miércoles, 18 de Febrero de 2009

Hace unos minutos volví a visitar un video de la conferencia TED en Estados Unidos, específicamente una charla de Gever Tulley sobre los 5 riesgos que todo niño debe correr.

Ser niño en estos días creo que debe ser la experiencia más frustrante. Aprenden a manejar juegos de video, pero no aprenden a defenderse en el mundo. La niñez es para experimentar, golpearse, romperse extremidades, que lo cosan a uno, quemarse, rasparse: todos efectos secundarios de descubrir el universo que nos rodea. Pero ahora esas cosas son malas. Como si cuidar el envoltorio en el que venimos fuera más importante que cuidar lo que viene adentro: la imaginación, la creatividad, la autosuficiencia y autoestima.

Los padres consideran más seguro un juego de video. Lástima, porque las experiencias ganadas no son reales, puedes ser el más teso goleador en Fifa, pero cuando te toque demostrarlo en una cancha con los compañeros de escuela, no serás capaz ni de conectar el pie con la bola.

De niña tenía una casa en el árbol que construyó mi hermano mayor. Había que escalar por el tronco del árbol, no habían tablas ni escaleras para subir. Era poner el pie entre dos ramas, después sobre otra, girar al otro lado, seguir subiendo usando brazos y piernas. A los 5 años ya era el lugar donde nos escapábamos de mi mamá cuando nos quería castigar. Esa sensación de tirarse sobre planchas de madera en la copa de un árbol y mirar el cielo por entre las ramas es inolvidable.

Mi hermana y yo casi no veíamos televisión antes de los 7 años. Eran épocas antes de Discovery Kids, de Nikelodeon, de Cartoon Network y Disney Channel. En cambio, jugábamos mucho en el jardín, hacíamos pasteles de tierra, corríamos, rodábamos por el pasto, investigábamos qué plantas eran comestibles (la planta de chile habanero rápidamente descubrimos que no lo era), hacíamos cadenitas de flores, practicábamos gimnasia acrobática.

Cuando no salíamos, armabamos universos para las barbies con cajas y dibujos en la alfombra que representaban el plano de la casa. Leíamos las guías de Boy Scout de mi hermano y aprendimos a hacer nudos, hamacas, cómo hacer una fogata. Hacíamos campamentos con sábanas extendidas entre las camas y tratábamos de aprender código morse, lenguaje de señas para sordos y claves secretas para enviarnos mensajes.

Cocinabamos y hacíamos reposterías. Algunos experimentos desafortunados (como la torta que hizo mi hermana con un merengue que no batió lo suficiente, entonces tenía una capa de “huevo frito” por encima y gajos de mandarina), otros exitosos como los merengues, brownies, pancakes y tortas más sencillas.

En mi infancia tuve binoculares, cámara,  una navaja suiza, bicicleta. ¿Para qué más? Salía durante el día y montaba bicicleta libremente con mis amigas, navegábamos en botes en una laguna artificial, subíamos los cerros, nos bañábamos en la piscina, perseguíamos gansos, pescábamos, andaba en bus público sin adulto responsable, jugaba con tierra, construía casas club, cosía en máquina, tejía, pintaba, modelaba. No había teléfono celular para que me tuvieran controlada. Yo decía para donde salía y estaba el compromiso que cuando mi mamá sonara la campana que tenía pegada en la terraza, pegaba la carrera para regresar, o aprovechaba para hacer la usual llamada de “mami, me invitaron a quedarme a cenar, y después me llevan a la casa”.

Ese aprendizaje de calle ayuda físicamente y mentalmente. La sensación de superación cuando uno hace algo bien por primera vez es incomparable. Lástima que cada vez sea más raro, que los niños estén desconectados con su entorno, que no exploren, que no sepan que hay ciertas cosas que todo niño debe saber: cómo leer un mapa, saber la hora por el sol, calcular distancias, usar un cuchillo, encender un fuego y principalmente, disfrutar la vida.

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