Crapúsculo

Martes, 10 de febrero de 2009

Hace unos meses me descargué y leí la serie completa de los libros de vampiros de  Stephenie Mayer: Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer.  En menos de 5 días ya me los había leído todos. Claro que no eran tan largos ni tan complejos, pero sí tenían algo que hacía que uno le diera vuelta a las páginas una tras otra hasta altas horas de la madrugada.  Lo raro es que no son buenos libros… las imágenes que usa son trilladas, los símbolos son tan sutiles como un ladrillazo en la nuca, los personajes  en su gran mayoría son tan detestables que se te antoja ahorcarlos cada 3 páginas y tras de eso está mal escrito.  De hecho, cuando se los mencioné a mi hermana mi frase fue algo como “Se lee como un fanfic” y sí, tiene eso de ficción escrita por fanáticas adolescentes hormonudas que me encantaba cuando yo era una de esas.  Y eso que el fan fiction es como la chunchurria en la pirámide alimenticia de la literatura: tras de que es horrible, es malísima para la salud.

Era a ratos como leer una de esas novelas de Corín Tellado (aunque resulte un insulto para la Señora Collado) , donde parece que hay una ruleta de frases o un “Generador de clichés” automático, del que resultan: “miró sus profundos ojos violeta con pasión, mientra la sostenía fuertemente en sus brazos, estrechándola hasta que se fundieron en un beso que llevaba en sí toda la furia contenida por bla bla bla”  Leía feliz un párrafo y mis ojos de pronto giraban en sus órbitas  como invocando paciencia con la bruta de Bella. Y el efecto aumentaba a medida que avanzaban los libros, hasta que el último resultó ser un bodrio espantoso con escenas de musical, donde poco faltó para que todo el elenco se reuniera a cantar al final. (Renesmee por dios… Renesmee!!! Puaj.) Si no hubiera sido una versión digital, hubiera lanzado el libro por el cuarto.

Al libro tampoco le perdono que habían lugares donde me sentía como Truman Burbank cuando se da cuenta que su pueblo es un montaje, que los ascensores no llevan a ningún lado y que la gente siempre hace exactamente lo mismo a las mismas horas… veía a la autora sentada en la esquina de la habitación al lado opuesto de la puerta, mirando el piso recién pintado que la separa de la salida, y después el super remiendo con que salía del enredo en el que había metido a los personajes.

Es que es difícil meterse en los zapatos del personaje, va en contra de todo lo que uno ha aprendido para defenderse como mujer:

“Soy Bella, una chica adolescente muy bella aunque tengo bajo autoestima entonces no sé que soy linda, excepto que le gusto al chico más guapo del colegio que resulta ser un vampiro y me quiere matar porque mi sangre le huele deliciosa, pero no me importa, porque lo AMO.  Y lo amo más cuando me di cuenta que había pasado meses en mi cuarto viéndome dormir cual si fuera un stalker desesperado voyeur pederasta.  Aunque soy independiente, soy una boba con voluntad de veleta que le hace caso a todo lo que mi novio que me chantajea emocionalmente me dice, desde a dónde ir, con quien hablar, qué vestir y cómo comportarme. Es que es taaaaaaaaaaaaaaan guapo”.

Acá se armó una buena discusión al respecto, tratando de desentrañar cómo algo tan malo puede atraparnos, como comer masmelos uno después de otro aún después de sentirnos asqueados con el sabor.  Tal vez el atractivo de la serie es que cumple con varias fantasías femeninas: 1. El mito del malo que en el fondo es bueno, 2. la idea que el amor lo cambia todo,  3. El sueño de encontrar al tipo que es incomparable, deseado por todas y que nos escoja a nosotras.

Pero como todas las fantasías,  al llevarlas a cabo (o vivirlas vicariamente a través de un libro) quedan cortas.   MUY cortas. Quería ir a ver la película en el estreno. No fui. Después sucedió una cosa, y otra y cuando me di cuenta, ya no la estaban dando. Entonces recurrí a medios alternativos de distribución cinematográfica, y me senté con El Flaco a verla. La película tiene menos ejemplos de la falta de criterio de Bella y de la naturaleza machista y abusiva de Edward que el libro, pero aún así me sentí culpable de tenerlo sentado mirando esto. Sentí pura vergüenza ajena. Penita de los clichés, de las cejotas de Edward, de la historia sacada de la manga, como si fuera yo la culpable de haber escrito el libro del que se basó una película en la que los vampiros son veganos, pueden salir al sol, no los mata el fuego, ni las estacas ni el ajo y juegan Baseball. BASEBALL!!! En ese momento juré que había sido una apuesta de la autora con alguien que le dijo que no sería capaz de hablar de baseball en una novela de vampiros y está ahí metida como un “guiño, guiño” para las 3 personas que la conocen, han leído el libro y todavía quieren ser sus amigos.

Y ahora que sé que hay opciones, no le perdono las fallas a Crepúsculo. Obviamente a las adolescentes no las van a dejar ver  True Blood por HBO porque muestra demasiadas tetitas para el gusto puritano.  Van a preferir que sigan el ejemplo de la heroína que deja que su novio inmortal la mangonee y la controle para luego abandonarla que dejarlos ver a una chica que no come cuento del novio vampiro y más de una vez le salva el pellejo y que sí… que se pega los besos y las revolcadas con orgullo.  Las historias son muy similares, vampiros, mortales, telepatía, licántropos y muertes por montones, pero en el desarrollo, están a años luz de diferencia.

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