Placer Perdido

Lunes, 1 de septiembre de 2008

Mala sea la hora en que las librerías decidieron que era una buena idea de negocio tapar todos sus libros con bolsas plásticas transparentes para que nadie pudiera abrirlos y leer lo que estuviera contenido entre sus portadas.

¿Qué es lo que pretenden? No entiendo la lógica. Si es que le tienen miedo a los libros que se dañan o ensucian, está primando el interés de mantenerlos “sin leer”, y efectivamente, tampoco se irán a vender. Porque hoy por hoy, los únicos que van a una librería y salen con una bolsa en sus manos eran los que iban a comprar un libro en específico, alguno del que escucharon hablar o comentar, de esos que tienen campaña de marketing. Los libros de aquellos que no son populares, quedarán ahí en los estantes. Por desconfianza.

Que no me permitan ojear el interior de un libro antes de comprarlo me parece a engaño. No me dejan ver cosas prácticas como la calidad del papel, el tamaño de la letra, el tipo de tipografía. Tampoco me dejan revisar cómo es el estilo del autor, si es una prosa que te arrastra y te empuja y te lleva dando tumbos como un caudaloso río hasta que finalmente termina en el océano, o si es de esos libros que al leerlos pareciera que uno va reptando en un estanque lleno de brea y vidrios rotos, que uno.no. avanza. No me dejan estudiar el lenguaje del libro. Si es una historia de “entonces esto, y luego esto, y después tal cosa” o si es de esas donde te dicen “entonces ahí, miraba su dormitorio con sábanas de 350 hilos por pulgada, blancas con rayas pinceladas en ocre y marrón, sobre el colchón de crin de caballo en la cama con respaldar metálico del 1676 durante el reino de tal por cual.. y si tanta descripción es justificada, o justamente lo que corona el libro.

Si no puedo acceder al interior, siento que me están diciendo: Es que creemos que si ud. mira el interior del libro, podría leerlo acá y decidir que no se lo quiere llevar. Es el miedo a que la gente vaya a una librería a… leer.

En los centros comerciales en Costa Rica, podía pasar entre todas las tiendas, y después 45 minutos en la librería. Entraba y miraba de todo. Leía páginas al azar de libros, miraba fotos de libros de arte. Había sillones y butacos y mesas para hacerlo. En la zona de arte, siempre había un par de personas sentadas en el piso, con montañas de libros que no pueden pagar por sus presupuestos, pero ahí, soñando del día en que pudieran revisar las fotos favoritas al momento que quisieran y les diera la inspiración: en sus hogares. Leer libros en una librería te genera una necesidad de poseerlo. De disfrutarlo con tiempo. De poder mirar que el regalo que le vas a dar a tu abuelita corta de vista viene con tipografía más o menos grande. A veces encontrabas un libro con bolsa alrededor. Entonces el chico de la caja te explicaría que ese tomo está embolsado y que la versión abierta la tiene otra persona, que si gustas, está sentada allá. Pero con más frecuencia, agarraba unas tijeritas y zip. Te arrancaba la bolsa para que pudieras revisar el libro con tranquilidad y tiempo.

En las librerías colombianas entro y salgo. Me enfrento con displays poco inspirados y no puedo meterle mano a nada. A lo sumo, y aún teniendo tiempo para matar, tardo 5 minutos. Tienen si acaso una mesa vacía en el centro. O gente sentada ahí esperando que sus acompañantes terminen el trámite, mirando vacíamente al espacio. Quieren vender libros, pero no fomentar la lectura. Quieren vender libros, pero no facilitan para que uno pueda encontrar alguno nuevo. Quieren vender libros pero no quieren que uno tenga criterio para escarbar en uno, desecharlo y seguir buscando aquel que te atrape.

Que rabia que me da. Me han robado un placer.

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