Mi vicio

Lunes, 8 de septiembre de 2008

El otro día, dejando de lado violentamente trabajo, comida, higiene personal y amigos, me abandoné al vicio, a esa adicción que sufro desde los 10 años, o tal vez antes. No me bañé, no comí, no organicé, no trabajé, no salí. Me quedé acurrucada en mi cama, obsesionada por una novela que había caído a mis manos.

Creo que me sentía como ludópata en Las Vegas. No me importara que fuera en PDF y no en el formato análogo que prefiero: incluía una historia de la que me era imposible alejarme.

Así me viene pasando. Consigo una nueva lectura, como la serie Twilight de Stephenie Meyer, y en menos de 48 horas me he devorado los 4 tomos. Neverwhere de Neil Gaiman lo fulminé en menos de 12 horas. Desde Harry Potter me di cuenta que mi bibliodependencia no solo me afectaba a mi sino también a mi familia. Podía pelear y gritar con mi hermana por quién tendría derecho a leérselo primero, y que nos interrumpieran en medio de la saga era motivo de pelea con jalada de pelo, aruñazos, patadas y manotazos: mi mamá siempre decía que las damas no se dan de puños.

El problema con ésta, como con todas las demás adicciones es que uno va creando resistencia y buscando experiencias más fuertes. Uno cierra un libro bueno y sabe que está condenado a buscar un libro mejor que los siga para alimentar la adicción. Pero justo ahora, me encuentro sin material de lectura para continuar. Menos mal. Porque ya era hora de sentarme a trabajar.

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