Fe

Lunes, 11 de agosto de 2008

Abrí los ojos a las 6:50am. Mientras me acurrucaba debajo de la delgada cobija y hundía mi cabeza llena de nudos en la almohada más profundamente pensaba en si debería darme la vuelta y seguir durmiendo o… algo tenía importante que hacer. Ese pensamiento irrumpía en mi mente y fue creciendo como un tsunami en mi cerebro. Algo… algo… algo. A… Aeropuerto! Miré nuevamente el reloj: 6:50. Mierda. No me habían llamado a despertarme a las 5 y a las 5:15 como había solicitado a la recepción. Mi avión salía a las 8:05 minutos, y se recomienda estar 2 horas antes en el aeropuerto. Mierda.

Me puse la ropa del día anterior, me amarré la maraña que hacía el papel de “pelo” esa mañana y agarré cuanta cosa estaba fuera de la maleta para salir corriendo. Un sobre quedó bajo la puerta sin que me percatara de él. Tuve que devolverme a medio camino porque llamaron del hotel a avisar que lo habían encontrado roto bajo la puerta. Más minutos perdidos. El taxista hacía zigzag, se metía por calles y yo nada más rezaba porque el vuelo se atrasara. “Que se retrase el vuelo, que se retrase el vuelo”. Llegué al aeropuerto a las 7:20, corro a cambiar toda la plata en pesos mexicanos que tenía, me brinqué todas las filas y logré convencer a otros pobres que también estaban a punto de perder vuelos, pero después del mío, que me dejaran pasar. Mi cara de angustia, de “mi vuelo sale en media hora” creo que fue suficientemente convincente. Entonces el supervisor me señala a la ventanilla y me dice “ya es tarde, perdió el vuelo”. Pido por favor, me quedo en la fila, ruego que alguien se apiade de mi y de mi maleta. Estoy dispuesta a dejar mis dos botellas de tequila, mi champú, mi perfume, los líquidos con tal de subirme con mi maleta en el avión.

De pronto la chica sube mi maleta en la báscula, le pega las etiquetas y me da los pasabordos: “la puerta de embarque todavía está sin definir”. Whoa!Woohooo!
Salgo corriendo por el aeropuerto. Corro por los pasillos eternos con cuadros turísticos. Llego a información y no me sale la voz de lo agitada que estoy. Trago bocanadas de aire y mascullo la pregunta: me señalan hacia la sala y me dicen “no se agite, que tiene tiempo”. Increíble pero cierto. Había tiempo. Pude llegar a la sala, seguir caminando para recuperar el semblante tranquilo y gastarme las monedas en un chai frapuchino de Starbucks que tuve que dejar en el counter a medio tomar porque no lo podía subir al avión. Agradecí a Dios por ayudarme con esta, por no tener que pagar un tiquete extra por perder el mío, por poder estar subida en el avión, por que mi maleta iba a llegar intacta y sin problemas.

Al final de cuentas, ya en el avión, medité. Llegó un momento en el taxi, mientras el conductor calibraba la velocidad de tal manera que todos los semáforos los agarráramos en verde que me di cuenta que no había NADA que yo pudiera hacer. Nada. Si iba a perder el vuelo lo perdería. Por más que me apurara, al no ser que se atrasara, estaba tarde. Llegar con media hora antes que arranque un avión no es suficiente. Me entró una paz. De esa que da cuando ya dejaste todo en otras manos. Y al final de cuentas resultó. Ni tengo claro qué cosas me olvidé en mi salida apresurada, pero sea lo que fuere, valió la pena. Porque llegué bien.

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